Por Jaime Septién

Algunos filósofos han pasado a la historia con una sola frase, aunque su obra haya sido enorme y no menos enorme su influencia en la cultura universal. Tal es el caso (a mí me lo parece) de la frase “los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo” del filósofo austríaco Ludwig Wittgenstein que aparece en su libro Tractatus Logico-Philosophicus.

Es un aforismo tremendamente sencillo tanto como profundo e iluminador: alejado del chismorreo y la frivolidad, el lenguaje nos abre o nos cierra al mundo, porque es a través del don de la palabra como nombramos a los otros y nos nombramos a nosotros mismos; es el lenguaje el que nos hace pensar y decir. No significa que las cosas vivan porque yo las nombre, pero algo muy parecido sucede. Por ejemplo, con las sensaciones, las emociones, la propia fe. San Juan comienza su evangelio con aquello de que “en un principio era el Verbo”.

Todo esto viene a cuento tras haber leído hace poco una estadística mexicana que me dejó patidifuso. En 2025 había 2,455 librerías en todo el país. ¡2,435 librerías para 130 millones de habitantes! Toca a una librería por cada 53,000 personas. Y es que en las librerías (también en las bibliotecas públicas, pero cada día que pasa se ven más desiertas) están almacenadas las palabras, están almacenados los mundos imaginarios, los mundos reales, los alicientes para abrir una conversación que supere la violencia, el despojo, el desamparo y la mendicidad de amor.

También ahí, en los buenos libros —pienso en los llamados “clásicos”—está la presencia del Creador, porque el artista, lo decía Tolkien, también colabora con Dios en la extensión de la belleza: es co-creador.

Entiendo que esto no le hace ni cosquillas a los gobernantes. Pero si uno quiere ser genuinamente revolucionario, mucho tendría que ver la promoción del libro y la lectura: los grandes benefactores de la humanidad.

 

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 6 de septiembre de 2026 No. 1626

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