El padre Gabriel Romanelli describe una población comprimida entre ruinas, hambre y nuevos ataques pese al alto el fuego. La pequeña comunidad cristiana, reducida casi a la mitad, mantiene la escuela, la ayuda humanitaria y la adoración diaria.

Por Ana Paula Morales

A las ocho de la noche, las campanas de la parroquia de la Sagrada Familia vuelven a sonar en Gaza. No anuncian una celebración ni el fin de los bombardeos. Recuerdan la hora en que el papa Francisco telefoneaba cada día a la única parroquia católica de la Franja para preguntar si sus refugiados seguían con vida, escuchar sus necesidades y darles su bendición.

Ese repique se ha convertido en memoria y resistencia. “La llamada del papa Francisco era como un antídoto contra la depresión; nos daba ánimo”, recuerda el padre Gabriel Romanelli, sacerdote argentino del Instituto del Verbo Encarnado y párroco de la Sagrada Familia, en entrevista con El Observador de la Actualidad.

Casi tres años después del ataque de Hamás contra el sur de Israel del 7 de octubre de 2023 y de la ofensiva israelí que le siguió, Romanelli afirma que la situación continúa siendo “catastrófica”. El alto el fuego que entró en vigor el 10 de octubre de 2025 redujo los bombardeos masivos y los desplazamientos constantes, pero no puso fin a la violencia. “Sigue habiendo bombardeos, incluso en el centro de la ciudad, lo que implica muerte y destrucción”, señala.

Una tregua que no ha traído paz

La constatación del sacerdote coincide con los hechos más recientes. Reuters informó el 24 de agosto de 2026 de nuevos ataques en Gaza, entre ellos uno que dañó una planta desalinizadora, mientras la población afronta una grave escasez de agua. Según la agencia, más de 1,280 palestinos y cuatro soldados israelíes han muerto desde el inicio de la tregua. Dos días antes, Associated Press situó en más de 73,000 el número de palestinos muertos desde el comienzo de la ofensiva israelí, de acuerdo con el Ministerio de Salud de Gaza, cuyas cifras no distinguen entre civiles y combatientes. El ataque de Hamás de 2023 causó alrededor de 1,200 muertos en Israel y el secuestro de 251 personas.

Romanelli describe una Franja partida por las líneas de demarcación levantadas tras el alto el fuego y una población amontonada en una porción cada vez menor del territorio. Reuters documentó en mayo que el área bajo control militar israelí había crecido del 53% previsto en el acuerdo a alrededor del 64%. AP explicó en enero que la llamada “línea amarilla” encerraba a más de dos millones de palestinos en una estrecha franja costera y central. Desde la parroquia, muy próxima a esas zonas, el sacerdote estima que los habitantes ocupan apenas alrededor del 30% de Gaza.

“Se calcula que más del 80% de las construcciones se ha perdido: casas, instituciones, lugares de trabajo y espacios de esparcimiento. Hay barrios enteros que han dejado de existir”, relata. No presenta la cifra como un inventario técnico, sino como el paisaje diario de sus feligreses: familias que viven entre dos o tres paredes, cubiertas con lonas; cientos de miles de personas en tiendas improvisadas sobre un suelo arenoso y húmedo; aguas residuales mezcladas con el agua de lluvia porque el sistema de alcantarillado quedó destruido.

“La mayor parte de la población perdió sus casas, sus coches, sus trabajos y sus proyectos, y no ve nada que mejore. No es que uno sea pesimista: la realidad es muy negra”, afirma. Gaza permanece además sin una red eléctrica regular desde el comienzo de la guerra. Las familias cargan como pueden una batería o un único teléfono, que durante la noche también sirve de linterna.

Comida en los mercados, pero sin dinero para comprarla

El ingreso de productos comerciales ha permitido que vuelva a encontrarse comida en algunos mercados, pero esa disponibilidad no equivale a acceso. “Aunque los precios sean entre comillas accesibles, siguen siendo muy caros porque la mayor parte de la población no tiene dinero ni modo de comprar”, explica Romanelli. Por ello, insiste, la ayuda humanitaria continúa siendo “absolutamente necesaria”, aunque insuficiente.

La falta alcanza también al agua potable, los artículos de higiene y numerosos medicamentos. El sacerdote calcula que unos 680,000 habitantes son niños, adolescentes o jóvenes, lo que multiplica la angustia de padres que ya no saben cómo alimentar, educar o proteger a sus hijos.

La crisis alimentaria mejoró después de la tregua, pero no desapareció. Un informe del sistema internacional IPC, recogido por Reuters en diciembre de 2025, señaló que Gaza ya no se encontraba formalmente en situación de hambruna gracias al mayor acceso de ayuda y alimentos comerciales. Sin embargo, mantuvo a todo el territorio en fase de emergencia y advirtió que más de 100,000 personas seguían en condiciones catastróficas. La fragilidad descrita entonces continúa visible en el testimonio del párroco.

Una comunidad cristiana reducida casi a la mitad

Antes de la guerra, la comunidad cristiana de Gaza —católicos y ortodoxos— estaba formada, según Romanelli, por 1,017 personas. Hoy quedan 541. “La comunidad cristiana ha sido diezmada”, lamenta. Durante el conflicto han muerto 60 cristianos: 23 directamente por bombardeos o disparos; 23 por falta de medicamentos, y 14 por causas vinculadas a la edad, agravadas en muchos casos por la imposibilidad de recibir tratamiento.

La cifra encierra historias concretas. Romanelli recuerda a una familia que perdió primero al abuelo, enfermo y sin posibilidad de ser evacuado para recibir atención. Meses después, en el ataque del 17 de julio de 2025 contra la parroquia, murió la abuela y uno de sus nietos quedó gravemente herido por una esquirla que dañó varios órganos.

Mientras lo llevaban al hospital, tendido en medio de la sangre, el joven repetía en árabe: “Hágase tu voluntad, Señor”, y rezaba el Ave María con quienes trataban de contener sus heridas. “Nunca dijo una palabra de rencor”, subraya el sacerdote. El muchacho, que desde adolescente expresa el deseo de consagrarse a Dios, recibe ahora tratamiento fuera de Gaza; su familia, como tantas otras, permanece dividida entre la Franja, Jordania y otros destinos.

El ataque de 2025 contra la Sagrada Familia dejó tres muertos y varios heridos, entre ellos el propio Romanelli. Reuters informó entonces que una investigación preliminar israelí atribuyó el impacto a fragmentos de un proyectil disparado durante una operación y que el primer ministro Benjamin Netanyahu lamentó lo sucedido. El Patriarcado Latino de Jerusalén condenó el ataque contra civiles refugiados en un lugar sagrado.

Escuela, clínicas y oratorio entre los escombros

La guerra ha transformado la vida de la Iglesia, pero no ha detenido su misión. Algunas escuelas cristianas fueron bombardeadas y otras se convirtieron en refugios. En el complejo parroquial llegaron a vivir unas 450 personas desplazadas durante buena parte del conflicto. Ahora son menos, lo que ha permitido recuperar espacios para reabrir la escuela.

Por decisión del cardenal Pierbattista Pizzaballa, patriarca latino de Jerusalén, la escuela parroquial espera recibir este año cerca de mil alumnos. La Iglesia sostiene además clínicas que atienden a miles de personas necesitadas, distribuye comida y agua a familias cristianas y musulmanas y acompaña a los habitantes de otros campamentos.

El oratorio San José organiza actividades todos los días para niños, adolescentes y jóvenes. Los grupos Santa Ana y San José ofrecen formación y recreación, especialmente a mujeres que casi no cuentan con espacios seguros para reunirse. La antigua costanera, recuerda Romanelli, ya no es un lugar donde caminar: está cubierta de tiendas de familias desplazadas.

En el mismo recinto trabajan las Misioneras de la Caridad y las Servidoras del Señor y de la Virgen de Matará, rama femenina de la familia religiosa del sacerdote. Unas cuidan a niños y personas vulnerables; las otras colaboran en la asistencia, la educación y el acompañamiento de profesores y alumnos.

La acción social nace de una vida espiritual que la comunidad se esfuerza por mantener “firme y sólida”: misa diaria, predicación, confesiones, dirección espiritual y una hora cotidiana de adoración silenciosa ante el Santísimo Sacramento. “Nuestra esperanza, nuestra fuerza y nuestra voluntad de trabajar están en el Señor, el Salvador, el único Mesías. Seguimos trabajando por el bien de todos”, asegura.

Francisco, la llamada que se volvió campana

El vínculo del papa Francisco con Gaza comenzó mucho antes de la actual guerra. Conocía a la comunidad desde el conflicto de 2014 y había enviado a la parroquia una pequeña imagen de Nuestra Señora de Luján, patrona de Argentina, que hoy se conserva junto al altar mayor “como un tesoro”. Romanelli recibió una llamada personal del pontífice en 2021 y, después del 7 de octubre de 2023, el contacto se volvió cotidiano.

Vatican News registró que Francisco telefoneaba cada noche desde el 9 de octubre. Cuando la señal se cortaba, volvía a intentarlo. Preguntaba por los refugiados, conoció a algunos por su nombre y bendijo a católicos, ortodoxos y musulmanes. AP relató tras la muerte del Papa que aquellas llamadas hicieron de Francisco una figura profundamente querida entre los cristianos de Gaza, cerca de 600 de los cuales llegaron a cobijarse en la parroquia.

“Nos pedía que protegiéramos a los niños, que ayudáramos a todos; nos agradecía lo que hacíamos”, cuenta Romanelli. El Papa llamaba habitualmente a las ocho de la noche, hora local. Por eso las campanas siguen sonando hoy a esa misma hora: para que la comunidad no olvide “esas llamadas benditas”.

La última ocurrió el Sábado Santo de 2025. El padre Yusuf Asad, entonces vicario parroquial, avisó que a las ocho comenzarían la Vigilia Pascual, y Francisco adelantó la comunicación. Su voz era muy débil, pero alcanzó a impartir la bendición y a agradecer nuevamente el trabajo de la comunidad. El Papa pronunció al día siguiente su último mensaje pascual y murió el lunes 21 de abril.

León XIV: terminar con “la barbarie de la guerra”

León XIV ha mantenido la cercanía de la Santa Sede con la parroquia y con las víctimas. Tras el ataque del 17 de julio de 2025, pidió un alto el fuego inmediato y, tres días después, reclamó el fin de “la barbarie de la guerra”, el respeto del derecho humanitario, la protección de los civiles y el rechazo al castigo colectivo, al uso indiscriminado de la fuerza y al desplazamiento forzado.

En mayo de 2026, Romanelli confirmó a Vatican News que había recibido un nuevo mensaje del Pontífice, cuyas palabras —dijo entonces— alentaban a la comunidad a “seguir adelante y hacer el bien”. Ese mismo mes, León XIV renovó su petición de ayuda humanitaria para el pueblo de Gaza y de respeto a los derechos humanos de todos. En julio volvió a reclamar negociaciones para alcanzar una paz justa en Tierra Santa y Oriente Medio.

Para el párroco, esa cercanía sostiene una misión que no se limita a conservar la presencia cristiana. La Iglesia, insiste, trabaja para todos sus vecinos, sin distinción religiosa, y trata de mostrar que una paz justa sigue siendo posible.

Tres formas de ayudar

Romanelli propone tres modos concretos de acompañar a Gaza. El primero es espiritual: “Rezar, ofrecer sacrificios, ofrecer misas y rosarios por el fin de la guerra, por la justicia, por las víctimas y por todos”. La comunión de la Iglesia, explica, hace que el sufrimiento o el crecimiento de uno de sus miembros repercuta en todo el cuerpo.

El segundo consiste en convertirse en constructores de paz: hablar de ella, defender una paz unida a la justicia y persuadir a quienes tienen responsabilidad política y militar de que detengan la guerra. “Esto no va a redundar en el bien de ninguna de las partes”, advierte.

El tercero es material. Las obras educativas, sanitarias, pastorales y humanitarias de la Iglesia requieren una ayuda “ingente”. El sacerdote señala como canales el llamamiento general del Patriarcado Latino de Jerusalén y la cuenta de PayPal de las misiones del Instituto del Verbo Encarnado, con la recomendación de especificar el destino de la donación para facilitar su seguimiento.

En una ciudad “triturada”, donde la tregua no ha logrado silenciar por completo las armas, la parroquia continúa abriendo la escuela, curando enfermos, alimentando familias y exponiendo cada día el Santísimo. Su programa pastoral puede resumirse en la petición que Francisco repetía por teléfono y que León XIV ha hecho suya: proteger a los pequeños, ayudar a todos y no cansarse de trabajar por la paz.

Donaciones por PayPal a los Misioneros del Verbo Encarnado aquí.

Fuentes consultadas