(LA PARROQUIA DE CÓRDOBA)
Por Mario De Gasperín Gasperín, obispo emérito de Querétaro
La apertura de los templos en Orizaba tuvo como precio la sangre inocente de una jovencita a manos de la policía; en Córdoba se logró evitar la violencia gracias a la intervención del señor cura Ignacio Lehonor Arroyo y de miembros de la Acción Católica, como la señorita Leticia Assenato, defensora generosa de la fe y amante de la eucaristía.
En efecto, el fervor religioso ya se había despertado, asunto que las autoridades no alcanzaban a comprender. Ahora, los campesinos católicos de la región de Córdoba, como lo hicieron los obreros de Orizaba, se congregaron en gran multitud en el centro de la ciudad. El gobierno ya había apostado 50 federales con su coronel frente al templo parroquial. Los campesinos, organizados para la defensa de su iglesia, habían formado grupos de diez compañeros, encargados de despacharse cada grupo a un soldado en caso de disparos. Uno de los mediadores apodado el “muerto”, recuerda Monseñor, así se lo explicó al coronel, quien alcanzó a comprender la situación. Se logró, por gracia de Dios, que el coronel depusiera su arma, una 45, y que su tropa no disparara contra la multitud. Era el 13 de febrero.
Oigamos ahora a Monseñor Lehonor contarnos, en sus Memorias, el regocijo de los fieles cordobeses: “Se dio la señal convenida, toda la multitud se precipitó sobre la Iglesia en medio del repique de las campanas, de los cantos y de los gritos de ¡Viva Cristo Rey!¡Viva la Virgen de Guadalupe!”. El día de la Virgen de Lourdes fue el día en que la fervorosa y entusiasta Córdoba, abrió por la fuerza su Iglesia Parroquial de la Purísima, y desde ese momento se comenzaron a ejercer allí los cultos. ¡Qué maravillas hace la fe, qué grande es Dios y qué grande es el corazón del creyente!” (Testigo Fiel, Pg.90).
Pero no pensemos que aquí paró todo. El gobierno iniciado por Tejeda no cesó de perseguir a los sacerdotes. Iremos recordando algunos hechos gloriosos de nuestros mayores. El padre Nachito, como ya era llamado el señor Cura, visitaba las rancherías y era muy apreciado por la gente del campo. Con ocasión de un aniversario matrimonial fue a celebrar la Misa en una comunidad, junto al legendario cerro de la Totola. Allí lo descubrió la policía y, según afirmó el capitán del grupo militar, tenía órdenes de fusilarlo. Estaba el capitán dispuesto a cumplir la amenaza, cuando el señor Cura se dio cuenta que los soldados no habían comido ni tomado agua.
De inmediato pidió a sus acompañantes que les dieran de comer y de beber. Al capitán, recién saciado su apetito, se le movió también el corazón y comprendió que era mejor tener cercano a alguien que le daba de comer, que el cumplir una orden injusta que no le dejaría ningún buen sabor. Dejó al señor Cura en libertad, aunque no lo perdió de vista.
La apertura de los templos no sólo implicaba la pena de muerte, sino que tenía problemas prácticos muy difíciles. Por ejemplo, en Tierra Blanca, el grupo que encabezaba la señorita Leticia, tuvo que dialogar y convencer a la maestra que desalojara la Iglesia. Lo logró y mandó, en unas carretas cañeras, pizarrones y mesabancos a la presidencia municipal. En Paso de Ovejas, se encontró con que el Curato era nada menos que el Cuartel.
Con la ayuda de la comunidad, deseosa de tener libre su templo, lo logró. Triste fue la ocupación de los anexos parroquiales en Córdoba, por más de 60 años. Se recuperaron cuando el Papa san Juan Pablo II la hizo Catedral de la nueva diócesis el año 2000. La gracia de Dios se ofrece gratis, pero también pasa.
Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 13 de septiembre de 2026 No. 1627

