Por P. Joaquín Antonio Peñalosa
Jamás olvidaré la fotografía que dio la vuelta al mundo de aquella gaviota refugiándose en la orilla de la playa, huyendo de lo que antes fue su radioso mundo natural, cuando la maldición de la guerra del Golfo Pérsico. Aquella gaviota, que debió ser como un copo de nieve volátil, aparecía inmóvil y asustada, envuelta en una negra coraza de petróleo que le impedía remontar el vuelo y le bloqueaba la respiración, si no la vida misma.
Todos los días, en algún lugar del mundo, se registra una agresión contra el bosque y la montaña, contra el río y la mar, contra los animales de tierra, aire y agua. Por culpa nuestra, el cosmos va convirtiéndose en caos, la armonía en desconcierto, el palacio en ruinas.
El hombre es responsable de la creación, porque con su inteligencia la trasciende, con la voluntad la domina, con su capacidad percibe su presencia y la valora. Al situarse el hombre por encima de todo lo creado con su rey y señor legítimo, debe responder de la naturaleza que se le dio como aliada y servidora con la obligación de servir a quien le sirve. Si el hombre cuida la creación, la creación le proporcionará riqueza y bienestar. Si la destruye, se autodestruye.
Si por una suposición, el pez envenenara el agua donde vive, envenenaría su propia vida. Pero lo que no hace el pez, lo hace el hombre a sabiendas de que la muerte de la naturaleza trae aparejada la muerte del ser humano.
Cuando un bosque se quema, es la vida humana la que se quema, son los ojos del hombre los que resienten la falta de verdor, es el pulmón el que respira tóxicos. Cuando miles de peces aparecen muertos a la orilla por la contaminación de esos grandes basureros llamados los mares y los ríos, algo nuestro se muere también en la orilla. “A la orilla del mar, la curva arena y una hilera de peces muertos como escudos después de la batalla, sarcófagos que encerraban su propia muerte; ninguno tenía ojos, doble oquedad en su cabeza”, versos estrujantes de José Emilio Pacheco.
El cosmos es nuestra casa y quien incendia la sala, derrumba las vigas del comedor, arranca las puertas, arroja la basura a la fuente del patio, se quedará sin hogar para marcharse a la intemperie, porque la casa ha quedado inhabitable y la vida huye buscando en vano un refugio.
Más allá de amar, respetar y cuidar la creación, cabe al hombre un gesto específicamente suyo, que consiste en la capacidad de contemplarla, admirarla y gozarla. Dejar que los ojos y el alma se queden en éxtasis ante la inmensa y fulgurante palpitación de estas creaturas por donde pasó el Señor, según el poema de San Juan de la Cruz: “Y yéndolas mirando, con sola su figura, vestidas las dejó de su hermosura”.
Artículo publicado en El Sol de San Luis, 15 de noviembre de 1991; El Sol de México, 16 de noviembre de 1991.
Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 16 de agosto de 2026 No. 1623

