Por P. Joaquín Antonio Peñalosa
En el pasado inmediato de nuestro país, los mexicanos sabíamos y lo comprobábamos con un simple vistazo al panorama humano, que México era tierra de niños, tierra de navidad perpetua, y que los niños constituían la base de la pirámide de edades, en cuya punta delgadísima se situaban los ancianos.
Una vez orillado con sonrisa el optimismo que creó la confianza total en una gerontología de alargar indefinidamente la vida y de atajar un poco la muerte, nos enfrentamos a la realidad. En lo que va del siglo, se ha doblado dos veces el número de ancianos en el mundo, sobre todo en aquellas naciones que por frenar los nacimientos, envejecieron lánguidamente. Primero tuvieron miedo al niño, hoy tienen miedo al anciano.
En nuestro país, la pirámide de edades ha variado también, aunque no con la drástica movilidad de otras naciones. Nuestra base infantil ya no es tan ancha como antes, ni la punta de ancianos es tan delgada; entre otras causas por el aumento de esperanza de vida y por la disminución de cunas y ropones logradas muchas veces por métodos antinaturales y transgresiones éticas.
Ello es que los ancianos se cuentan por millones hoy en día; y no digo la frase cursi y mecánica de “tercera edad” que considera al hombre como a simple máquina de producción: primera edad cuando el hombre se prepara para producir (niñez y juventud), segunda edad cuando la persona produce (adultez), tercera edad cuando deja de producir (vejez), igual que el árbol seco, infecundo, si no talado. Preferible por transcendente y dignificadora, la frase francesa que llama a la ancianidad “vida ascendente”, vida que sigue su curso subiendo.
La vejez es algo más que la artritis, las cinco píldoras diarias, la pérdida de memoria, el insomnio, el bastón. Es, sobre todo, la soledad, las manos improductivas, comenzando porque la familia -que es y debe ser el ambiente natural del anciano-, no sabe cómo tratarlo. O lo relega al aislamiento físico y moral, o lo mima en exceso de suerte que no le permite ni dar un paso.
Se impone educar a la familia que tiene anciano en casa, para que evite hacerlo inútil y dependiente -que es tanto como hacerlo dos veces viejo-, sino que lo rehabilite con trabajo y cariño. El anciano es menos anciano si está ocupado y si siente que lo aman.
Pero el envejecimiento, con ser un problema de familia, es también de toda la sociedad, ya que transformamos esta última etapa de la vida en una especie de muerte social. Consideramos a los ancianos como una minoría oprimida en cuanto que les imponemos un retiro definitivo; los hacemos desempleados, inútiles, empobrecidos; los definimos como asexuales e incapaces de vida afectivas; los juzgamos perezosos y condenados a vegetar hasta la muerte. La auténtica maldición de la vejez es la expulsión de un hombre de la comunidad, porque vivimos en un mundo en que la sociedad está unida irresistiblemente a la actividad del trabajo y al éxito del rendimiento.
Tiene toda la razón Simone de Beauvoir: “Cuando uno llega a conocer la condición de los viejos, no puede contentarse con reclamar una política de vejez más generosa, una elevación de las pensiones, viviendas sanas, la organización del ocio. Es todo el sistema el que está en juego y la reivindicación solo puede ser radical: cambiar la vida”.
Artículo publicado en El Sol de San Luis, 26 de agosto de 1989.
Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 23 de agosto de 2026 No. 1624

