En el templo de San Francisco, en Puebla, un cuerpo que parece resistirse al paso del tiempo vuelve a poner sobre la mesa una antigua pregunta de fe: qué significan los incorruptos para la Iglesia y por qué siguen provocando asombro entre creyentes y curiosos.
Por Arturo Zárate Ruiz
En Puebla se encuentra, en el templo de San Francisco, el cuerpo incorrupto del beato Sebastián Aparicio. El que permanezca así no es la razón de que se le considere santo, sino su fe, su bondad, y sus milagros reconocidos. A los 72 años distribuyó sus bienes entre los pobres e ingresó en la Orden Franciscana como hermano. Se le encomendó recolectar limosnas para los demás frailes durante los siguientes 25 años. Su caridad y humildad conquistó a toda la población.
En cualquier caso, no deja de llamar la atención que permanezca incorrupto. Ni los mismos apóstoles se preservaron así. Aunque no se aprecie al poblano del todo bien porque tiene su cara protegida con cera para que no se le llene de polvo, de quitársela sorprendería por lo bien conservados que están todos sus rasgos. Si se nos permitiera tocarlo, nos daríamos cuenta de que no está momificado como los cuerpos que indebidamente se exhiben en Guanajuato o en Egipto. No está tieso, ni apergaminada su piel, sino todo él suave y flexible, como si estuviera aún vivo. Nunca recibió ningún tratamiento mortuorio para prevenir su descomposición.
Mucho antes lo ha sido san Silvano. Sufrió la persecución del emperador Diocleciano, y una muerte atroz por decapitación. Su cuerpo ha permanecido intacto por más de mil 600 años en Croacia.
Entre los incorruptos recientes más famosos se encuentra santa Bernardita (la vidente de Lourdes). Los ve uno y parecen simplemente dormidos, a punto de esperar que se muevan para reposar el dulce sueño de lado.
En un mundo que suele ignorar a Dios y reducir toda realidad a lo meramente natural, los incorruptos dan testimonio de lo sobrenatural y del poder de Dios mismo, como si no nos bastase la razón natural para afirmar su existencia, ni su Palabra para conocerlo cerca. Así de bueno es el Señor quien, en vez de castigarnos por nuestra necedad, prefiere abrirnos los ojos con más milagros.
Además, los incorruptos nos recuerdan la promesa final de la resurrección de nuestros cuerpos, algo que los no cristianos no pueden considerar obvio, aun cuando algunos pueblos antiguos creyesen en ello, como lo hicieron los egipcios.
Y aun los egipcios, aunque creyesen en la resurrección, la asociaron con el estado imperfecto de nuestros cuerpos antes de morir, tan así que momificaban lo que quedaba de ellos antes de sepultarlos.
Los cristianos creemos en la resurrección de los cuerpos que ahora poseemos, pero en un estado nuevo, “glorioso”, lo cual incluye “claridad, impasibilidad, agilidad y sutileza”. Es decir, no sufrirán, serán bellos, se moverán fácilmente de un lugar a otro, y podrán atravesar muros y otros cuerpos sin dejar de serlo, aunque su carácter será ahora espiritual. Estarán insertos en Cristo resucitado y, por ello, participarán de su perfección.
Eso no quiere decir que no cuidemos nuestros cuerpos con el pretexto de que Dios los arreglará. Dios no sólo quiere que estemos bien, quiere, como buen Padre, que también asumamos la responsabilidad de velar por nosotros mismos. Que sean más importantes nuestras almas no es excusa para desatender nuestra mole.
Al mismo san Francisco le ordenó, en el día 39, no seguir con su pretendido ayuno de 40 días para igualar al del Señor: no sería entonces penitencia sino soberbia el continuarlo. Por escucharlo, Jesús premió al varón de Asís haciéndole partícipe entonces de sus estigmas, no de la incorrupción. Sí se la permitió a otro franciscano, el que reposa en Puebla, el beato Sebastián Aparicio.

