A lo largo de la historia de la Iglesia, la vida de algunos santos ha quedado marcada por hechos extraordinarios que, entre asombro y devoción, siguen despertando preguntas sobre el misterio de la fe.
Por Arturo Zárate Ruiz
Algunos santos gozaron de dones singulares que contribuyen a que uno se asombre aún más por la grandeza y la bondad de Dios.
San Martín de Porres gozó de la bilocación, la capacidad de estar en varios lugares a la vez para cumplir su misión de curar los enfermos. Lo hizo en Lima con fray Feliciano de Vega y Padilla, quien fue después arzobispo de México, y quien dio testimonio de ello.
San Francisco Xavier destacó por su parresia, es decir, su predicación misionera valiente, en cara de muchos peligros. Se dice que su corazón ardiente por amor a Jesús y la salvación de los hombres hacía estallar su pecho. Para hacer llegar la Buena Nueva en territorios muy lejanos, gozó del don de lenguas.
San Antonio de Padua también gozó el don de la predicación. Tras los herejes de Rimini impedírselo en su ciudad, lo hizo a la orilla del mar donde los peces sacaron sus cabezas fuera del agua y lo escucharon. Se conserva de él su lengua incorrupta y fresca como testimonio de su elocuencia sagrada.
Santa Teresa de Jesús es insigne no sólo por sus libros, también por su transverberación, es decir, una profunda experiencia mística descrita como verse traspasada por un dardo de fuego, un éxtasis espiritual y una unión íntima con Dios. También gozó la dicha de conversar con las personas divinas, que la consolaban o revelaban ciertos secretos del cielo. Se le concedió ser transportada al infierno y al purgatorio, y aun presentir lo venidero. Mientras hacía oración, levitaba, lo cual le producía enorme vergüenza si la observaban.
San Alfonso María de Ligorio asistió espiritualmente al Papa Clemente XIV en el momento de su muerte en el año 1774, mediante un conocido fenómeno místico de bilocación mientras permanecía físicamente en Arienzo o Nocera.
Cura de Ars gozó de clarividencia. Los pecadores o lo buscaban para mejor acordarse de sus pecados al confesarse, o lo evitaban para no tener que avergonzarse de ellos tras serles señalados uno por uno por este gran sacerdote.
Santa Catalina de Siena gozó de la inedia, es decir, no comía nada, salvo la Eucaristía. Como san Francisco de Asís, se le concedió sufrir los estigmas de la crucifixión de Jesús, aunque, en su caso, por humildad logró que Dios los preservase invisibles a los demás. San Francisco no tuvo tiempo de refugiarse en la humildad porque se encontraba ya muy cerca de su muerte por un ayuno exagerado de 39 días.
Santa Lutgarda, para acompañar a Jesús en la Cruz, sangraba profusamente desde su corazón, lo que podía confirmarse por una herida abierta en su costado.
Santa Rita de Casia sufrió en su frente el dolor tremendo de una espina de la corona de su Salvador.
Santa Brígida de Suecia tuvo el don de contemplar, en visiones, la vida de Jesús.
Santa Hildegarda de Bingen, doctora de la Iglesia, expuso sus dogmas de manera simbólica, y aun con ilustraciones en sus libros, tras las visiones de que gozó.
A San José de Cupertino y a Santo Tomás de Aquino se les reconoce por su levitación en presencia de la Eucaristía.
San Juan Bosco tuvo sueños proféticos y visiones detalladas sobre el juicio y el infierno que utilizaba para guiar a los jóvenes.
San Charbel Makhlouf fue un monje y ermitaño libanés con una enorme cantidad de milagros y curaciones extraordinarias tras su intercesión y tras su muerte. Su cuerpo incorrupto emite todavía un aceite del que se reconocen curaciones.
Tal vez por haber sufrido la persecución de los racionalistas, tal vez por ser un santo casi contemporáneo nuestro, de San Pío de Prietelcina se conserva un registro amplio de sus dones, entre otros, estigmas visibles (llagas en manos, pies y costado que sangraron durante 50 años sin infectarse, a pesar de la opinión médica); bilocación (capacidad de estar presente en dos lugares distintos al mismo tiempo, testificada por varias personas); lectura de corazones (habilidad para conocer los pecados y pensamientos ocultos de los fieles antes de que se confesaran); perfume místico (emisión de una fragancia agradable a flores o rosas proveniente de sus heridas o su cuerpo); don de profecía y curaciones (conocimiento de sucesos futuros y reportes de sanaciones milagrosas atribuidas a su oración); comunicación espiritual (trato constante con su ángel custodio y duras luchas físicas contra el demonio).
De San Carlo Acuti y santa Bernardita Soubirous pueden venerarse sus cuerpos incorruptos.
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