Por P. Joaquín Antonio Peñalosa

A medida que la pobreza aprieta, se aconseja apretarse el cinturón. Con esta frase de cuero y fierro, quiere decirse que es preciso dejar los gastos secundarios y atender exclusivamente a los indispensables sin los cuales no se puede vivir. Pero resulta que los pobres —o más bien, empobrecidos—, ya ni para comprar un cinturón alcanzan y lo único que en realidad pueden apretarse es el estómago. Y tan se lo aprietan, que su comida es un engaño al hambre. Los pobres a cualquier taco le llaman comida.

Si vamos al fondo de esta situación trágica y obstinada, no es el pobre el que hace un agujero nuevo a la correa; es la avaricia de ciertos financieros que aprietan el cinturón al empleado, es el terrateniente el que aprieta el cinturón del pequeño industrial, es el accionista el que aprieta el cinturón al obrero de la fábrica.

El pobre no se aprieta el cinturón, se lo aprietan otros, aquellos que lo explotan con salarios llamados perfectamente “de hambre”. Porque esos salarios no dan para comer sino para ayunar, no dan para vivir sino para sobrevivir, no dan para pertenecer al tercer mundo sino al otro mundo. Del hambre a la tumba, hay un solo paso. Y esto no es melodrama, sino historia de cada día. ¿Dónde? En esas tres cuartas partes del mundo que se llaman geografía del hambre.

Estamos al tres por uno. Un terrícola tiene que desabrocharse el cinturón para no reventar de lleno; y tres terrícolas tienen que apretarse el cinturón para sostener el esqueleto, mantenerse en pie y no caer.

Pero no se trata únicamente de hambreadores aislados que actúan por su cuenta, para que les aumente su cuenta, claro. Se trata de un verdadero negocio del hambre, de toda una maquinaria bien montada que puede producir pobres en serie.

Ahí están las trasnacionales de alimentos que muchas veces los ocultan, los arrojan al mar para encarecerlos. Ahí está la sin-razón de gobiernos que gastan en armas en exceso según desatienden la agricultura de la que depende la alimentación del pueblo. Ahí está el campo abandonado y la ciudad saturada de excampesinos.

Padecemos un sistema económico tan injusto, que dan ganas de fundar en cada rancho inhóspito y en cada barrio urbano de la periferia triste y marchita, una “Sociedad Protectora de Pobres”, como existe una “Sociedad Protectora de Animales”.

Los hombres, como es notorio, son animales mamíferos y vertebrados. Aunque los pobres van dejando de ser mamíferos —nunca beben leche—; y por apretarse el cinturón, están ya medio invertebrados.

Artículo publicado en El Sol de San Luis sin fecha.

 

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 6 de septiembre de 2026 No. 1626

 

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