Por Jaime Septién

El narcisismo —esa personalidad que el mexicano define con la frase “aquí solo mis chicharrones truenan”— se ha convertido en un modo de ser (y de trepar) en gobiernos y gobernantes de la actualidad, raras excepciones hechas.

La reciente columna de mi admirada Irene Vallejo (“Traficantes de halagos”, en el periódico Milenio) lo dice con una claridad irrefutable: “Desde tiempos de Nerón, una y otra vez, numerosas sociedades se han entregado, seducidas y convencidas, a fatuos arrogantes. La teoría proclama que los grandes líderes son quienes anteponen su misión a su ego, el interés público a la vanidad personal. En principio, los narcisistas son fáciles de identificar: se jactan de sí mismos, reclaman atención constante, se sienten con derecho a un trato especial y, cuando no lo obtienen, se erigen en víctimas y airean sus quejas. Pero, paradójicamente, todavía hoy, continúan hechizando y atrapando voluntades”.

Nerón cantaba horrible y no sabía más que rasgar el arpa. Pero contrataba jóvenes menesterosos (se dice que unos 5,000 por sesión), para que oyeran proferir sus guturales cantos y su casposo acompañamiento. Terminada la actuación, por algunas monedas, el “público” aplaudía a rabiar. Me pregunto si no hay algo parecido en las constantes encuestas mandadas a hacer a modo, en las que el candidato —o la candidata— manifiestan su triunfo inapelable a dos años del día de la elección.

El narcisismo es una forma de no-gobierno que nos seguimos tragando por influencia de los influencers, sean éstos de redes sociales, de radio, televisión o inteligencia artificial. Se alían para exigir que se aplauda todo al contratante, sin poner en tela de juicio ni las burradas que dicen ni las trastadas que hacen.

En alguno de los diálogos socráticos, Platón señala que un mal aplauso hace tanto o más daño que el peor de los consejos. ¿Antídoto? Dejar de aplaudir a quienes están para servir, que son nuestros empleados, que tienen un tiempo definido para hacerlo bien (y hacer el bien) y que gozan del sueldo que les pagamos con nuestros recursos. Dejar de alabar y comenzar a pensar. No es mucho, aunque sea todo.

 

Imagen de Michael Schüller en Pixabay

 

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 2 de agosto de 2026 No. 1621