Antes de responder si todos estamos ya salvos, vale la pena detenernos a mirar con serenidad lo que enseña la fe: la misericordia de Dios es inmensa, pero también nos llama a acogerla libremente y a vivir conforme a ella. Estas líneas invitan a reflexionar, sin prisas, sobre esa esperanza y sobre la responsabilidad que nace de ella.
Por Arturo Zárate Ruiz
“Dios desea que todos los seres humanos alcancen la salvación y conozcan la verdad, con Jesucristo como único mediador”, nos dice san Pablo. Tras escuchar además el “Si Dios quiere, puede”, podríamos acrecentar nuestra confianza en llegar al Cielo.
Con todo, aunque Dios quiera nuestra salvación, lo hace en la medida que nosotros también queramos. Si no lo hacemos, respeta nuestra libertad. No nos obliga a seguirlo. De hecho, una razón por la cual Satanás no pertenece a los bienaventurados es porque odia a Jesucristo, no desea verlo; de entrar en la Gloria, sufriría lo indecible viéndolo.
Alguna vez una señora anglosajona le comentó, en Estados Unidos, a un cura que no le gustaba sentarse en la misma banca que una negra. El cura le advirtió que, de no querer juntarse con los negros no querría entonces ir al Cielo, donde a fuerzas tendría que convivir con muchos de ellos.
En fin, Jesús mismo puso condiciones para acompañarlo: el bautismo y creer en el Evangelio, lo cual significa no sólo afirmarlo con viva voz, diciendo “Señor, Señor”, sino además vivirlo de lleno, en la caridad, que es la virtud que vincula y perfecciona las demás virtudes, y sin la cual todas se vuelven huecas; por supuesto, de ningún modo andar haciéndole el “fuchi” a la gente que no pertenece a nuestro nivel social.
¿Ahora bien, por qué el bautismo? Porque la salvación no es algo que nosotros merezcamos sólo por nuestro propio esfuerzo. Somos pecadores hijos de Adán, y aun sin pecados personales los bebitos requieren de la gracia para acceder a la santidad. Esa pertenece a Cristo, y es en ella que gozamos de la redención. Además. no somos meros espíritus. Somos también cuerpos, y la materialidad del agua bendita es la vía que Jesús estableció para cerciorarnos de su presencia.
Dicho y, además, entendido esto, ¿qué nos corresponde hacer además del bautismo y de vivir cada uno los mandamientos de Dios? Debemos anunciar al verdadero Señor e invitar a todos a vivir y recibir los sacramentos de la salvación.
Es también con el bautismo y los sacramentos, una vez recibidos, que los demás tendrán su invitación que les permita acceder a la salvación. Así lo quiere Jesucristo. Por ello todos debemos ser misioneros y anunciar dicha salvación. Por muy buenos y aun santos que fuesen los demás, no es sino por Cristo que accederemos todos al Cielo. No son nuestras buenas obras, aunque algo cuentan, las que nos permiten entrar allí. Es Jesucristo que murió por nosotros y de ese modo borro nuestros pecados, que los tenemos, y muchos
El Enemigo, el Padre de la Mentira, nos dice que no hay pecado en nosotros, a lo más pecadillos, y que no debemos de preocuparnos por ello. Nos llega a decir que no hay Infierno para nadie, ni aun para los malvados que matan a los niños o destruyen su fe. Nos llega a decir que ni siquiera él existe.
En cualquier caso, suponer erróneamente nuestra propia bondad es contradecir el mismo sacrificio de Dios en la Cruz. Tal Cruz, tal muerte suya, es la medida de la gravedad de nuestros pecados.
Pero tal Cruz significa además que sólo abrazando al Crucificado y uniéndonos a Él en su sacrificio alcanzaremos con Él la vida eterna.
Si algún hombre, en tierra de misiones, no sabe de Jesucristo, ¿cómo podrá unirse a Él si ni siquiera ha oído de Él? Y en países ya cristianos, ¿cómo quiénes sí han oído serán salvos si no se acercan a Él que les ofrece no sólo el Cielo sino además la santidad aquí en la Tierra, aunque conlleve el participar de su gloriosa Cruz?
A eso es que hemos sido llamados los bautizados, a unirnos a Cristo no sólo allá en la Gloria, también aquí en la Tierra, aunque implique contradicciones, y rechazos, y aun, para no pocos, el martirio, como el que sufrieron muchos mexicanos por defender a la Iglesia hace cien años, tras el cierre de los templos por el gobierno de Plutarco Elías Calles.
Si Cristo sufrió en su momento mucho en la Cruz, cualquier cruz que nos toque a nosotros es más bien preámbulo, seguridad de la alegría que nos corresponderá disfrutar con Él con sus santos.
Resistirnos a esas pequeñas cruces y renegar de ellas podría costarnos ser excluidos de su grupo de amigos. No seamos, pues, presuntuosos suponiendo que, sin abrazar esas cruces, ya somos salvos.
Imagen de Evgeni Tcherkasski en Pixabay

