La Iglesia mexicana fortalece su compromiso con la casa común frente a la crisis ambiental y la violencia contra los defensores del territorio
Por Ana Paula Morales
Cuando una comunidad pierde un río, un bosque o un manantial, no sólo desaparece un paisaje. También se debilitan su cultura, su economía, su identidad y su esperanza.
Esa realidad ha acompañado durante décadas el ministerio del cardenal Felipe Arizmendi Esquivel, obispo emérito de San Cristóbal de Las Casas, quien conoce de cerca la relación que los pueblos originarios mantienen con la tierra y los bienes naturales.
En entrevista con El Observador de la Actualidad, el cardenal explica que cuidar la creación forma parte de la misión evangelizadora de la Iglesia, porque la naturaleza es un don de Dios confiado al ser humano.
En las comunidades indígenas de Chiapas —afirma— el territorio no representa únicamente un recurso económico: es el espacio donde se preservan la memoria, la cultura, la espiritualidad y la vida comunitaria. Por ello, proteger la tierra significa también defender a las personas que viven de ella.
Su reflexión coincide con una de las enseñanzas centrales del Papa Francisco en Laudato si’: “todo está conectado”. La contaminación de un río, la tala de un bosque o la pérdida de biodiversidad terminan afectando a las familias, la salud, el trabajo, la alimentación y la paz social.
Esta preocupación también es compartida por la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat), que ha advertido que México enfrenta una triple crisis ambiental: cambio climático, pérdida de biodiversidad y contaminación. La dependencia sostiene que la salud de las personas depende directamente de la salud de los ecosistemas y de un manejo responsable de los recursos naturales.
Defender la creación también cuesta la vida
La degradación ambiental tiene, además, un rostro profundamente humano.
De acuerdo con información de la Universidad Iberoamericana Puebla, entre enero de 2024 y diciembre de 2025 se documentaron 117 asesinatos y desapariciones de personas defensoras de los derechos humanos ambientales, de la tierra y de los territorios, relacionados con su labor de protección de las comunidades.
Los estados con mayor número de casos fueron Michoacán, con 25; Guerrero, con 24; Oaxaca, con 20, y Chiapas, con 17.
A estas agresiones letales se suman amenazas, hostigamiento, campañas de desprestigio y procesos de criminalización que buscan frenar el trabajo de quienes defienden el agua, los bosques y los territorios.
Uno de los casos documentados por la IBERO Puebla corresponde a la comunidad maya de Telchaquillo, en Yucatán, donde habitantes denunciaron actos de criminalización por oponerse a la expropiación de tierras en las que se encuentra un sitio considerado sagrado por la comunidad.
Para el cardenal Arizmendi, esta realidad confirma que la defensa de la creación nunca puede separarse de la defensa de la dignidad humana.
Durante su ministerio impulsó diversas iniciativas conocidas como pastoral de la madre tierra, entendida no como una forma de culto a la naturaleza, sino como una expresión concreta del mandato bíblico de cuidar la obra del Creador y acompañar a los pueblos que dependen de ella.
La respuesta de la Iglesia mexicana
¿Cómo responde hoy la Iglesia mexicana ante esta realidad?
En entrevista con El Observador de la Actualidad, José David Torres Moya, secretario adjunto de la Dimensión Episcopal del Cuidado Integral de la Creación de la Comisión Episcopal para la Pastoral Social, explica que la Conferencia del Episcopado Mexicano ha ido fortaleciendo una pastoral específica dedicada a este tema.
“Somos una dimensión del Episcopado Mexicano y tenemos el compromiso de acompañar subsidiariamente a las 98 diócesis del país”, señala.
Ingeniero por el Instituto Politécnico Nacional y licenciado en Psicología por la UNAM, Torres Moya lleva más de diecisiete años colaborando en la Comisión Episcopal para la Pastoral Social, donde ha trabajado en proyectos de economía solidaria, desarrollo comunitario, pastoral del trabajo y ecología integral.
Aclara que la misión de la dimensión no consiste en imponer programas. “No somos una autoridad que diga qué debe hacer cada diócesis. Nuestra tarea es animar, formar y acompañar a quienes ya trabajan en el cuidado de la creación, así como ayudar a quienes apenas comienzan a organizar esta pastoral”.
Actualmente, cerca de la mitad de las diócesis mexicanas cuentan con un responsable o un equipo dedicado al cuidado integral de la creación.
“Es una pastoral muy joven, pero ha crecido con rapidez. Todavía falta mucho por hacer, aunque el tema ya forma parte de la vida pastoral de numerosas diócesis”, comenta.
De la enseñanza a las acciones concretas
El Pbro. Jonathan Arias, secretario ejecutivo de la Dimensión Episcopal del Cuidado Integral de la Creación, explica a El Observador de la Actualidad que la Iglesia mexicana busca convertir la pedagogía de Laudato si’ en itinerarios prácticos, comunitarios y vinculados con la realidad de cada territorio.
Uno de estos esfuerzos es el proyecto Jardines de la Paz, mediante el cual se promueven en parroquias y diócesis espacios comunitarios que combinan la oración con acciones de reforestación, huertos comunitarios y conservación de los ecosistemas.
Estos lugares buscan convertirse en signos visibles de armonía, reconciliación con la tierra y restauración de la paz, especialmente en territorios afectados por la violencia, el deterioro ambiental o la ruptura del tejido social.
La Iglesia también impulsa Centros para la Espiritualidad en Ecología Integral, concebidos como espacios de aprendizaje práctico y vivencial. En ellos se desarrollan experiencias relacionadas con la agroecología, las ecotecnologías, la gestión comunitaria del agua y el manejo responsable de los residuos.
La finalidad, señala el sacerdote, es vincular permanentemente la fe con la vida y mostrar que la espiritualidad cristiana también tiene consecuencias en la manera en que las comunidades producen, consumen y se relacionan con los bienes naturales.
A estas iniciativas se suma la formación y el acompañamiento de agentes de pastoral en las provincias eclesiásticas y diócesis del país.
La dimensión trabaja en la capacitación de sacerdotes, religiosas, religiosos, catequistas y laicos, mediante subsidios pastorales e itinerarios formativos que permitan integrar la ecología integral en el caminar ordinario de la Iglesia, sin reducirla a campañas ocasionales.
Una pastoral de proximidad frente a la violencia
Para el padre Jonathan Arias, la respuesta eclesial debe adquirir un carácter especialmente profético cuando las comunidades y las personas defensoras del territorio enfrentan amenazas, despojo o violencia.
La primera responsabilidad, explica, es mantener la cercanía y la presencia en los territorios, acompañando el dolor de las comunidades, visibilizando las causas de los conflictos y ofreciendo, de manera subsidiaria y con la autorización del obispo del lugar, el respaldo de las estructuras parroquiales, diocesanas o provinciales.
Esta proximidad no debe limitarse a declaraciones públicas. La Dimensión Episcopal contempla también la creación de mesas técnicas y pastorales de seguimiento, integradas por especialistas de acuerdo con las necesidades específicas de cada conflicto socioambiental.
Otro aspecto fundamental es la procuración de fondos y la sostenibilidad de los procesos comunitarios. El objetivo es acompañar a los grupos ambientalistas en la búsqueda y canalización de recursos financieros, técnicos y materiales, sin sustituir su trabajo ni disminuir su autonomía.
Así, la labor de la Iglesia no consiste únicamente en exhortar al cuidado de la creación, sino también en generar redes de protección, conocimiento y solidaridad para las comunidades que se encuentran en primera línea de defensa de los bosques, el agua y la tierra.
Mucho más que reciclar
Torres Moya insiste en que la propuesta de la Iglesia va mucho más allá del reciclaje o de las campañas ambientales. “La ecología es integral cuando se trabajan cinco dimensiones: la ambiental, la económica, la social, la cultural y la humana”.
Por ello, la dimensión impulsa proyectos de economía solidaria, economía circular, agroecología, ecotecnias, recuperación de espacios públicos, cuidado del agua y formación comunitaria. También promueve el cuidado de toda vida humana: “Se trata de cuidar la vida toda, en todos sus momentos”.
Entre las experiencias que considera más significativas menciona la Escuela de Ecología de la Arquidiócesis de Yucatán, que acompaña desde hace décadas a comunidades mayas; el trabajo del Centro Fray Julián Garcés, en Tlaxcala, para la defensa de la cuenca del Atoyac, y diversas iniciativas desarrolladas en la Sierra Tarahumara junto con comunidades indígenas.
A su juicio, la pastoral ecológica sólo puede entenderse desde el territorio.
“Cada parroquia debe conocer su realidad, caminar su comunidad, descubrir qué problemas existen y preguntarse qué puede hacer con sus propias manos”.
Amar al Creador implica cuidar su obra
Uno de los desafíos que aún enfrenta esta pastoral es la incomprensión de algunos sectores eclesiales: “Hay quienes piensan que hablar de ríos, bosques o composta no forma parte de la fe, o que puede confundirse con el panteísmo”, reconoce Torres Moya. Sin embargo, subraya que la doctrina católica distingue claramente entre Dios y su creación.
“La Iglesia reconoce que Dios es el Creador y que a los cristianos nos corresponde cuidar su creación. Uno no puede amar a Dios y despreciar la creación de Dios”.
El cardenal Arizmendi comparte esta convicción. Para él, proteger la naturaleza no significa sustituir a Dios por la creación, sino responder con gratitud al don recibido y reconocer que los bienes de la tierra deben servir al bien común, especialmente al de quienes más sufren.
Una tarea para todas las parroquias
Torres Moya considera que cualquier comunidad puede comenzar con pequeños pasos.
Recuperar un parque abandonado, cuidar un río, reducir residuos, ahorrar agua, impulsar proyectos de economía solidaria, establecer un huerto comunitario o acompañar a comunidades afectadas por problemas ambientales son algunas posibilidades.
La Dimensión Episcopal del Cuidado Integral de la Creación ofrece materiales de formación, orientaciones pastorales y acompañamiento para las diócesis interesadas en fortalecer este trabajo.
Las experiencias mencionadas por el padre Jonathan Arias muestran que estas propuestas pueden traducirse en proyectos concretos: Jardines de la Paz, centros de espiritualidad ecológica, procesos de formación, mesas de seguimiento y alianzas que respalden a quienes defienden el territorio.
Sin embargo, tanto el cardenal Arizmendi como el Pbro. Jonathan Arias y José David Torres Moya coinciden en que el desafío principal no consiste solamente en crear nuevos programas, sino en comprender que el cuidado de la creación forma parte del seguimiento de Jesucristo.
En un país donde defender un bosque, un río o una comunidad puede costar la vida, proteger la casa común deja de ser una preocupación exclusiva de especialistas. Se convierte en una exigencia del Evangelio. Porque cuidar la creación significa también cuidar a quienes la habitan.
Y, como resume José David Torres Moya, “uno no puede amar a Dios y despreciar la creación de Dios”.
La integración da al padre Jonathan un papel institucional claro y conserva a José David Torres Moya como la voz que explica el significado pastoral de la ecología integral.
MÉXICO Y SUS BOSQUES
- 34% del territorio nacional está cubierto de bosques.
- 208 mil 850 hectáreas fue la deforestación anual promedio registrada entre 2001 y 2021.
- 25 personas defensoras del medio ambiente fueron asesinadas o ejecutadas extrajudicialmente en México durante el 2024.
- 189 agresiones letales contra defensores del medio ambiente, la tierra y el territorio fueron documentadas entra 2015 y 2024.
5 ACCIONES CONCRETAS PARA PARROQUIAS
- Conocer la realidad local: Escuchar a la comunidad e identificar sus problemas ambientales.
- Cuidar el entorno parroquial: Recuperar jardines, parques, ríos o espacios públicos cercanos.
- Reducir y reciclar: Disminuir, separar basura y promover el consumo responsable.
- Ahorra agua y energía: Revisar hábitos y aplicar medidas sencillas de cuidado en templos y salones.
- Acompañar y defender: Apoyar a comunidades afectadas y promover el bien común desde la fe.
Imagen de MIGUEL ANGEL CASTELAN en Pixabay
Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 16 de agosto de 2026 No. 1623

