Una reflexión sobre la caída, el perdón y la fuerza de la gracia invita a mirar el pecado no solo como herida, sino también como ocasión para volver con más confianza a Dios.
Por P. Fernando Pascual
Después de un pecado, el corazón experimenta pena, tal vez rabia. Hubiera sido fácil haber resistido, haberse alejado de la ocasión. Pero al final cedimos a las pasiones y la tentación nos llevó a un acto contra Dios y contra los demás.
Muchas veces reaccionamos con un deseo sincero de volver al buen camino. Buscamos el sacramento de la penitencia, pedimos perdón por los pecados, y entonces vemos con alegría cómo la misericordia y la paz entran en nuestras almas.
Ya estamos en gracia. La mente y el corazón, sin embargo, pueden reflexionar sobre lo ocurrido. ¿Por qué aquella mirada, por qué aquel rato excesivo de ocio, por qué el ingreso en una página de internet nada recomendable?
Las reflexiones son dañinas e incompletas si nos fijamos solo en la parte oscura de lo ocurrido. Dañinas, porque no sirve de mucho abrir una y otra vez una herida si eso nos deprime. Incompletas, porque junto a la oscuridad experimentamos cómo Dios nos ayudó a encontrar en seguida el camino de la luz y del perdón.
Tras levantarnos de un pecado, ciertamente, necesitamos asumir nuestras responsabilidades e identificar situaciones que puedan aparecer en el futuro para evitarlas de modo enérgico y así no repetir pecados insidiosos.
Pero necesitamos, sobre todo, recordar cómo Dios nos atrajo con lazos de amor (cf. Os 11,4), cómo planeó desde la primera caída de la humanidad un plan de salvación, cómo se llevó a cabo ese plan con la Encarnación, Vida, Muerte y Resurrección de Cristo.
La mirada se expande y descubre lo que san Pablo expresó de un modo único en la Carta a los romanos: “donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Rm 5,20‑21). O lo que sintió en su corazón como mensaje del mismo Dios: “Mi gracia te basta, que mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza” (2Co 12,9; en otras traducciones se dice “la fuerza se manifiesta en la debilidad).
De esta manera, experimentamos la alegría del Evangelio: Dios, que perdona, vence el mal. Entonces descubrimos, con sorpresa y gozo, que el mismo pecado nos abre a un camino de más amor, porque al que mucho se le perdona, mucho ama (cf. Lc 7,47).
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