En medio de un mundo sacudido por miedos, incertidumbres y falsas promesas, la fe vuelve a plantear una pregunta decisiva: ¿a quién acudimos cuando sentimos que la vida se hunde?

Por P. Prisciliano Hernández Chávez, CORC.

Jesús tiéndenos la mano ante las tormentas de la vida. Cuando parece que nuestra quilla se encuentra en peligro de anegarse. Somos muy frágiles aun por nuestras tecnologías avanzadas y la inteligencia artificial implacable. Ante el poder del narcotráfico y de las mentirosas narrativas que toman sus reales en los gobiernos. Sin la verdad, somo esclavos sometidos al vaivén de la marea populista. A nuestros jóvenes se les abren los paraísos ficticios de la inmediatez de los éxitos y los placeres fugaces. Se le da la espalda al amor que manifiesta la grandeza de la persona en la donación de sí, conforme a la naturaleza salida de las manos del Creador. Se ignora a quien nos daría la salvación, por la pretensión de cavar cisternas rotas que no pueden sostener el agua, como recuerda el profeta Jeremías,  y que arrincona en los límites del no ser. Son grandes los miedos que nos disminuyen y las dudas que nos abruman. Estamos afectados por la fuerza del relativismo y de otros vientos carentes de sentido y llenos de mitos falaces. Miedos que paralizan nuestra fe, esperanza y caridad. Sentimos la hostilidad que nos abruma de la dictadura racionalista aderezada con cientificismo. Las certezas religiosas han desaparecido ante las dudas y el bombardeo del internet que presume saber y es atrevido por su ignorancia. Ya no importan los argumentos objetivos, sino la descalificación fácil del sofisma ‘ad hominem’, a la persona del adversario. Es imposible vivir con nuestros gritos desesperados de terror.

Pero Jesús, se acerca y nos dice, ‘Tranquilícense y no teman, soy Yo’ (Mt 14, 22-33). Deja de fíjate solo en el mal que te paraliza y te hundes en la desesperanza. Yo soy y estoy contigo. Ahí tienes al Papa, mi Vicario en la tierra y en la historia, al magisterio de los obispos, los teólogos que edifican y los santos que avalan también mi presencia, para asegurarte en la Verdad, porque Yo soy la verdad y mi magisterio lo hace vital el Espíritu Santo, día con día. Recuerda que la fe, no es una mera afirmación teórica, sino adhesión plena a mí que he muerto y he resucitado y estoy contigo hasta la consumación de la historia. Yo he vencido, soy el Cordero que fue inmolado y ahora está de pie ( cf Apocalipsis), para que me sigas en los caminos escabrosos de la vida porque Yo estoy contigo. La fe te da la visión verdadera y segura de la vida. La fe y el amor, traducidas en esperanza vencen toda adversidad. Ten apertura a mi Corazón traspasado, el cual ha vencido al mundo y todas sus asechanzas mentirosas de empoderar al ego. Caminarás en el agua como Yo, pero cree y confía, y no te hundirás. Yo soy la luz que te ilumina en las oscuridades de la vida. En mí y por mí puedes superar toda duda que te anega. Tú siempre clama cuando parece que tu vida perece, como le sucedió a Pedro, ‘Sálvame Señor’. Yo siempre te tenderé la mano, mi mano llagada y ya glorificada; te ofreceré la abertura de mi Corazón y te abrazaré, para que sigas caminando, porque Yo soy el Camino y te muestro el camino escandaloso, mi camino que es la Cruz para la gloria.

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