A un año de la desaparición de Ana Amelí García Gámez, su madre, Vanessa Gámez, denuncia omisiones, exige una investigación efectiva y pide que la Iglesia mexicana pase de la oración ocasional a un acompañamiento permanente de las familias buscadoras.

Por Ana Paula Morales (Poli)

Vanessa Gámez habla de su hija en presente. Y conserva ese presente: sigue esperando el regreso de su hija Ana Amelí. Ana Amelí García Gámez pinta, toca el piano y la guitarra, habla cuatro idiomas y ama el senderismo. Antes de desaparecer había cursado un año de Biología en la Universidad Nacional Autónoma de México, con promedio de 9.3, pero acababa de descubrir su verdadera vocación: estudiar Fisioterapia.

“Ella quiere ayudar a la gente a sentir menos dolor”, explica Vanessa a El Observador de la Actualidad. Madre e hija imaginaban abrir una clínica. Ana Amelí le dejó claro que no sería su asistente, sino su socia. Hablaban del futuro.

El 12 de julio de 2025, Ana Amelí subió al Pico del Águila, en el Ajusco. Sus amigos no llegaron al punto de encuentro y ella se unió a otro grupo. Envió una fotografía desde la montaña; después se perdió todo contacto. No existe registro de que haya salido de la zona.

Cinco días después llegaron los resultados de su examen: había obtenido los puntos necesarios para ingresar a Fisioterapia. Ana Amelí nunca pudo leerlos.

“Mi hija solo fue a caminar al Ajusco y no regresó”, dice Vanessa. Su frase obliga a mirar uno de los prejuicios más dolorosos que enfrentan las familias: pensar que la persona se fue voluntariamente, que “andaba en algo” o que no merece ser buscada.

Vanessa denuncia que durante meses la investigación permaneció concentrada en la hipótesis de un accidente y que la posibilidad de un delito se atendió tarde. La Fiscalía capitalina sostiene que el expediente continúa abierto. Las autoridades desplegaron 941 elementos y rastrearon 12 kilómetros cuadrados. Sin embargo, un año después, la familia todavía no conoce una hipótesis principal.

En mayo de 2026, la Fiscalía capitalina ofreció 500 mil pesos por información útil para localizar a Ana Amelí y dar con los responsables. Vanessa ha gastado sus recursos en la búsqueda: “No tengo casa, no tengo trabajo, no tengo hija”.

Un país que busca a más de 135 mil personas

Ana Amelí tiene nombre, rostro, sueños y una familia que la espera. También forma parte de una tragedia nacional. Según Red Lupa, con datos del Registro Nacional, México llegó a 135,048 personas desaparecidas y no localizadas el 16 de junio de 2026. El 91% de los casos registrados ocurrió entre 2000 y 2026.

Los jóvenes están en el centro de esta emergencia. Red Lupa situó entre los 25 y 29 años el grupo con más casos. Entre niñas y mujeres, el rango más afectado fue el de 15 a 19 años, con 21% de los registros femeninos. La edad de la universidad, el primer empleo y los proyectos de vida se ha convertido también en una etapa de riesgo.

En la Ciudad de México permanecen desaparecidas más de seis mil personas. En Tlalpan, la zona del Ajusco registra 263 casos. Allí también desaparecieron Pamela Gallardo, en 2017, y Luis Óscar Ayala García, en 2025. No existe una prueba pública que conecte los casos, pero revelan graves vacíos de vigilancia, señal telefónica, cámaras y control de accesos.

En el corredor forestal del sur se han documentado tala clandestina, extorsión, narcomenudeo, despojo y ocultamiento de cadáveres. Reportes de seguridad mencionan estructuras como “Don Agus” o “Los Maceros” y células vinculadas al Cártel de Tláhuac. Ninguna autoridad ha relacionado a esos grupos con Ana Amelí y no puede afirmarse sin pruebas. La familia pregunta: ¿quién opera en esa zona y por qué sigue desprotegida?

La ONU eleva la alarma

En abril de 2026, el Comité de la ONU contra la Desaparición Forzada remitió la situación de México a la Asamblea General. Tras examinar información reunida desde 2012, concluyó que existen “indicios fundados” de desapariciones forzadas dentro de ataques generalizados o sistemáticos, es decir, como crimen de lesa humanidad.

La decisión no es una sentencia, pero sí una de las alertas internacionales más graves sobre México. El Comité recordó que en 2021 solo entre 2% y 6% de los casos habían llegado a los tribunales y apenas existían 36 sentencias. También advirtió que la búsqueda recae principalmente en las familias.

El Gobierno mexicano rechazó que exista una práctica generalizada o sistemática atribuible al Estado y destacó sus leyes, fiscalías y comisiones de búsqueda. Sin embargo, mientras las madres investiguen, paguen peritajes, caven la tierra y arriesguen la vida, la respuesta será insuficiente.

Una herida que atravesó el altar

La Iglesia también ha sido herida por esta violencia. El 20 de junio de 2022, los jesuitas Javier Campos Morales y Joaquín Mora Salazar fueron asesinados dentro del templo de Cerocahui, en la Sierra Tarahumara, mientras intentaban proteger al guía Pedro Palma. Los cuerpos de los tres fueron sustraídos. Cerocahui mostró hasta dónde puede llegar el poder criminal.

El Papa Francisco llamó a las desapariciones una de las “llagas” de México. Al concluir su visita de 2016 afirmó que la sociedad mexicana era víctima “de los crímenes, de este hacer desaparecer gente, de descartar gente”, y añadió: “Este pueblo no se merece un drama como este”.

En Fratelli tutti dejó una obligación moral muy concreta: “Verdad es contar a las familias desgarradas por el dolor lo que ha ocurrido con sus parientes desaparecidos”. En 2022 recibió y bendijo a María Herrera, quien busca a cuatro de sus hijos.

Vanessa espera ahora que el Papa León XIV haga un llamado especial por México, exhorte a las autoridades a reconocer la crisis y asegure a las madres que la Iglesia permanecerá cerca de ellas.

Lo que Vanessa espera de la Iglesia

Vanessa reconoce que existen esfuerzos. El Diálogo Nacional por la Paz, impulsado por el Episcopado Mexicano, la Compañía de Jesús y los superiores religiosos, ha reunido algunas buenas prácticas. Los “Buzones de Paz”, iniciativa nacida de las madres buscadoras, permiten depositar de manera anónima información, mensajes o apoyos. En algunas misas dominicales, las familias muestran los rostros de sus desaparecidos para sensibilizar a la comunidad.

Pero también habla de otro dolor: entrar a una iglesia con una playera de búsqueda y ver que algunos fieles se apartan, “como si tuviéramos lepra”. Las madres sienten que la gente les tiene miedo, como si la desaparición fuera contagiosa o demostrara que su familiar “andaba en algo”. Vanessa pide algo elemental: que las miren, las escuchen y se acerquen sin prejuicios. Mañana cualquier familia podría estar en su lugar.

Vanessa pide que estas iniciativas no sean aisladas. Quiere que en cada parroquia se ore por los desaparecidos de México durante la liturgia, especialmente en la oración universal, porque asegura que nunca los escucha nombrar. También solicita Buzones de Paz seguros, difusión de fichas verificadas, redes de abogados pro bono y el acompañamiento de sacerdotes, religiosas y laicos ante fiscalías, hospitales y servicios forenses.

Una jornada anual de oración no basta ante una tragedia que sucede todos los días. La Iglesia puede ofrecer consuelo, pero también presencia, conocimientos profesionales, espacios de escucha y respaldo público. Abrazar a una madre buscadora es reconocer a una hermana en Cristo, no tratarla como sospechosa. “La Iglesia es la única en la que creemos; si la Iglesia nos falla, estamos perdidos”, afirma Vanessa.

Vanessa continúa levantándose por amor a su hija. Hay días en que comer, bañarse o entrar a una plaza le produce culpa porque ignora si Ana Amelí puede hacerlo. Su oración diaria es breve:

“Señor, tú puedes regresármela. Solo tú puedes”.

A quien tenga información, Vanessa le pide romper el silencio. Ana Amelí no es un expediente ni una cifra entre 135 mil. Es una joven que quería aliviar el dolor de otros y cuya familia la espera.

“Cada casa merece tener a su familia completa”, dice su madre. Si está viva, exige que la dejen volver. Si le quitaron la vida, pide recuperar su cuerpo, darle cristiana sepultura y saber dónde está”.

México no puede acostumbrarse a que las madres busquen solas. La Iglesia tampoco. Frente a la desaparición de una persona, mirar hacia otro lado también es una forma de abandono.

 

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