En la vida cotidiana, las palabras pueden convertirse en un arma silenciosa: comentarios repetidos, burlas y reproches que, sin dejar marcas visibles, desgastan la convivencia y hieren profundamente a quienes los reciben.

Por P. Fernando Pascual

Hay personas que tienen una “habilidad” perniciosa: saben herir a los demás, saben golpear donde más duele, saben acosar con sorprendente eficacia.

Así, si alguien se ha equivocado al hablar o en un asunto práctico, le recuerdan una y otra vez el error, para humillarlo, para hacer que se sienta en culpa. O si tiene un defecto al caminar, lo destacan para reírse de él. O si ha perdido en una discusión en familia o en el trabajo, le recuerdan su derrota.

No resulta fácil convivir con personas hirientes, sobre todo si son familiares o compañeros de trabajo. Los dardos llegan con puntualidad, como señal de acoso, o como un sutil deseo de venganza, o como parte de una envidia descarada, o simplemente como afán de dominio lleno de soberbia.

Quien recibe los golpes busca cómo defenderse, pero el acoso a veces es tan insidioso y constante que puede llevar al cansancio, o a la tristeza, incluso a la depresión.

Seguramente hay métodos para resistir ante personas hirientes: reaccionar con ironía, dejar a un lado las agresiones, obsesionarse sanamente por una actividad buena. Alguno aconsejará responder a los golpes con golpes, pero eso no arregla nada y va contra las enseñanzas del Evangelio.

Ciertamente, resulta difícil ofrecer la otra mejilla. A veces uno responde a las palabras hirientes con un acto de humildad, y recibe nuevos golpes precisamente porque la persona agresiva se siente más fuerte y desea provocar a su víctima.

Ante personas hirientes, necesitamos pedir ayuda a Dios para no dejarnos envenenar, para tener fuerzas interiores con las que recemos, sinceramente, por quienes nos persiguen, incluso deseando la bendición a favor de quienes nos calumnian (cf. Mt 5,43-47; Rm 12,14).

En ocasiones, experimentar la pena por los ataques de esas personas puede ofrecernos la oportunidad de hacer un examen de conciencia: ¿no habré sido yo hiriente con otros? ¿No he pecado con la lengua contra familiares, amigos y conocidos?

Si encontramos que el veneno de la crítica ha tocado nuestros corazones, pediremos ayuda a Dios para que nos purifique. De este modo, tendremos fuerzas para vencer el mal con el bien, para responder serenamente a quienes nos dañen, y para construir un mundo más acogedor, donde comuniquemos a los demás el amor infinitivo que Dios nos ofrece como Padre bueno.

 
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