Por Rebeca Reynaud
El cristianismo anuncia la realidad más positiva y gozosa de la historia: El encuentro de la humanidad con la Verdad encarnada, -con Cristo-, que revela lo que es el hombre, al hombre. El mensaje del Salvador es la medida del verdadero humanismo.
Jesús se encarna para que veamos las cosas con los ojos de Dios. El Señor siempre nos habla, déjale hablar. Escúchale.
Le preguntaron a Madre Teresa cómo cambiar el mundo. Contestó: “abriendo más santuarios de adoración perpetua a la Eucaristía”. Y San John Fisher (m 1535): “Los tiempos de florecimiento o colapso dentro de la historia de la Iglesia siempre fueron asociados con el manejo de la Santa Eucaristía”.
“Quien comulga a Cristo se hace uno con él, tal como lo hacen dos pedazos de cera al derretirse”, escribía San Cirilo.
Jesucristo está vivo. Lo único capaz de detener el mal es la Pasión de Cristo. Jesús nos ofrece su vida en la Eucaristía. Cada uno tiene una vocación distinta, irrepetible. A cada uno se nos dio un cuerpo.
“En la liturgia eucarística se juega el destino de la humanidad”, afirmaba Joseph Ratzinger. Desde allí las personas encuentran a Jesús y a la Virgen, aumentan su capacidad de oración y de ayuda a los demás, se hace una continua comunicación con el Padre celestial, se toma conciencia de la providencia.
La imagen del Señor se refleja de un modo especial en la Eucaristía, para que encontremos en el Sagrario la llama que avive nuestra fe y nuestra confianza en Su Presencia y ayuda providencial.
La máxima manifestación del amor de Dios por nosotros es que haya enviado a su Hijo a redimirnos, pero hay una muestra todavía más grande de amor y está en la institución de la Eucaristía, que es Dios con nosotros. La revelación de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús culmina en la eucaristía. Dios se ha hecho Hombre por Amor, pero se ha escondido en un trocito de pan, para que tengamos más intimidad con Él, semejante a la que tuvieron la Virgen y los apóstoles con Jesús. Por medio de la eucaristía nuestro corazón puede convertirse en el Corazón de María, podemos albergarlo como lo albergaba Ella.
“Cada comunión deposita en nuestra alma una semilla de eternidad que, en su día, dará fruto para siempre” (Arocena). Cada comunión supone un adelanto aquí en la tierra. Comulgar es sumergirse en la comunión de los santos, y la comunión de los santos quiere decir que el Cielo se halla muy cerca de la tierra.
La Eucaristía ha sido definida como “fuente y cumbre de toda la vida cristiana” (Lumen Gentium, n 11). San Juan Pablo II decía que quería suscitar en nosotros el asombro eucarístico porque de ese asombro vivimos. Que giremos en torno a la Eucaristía, que vivamos para Dios, sino, de nada sirve el resto de la estructura.
“La Eucaristía —dice Félix María Arocena— representa el don de una generosidad sin límites, el amor llevado hasta el infinito. En ella reside todo el bien de la Iglesia. Es el corazón vivo no sólo de las grandes catedrales, sino también de las pequeñas y pobres cabañas de misiones. Todo parece invitar a que a diario haya una ocasión excepcional para reencontrarnos con la persona de Cristo, justamente en el momento más decisivo, cuando Quien nos amó primero manifestó su amor hasta el extremo dándose a la humanidad en la Eucaristía. Antes de que el Viernes le arrebataran la vida, para que nadie pueda imaginar que él sucumbe al destino, la arroja espontáneamente el Jueves sobre la mesa de la Cena, bajo la forma de un pan voluntariamente partido —corpus traditum— y de un vino voluntariamente derramado —sanguis effusus—. Al día siguiente, cuando llegó la muerte, el amor que le llevaba al Calvario, sin esperar a que lo despedacen, se había anticipado”.
BIBLIOGRAFÍA: Cfr. Félix Ma. Arocena, Contemplar la Eucaristía. Antología de textos para celebrar los dos mil años de presencia, Rialp, Madrid.
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