Por Fernando de Haro
La Odisea de Christopher Nolan no ha dejado indiferente a nadie. Buena señal. Desde luego, no ha dejado indiferentes a los espectadores: récord de taquilla. En los tiempos del streaming y de las pantallas pequeñas, muchos han buscado las pantallas grandes, a ser posible, IMAX.
Y dicen haber vivido tres horas a las que no les sobra un minuto de metraje, llenas de todo lo que tiene una gran historia. Es difícil no emocionarse, sufrir, gozar y pensar con la última película de Nolan, que en la madurez de su carrera ya no es el frío director de Dunkerque.
¿El éxito de Nolan certifica que Homero, 2 mil 800 años después, está más vivo que nunca? The Economist ha señalado que el nuevo Odiseo parece más un personaje del Occidente moderno que de la antigua Grecia. The New Yorker denuncia que le faltan la astucia, el ingenio y la seducción originales, y le sobra el sentido de culpa. Seguramente los críticos más puristas lleven razón. ¿Pero quién ha dicho que ser moderno o hacer una relectura de la Odisea sea un pecado? Lo hicieron en su momento Dante o Tennyson, por citar solo dos ejemplos.
Nadie critica, sin embargo, la Penélope que encarna magistralmente Anne Hathaway y que es tan decisiva como Odiseo en la historia. Homérica o moderna, Penélope no es la mujer del rey de Ítaca que espera: ella misma es la espera. Una espera irrenunciable para la que dos décadas de ausencia no son una prueba irrefutable de la muerte de su marido. Una espera que se impone incluso al escepticismo generado por los viajeros que hablan de un Odiseo vivo que nunca llega. Por eso todos nos reconocemos en Penélope: esperamos porque sabemos, aun sin llegar a formularlo, que la ausencia es una forma de presencia, que la ausencia está poblada, es ausencia de alguien. Sabemos, como le sucede a Penélope, que la grandeza de nuestra humanidad depende de la capacidad de hospedar esa espera de Odiseo del que todo habla.
Nolan crea una atmósfera muy sugerente para poner en contraste el abuso, la impaciencia y la violencia de los pretendientes y la firmeza de Penélope. La reina de Ítaca no quiere “volver a la normalidad”, no escucha a los que le dicen que la isla necesita un rey. El trono no está vacío, está lleno de su espera, que no acepta a cualquiera, solo a Odiseo como rey. 20 años son muchos años y el tiempo teje un sudario en el telar de Penélope. Pero su espera es capaz de destejarlo de noche. Y Penélope recupera así, una madrugada tras otra, el presente.
El Odiseo de Nolan, moderno sin duda, sabe decir yo frente al destino de los dioses y al peso de su culpa. El personaje de Homero no siente dolor por la destrucción de Troya; el de Nolan, sí. Pero no por eso se detiene en su viaje de vuelta a casa. En la película, el canto de las sirenas que Odiseo quiere escuchar atado al palo del mástil de su barco: “Te decía que lo que más deseabas era lo que menos podías tener, y que lo que menos podías tener era lo que ya tenías y perdiste. Era un canto de todas las promesas que no cumplí. Y me decía que, en realidad, no quería volver a casa”.
Las sirenas de Nolan quieren atrapar a Odiseo negándole la posibilidad de que su deseo se cumpla, reprochándole que ha perdido lo más querido y que su mal le condena al fracaso. Son las sirenas de siempre con su endiablado canto que niegan el deseo y el sentido de la espera. Las sirenas del poder que te dictan lo que puedes y no puedes desear.
Nolan sitúa en la isla de Trinacia un diálogo entre Atenea y Odiseo basado en un reproche que Homero pone en boca de la diosa en otro lugar. Atenea, que tanto le ha ayudado en su viaje, le echa en cara que quiera enfrentarse a los dioses inmortales, al destino que está escrito. Y aquí es cuando Odiseo, mucho más que en sus astucias y en su capacidad de combate, muestra su altura como héroe. El héroe dice yo, es libre, y por tanto responsable, ante sus hombres. Y asume la herida —que no está en Homero, pero sí en Nolan— por el mal causado.
Acurrucado, con ropas de mendigo, ante una Penélope que ya le ha presentido más que reconocido, abre su corazón en una confesión heroica. ¿Demasiado moderno? Tan moderno como una espera que no cesa en un mundo que se derrumba, tan moderno como un yo que con su deseo desafía la catástrofe y el destino impuesto por los dioses.
Artículo publicado en páginasDigital el 30 de julio de 2026.
Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 9 de agosto de 2026 No. 1622

