Por P. Joaquín Antonio Peñalosa
Cuando se dice “italiano”, se piensa automáticamente en la pasta y en la pizza. Alemania podría representarse por la patata como España por la paella, México por el mole y Francia por los quesos. “No es fácil gobernar a una nación que tiene 350 variedades de quesos”, reflexionaba el general Charles De Gaulle. Los norteamericanos, hijos de la prisa y del self-service, prefieren cualquier quick lunch con junk food, los alimentos congelados, enlatados con que se han estandarizado su sabor y paladar.
En Italia, comer es una fiesta. Y un problema para los turistas que no saben cómo atacar los largos metros de spaghetti en unos platos colmados de anillos resbaladizos y renuentes al tenedor.
La monja más famosa y leída en Italia de nombre Germana, pero bautizada con el aromoso seudónimo de Sor Perejil, lleva más de 30 años de predicar el arte culinario por medio de libros, programas televisivos, agendas y clases. Sor Perejil, doctora honoris causa en la sazón, el hervor y el condimento, ha obtenido un éxito sin precedentes con sus publicaciones y enseñanzas. Solamente de su libro Cuando cocinan los ángeles, ha vendido un millón 200 mil ejemplares, suma que envidiarían no pocos grandes escritores.
Sus enseñanzas llegan por televisión a 250 mil personas que, después de verla festiva y convincente, compran en los kioscos Mis recetas, en fascículos interminables. No tienen menos éxito sus clases que imparte en el centro “Punto Familia”, de Turín, a donde acuden gozosas parejas de novios para aprender a preparar platillos tan ricos como su amor.
¿Por qué la monja no se dedica a catequizar bambinos y curar enfermos? Su misión es fortalecer el amor de los esposos que, si procede de la carne y del espíritu, procede también del estómago. Si la mujer dice al marido trasnochador: Per favore, llega temprano a casa, te he preparado el pastel de chocolate que te gusta. Y aun cuando el marido tuviera el pastel de fresa que le dan por otro lado, llegará a casa cual goloso comensal y marido fiel. El amor entra por la boca y el paladar. Puede evitar distanciamientos, adulterios, divorcios. Comprobado por Sor Perejil. (Ahora recuerdo el trabalenguas de mi infancia: Perejil comí / Jesús, ¿qué haré? / cómo me desemperejilaré…)
La monja no intenta convertir a las esposas en esclavizadas cocineras, sino interesar a los maridos para que también ellos aprendan el arte de cocinar, contribuyan a los quehaceres de la casa, abandonen el complejo de machos ensoberbecidos y no se queden en ayunas el día en que su mujer —ni Dios lo permita—, caiga en cama fulminada por una pulmonía doble.
“Así lo tengo experimentado, aclara Sor Perejil, la cocina no es sólo una ocasión para alimentar el estómago, sino también para alimentar el amor”. Todo lo contrario del viejo y trágico refrán mexicano que opina: “Cuando dos de veras se aman, con uno que coma basta”.
Ay, el amor come tres veces al día. Y si marido y mujer comen lo que ambos han preparado, su amor perdurará, sabroso y apetitoso, hasta que el infarto los separe.
Artículo publicado en El Sol de San Luis, 16 de abril de 1993; El Sol de México, 16 de abril de 1993.
Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 13 de septiembre de 2026 No. 1627

