La alegría es fruto de la fe, la intimidad con Dios y la certeza de saberse amado.
Por Rebeca Reynaud
Cuando caminamos en el Señor, Él es más grande que el príncipe de este mundo. Declare: En el Nombre de Jesús no tengo miedo de los ataques. La fe conduce a la alegría, y la alegría viene de la intimidad con Dios. Debe ser un fruto que consigo, la alegría es morar profundamente en Dios. Declare: Jesús quiere que mi gozo sea completo. La alegría es morar profundamente en Dios, es su presencia amándonos. Su amor y ser amado conduce a la alegría. Jesús nos enseña a vivir una vida de intimidad con el Padre. Mientras Jesús me ame y esté amando yo tenga gozo.
No hay un día en que Jesús no quiera que la alegría sea parte de tu vida en unión con Él y que la lleves a otros. Dios a través de San Pablo dice: “Alégrense siempre”, el Señor está cerca, y lo dice en la cárcel.
La paz y la alegría son reflejo de la fe. Ser causa de alegría para los demás no es fruto de nuestro esfuerzo, sino que viene de la fuerza del Espíritu Santo, que es quien nos lleva más al Señor. Sólo el Espíritu Santo nos explica que significa que la Obra está en mis manos.
Santo Tomás de Aquino decía: la alegría no es una virtud distinta de la caridad, porque es efecto de la caridad. La palabra contento en italiano –contentezza– quiere decir “lleno de contenido” (contenuto).
La alegría auténtica nace de la certeza de sabernos siempre infinitamente amados por Dios, que nos prepara una gran fiesta, la profunda alegría del arrepentimiento. Lo verdaderamente importante es que Dios nos ama.
Cualquier cosa está antecedida por el amor de Dios. Podemos amar a Dios, pero Él nos amó primero. Un poeta jaliciense, Enrique González Martínez, dice: Solo tres cosas tenía para su viaje el romero, los ojos abiertos a la lejanía, el oído atento y el paso ligero.
Pensemos: ¿qué es lo que me da felicidad, alegría? A veces somos un poco materialistas: “me da alegría sentirme reconocido, o comprarme ropa, o tener pegue con un galán, o hacer deporte, o ver algo agradable”. También hay que pensar: ¿Y qué le da alegría a Dios?
Joseph Pieper dice que la alegría es fruto de la lucha. Nuestra vida es realizar el amor. Lo imposible es lo que se nos pide: recristianzar la sociedad. Por eso, ante los problemas, buen humor. Nuestros errores son parte del omnia in bonum (todo es para bien).
Dice la Sagrada Escritura que “habrá alegría en el cielo por un pecador que haga penitencia”; y el Profeta Ezequiel nos dice: “Porque en cualquier día que el justo peque, todos sus méritos se echarán en el olvido ante mí” (Ez 30, 13). Dios amenaza con castigos a los justos si caen; mientras que a los pecadores les promete misericordia para que se animen a levantarse. ¿Eres justo? Teme la ira para que no caigas. ¿Eres pecador?, confía en la divina misericordia para que te levantes.
Cuatro frases célebres:
- “Llorar, sí; pero llorar de pie, trabajando; vale más sembrar una cosecha que llorar por lo que se perdió». Alejandro Casona
- «Cada uno muestra lo que es en los amigos que tiene». Baltasar Gracían.
- “Se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para aprender a callar». Ernest Hemingway
- «El amor es lo único que crece cuando se reparte». Antoine de Saint-Exupery
El Maestro Eckhart escribió: «Si le dieses gracias a Dios por todas las alegrías que Él te da, ya no te quedaría tiempo para quejarte.» (siglos XIII-XIV).
El mejor comentario que he oído de la película La Pasión es la de aquel que dijo Jody Dean, un experto en cine: “Nada en mi existencia, nada de lo que pude haber leído, visto, oído, pensado o sabido, me pudo haber preparado para lo que vi esa noche. Con la humanidad de Jesús expuesta a ese grado, se entiende que no tienes excusa. No hay un lugar dónde esconderse. Podemos pensar que sabemos algo. No sabemos nada”.
¿Raíz de la alegría? que somos hijos de Dios y herederos del Cielo. Todo está resuelto, sólo falta que seamos fieles. Somos hijos de Dios y nada nos debe turbar; ni la misma muerte. Para la verdadera alegría nunca son definitivas ni determinantes las circunstancias que nos rodeen. Sólo en Cristo se encuentra el verdadero sentido de la vida personal y la clave de la historia humana.
[1] Cfr. San Gregorio Magno, Las parábolas del Evangelio, Homilia 34 in Evangelia, Rialp, Neblí, Madrid 1999, p. 154.
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