En un contexto donde abundan interpretaciones externas sobre Jesús, este texto plantea una clave decisiva: solo el seguimiento vivo y comprometido permite conocer en profundidad su misterio.
Por P. Prisciliano Hernández Chávez, CORC.
Se podría tener una imagen o una idea meramente externa de Jesús. Lo que opinan los otros, como un personaje de la Historia que cambió corazones, que dejó su huella en la cultura bimilenaria de la humanidad. Ahí están los bienes culturales de la Iglesia, que son innumerables y universales, en el tiempo y en el espacio, con expresiones artísticas de los más variados géneros: arquitectura, pintura, escultura, poesía, historia, narrativas, hospitales, escuelas, universidades, y un largo etcétera, que llevan el sello de este personaje Jesús de Nazaret el Cristo de la fe.
Incluso algunos tiranos se han proclamado creyentes en Jesús, pero no lo siguen, ni llevan vitalmente su enseñanza: oprimen, se sienten dioses narcisistas y piensan que su comportamiento es incuestionable.
Pero también han existido cristianos de fe ortodoxa, que viven y proclaman su fe en Cristo Jesús, como lo señala el Catecismo de la Iglesia Católica: ‘El Señor hizo de Simón, al que le dio el nombre de Pedro, (kefás-piedra), y solamente de él, la piedra de su Iglesia. Le entregó las llaves de ella (cfr. Mt 16, 18-19); lo instituyó pastor de todo el rebaño (cfr. Jn 21, 15-17). Consta que también el colegio de los apóstoles, unidos a su cabeza, recibió la función de atar y desatar dada a Pedro” (LG 22). Este oficio pastoral de Pedro y de los demás Apóstales pertenece a los cimientos de la Iglesia. Se continúa por los obispos bajo el primado del Papa’
(881). Por supuesto, está bien; pero no basta, una adhesión de labios para afuera, proclamar ‘Señor, Señor’, pero sin un seguimiento radical de su persona, no se le podrá conocer en profundidad.
La fe en Jesús Cristo no es suficiente como confesar ‘algo’ que como creer en ‘Alguien’; es decir, en esa donación de la propia persona, de la inteligencia, de la voluntad y de la dimensión afectiva en la oración y en el seguimiento puntual, traducido en gloria al Padre y en amor incondicional a los hermanos, los humanos.
Seguir a Jesús, para conocer en profundidad su misterio como Hijo del Padre, como Mesías, que nos dona en la peregrinación de la vida, el dinamismo del Espíritu Santo, se traduce en una vida de libertad, de procurar la paz y la justicia, de la vivencia singular de sus Bienaventuranzas.
Este es el reto. No seguimos a un personaje acartonado de la historia, ni a un maestro que no da consejitos morales, para ser buenecitos; implica necesariamente la adhesión a él con la radicalidad de una vida que se determina a seguirlo no solo en la imitación, sino en la contemplación de su misterio de verdadero Hijo de Dios; de experimentarlo como Salvador.
De conocerlo interiormente por su Corazón que compendia la dimensión de su persona divina que ha asumido la naturaleza humana y su condición, que ha muerto y ha resucitado, que vive y se hace presente con su Palabra, sus acciones sacramentales, y en la comunión con la Iglesia, lejos de mentalidades individualistas, que pueden tener el riesgo peligroso de tener una imagen falsa de Jesús. Como de aquellos que dicen, ‘creo en Cristo, pero no en la Iglesia’. Entonces tienen una visión parcial que les impedirá conocer en plenitud a Jesús, el Camino a seguir, la Vida a vivir, la Verdad a proclamar.
Es necesario pedir el auxilio del Espíritu Santo, para adherirnos a Jesús, en su Corazón, vitalmente, sin sepáranos de la comunión con la Iglesia, con Pedro y bajo Pedro, con el obispo y bajo el obispo,-cum Pedro et sub Pedro, cum epíscopo et sub epíscopo.
Caminar con Jesús y caminar con la Iglesia, humildes, sencillos, amorosos y apasionados.
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