Por P. Joaquín Antonio Peñalosa
Un día de ardoroso calor, después de una cacería, el joven Narciso se detuvo en una fuente para apagar la sed y, al mirar su gallarda imagen reflejada en el agua, se enamoró de sí mismo. La fábula griega es hoy una realidad; porque vivimos el momento de apogeo del narcisismo como tema central de la cultura.
El hombre contemporáneo, ufano dominador de la naturaleza y de la técnica, padece el complejo de dios. Todo lo sabe, todo lo puede, todo lo intenta, nada lo arredra, de nada se asombra, convencido como está de habitar un mundo dócil a sus órdenes, un mundo del cual es el centro, el conquistador y el amo.
Hay numerosos individuos en particular, enamorados de su imagen, los psicoterapeutas afirman que se enfrentan ahora, con inusitada frecuencia, con personas que sufren trastornos narcisistas. El intelectual ensoberbecido, el artista aclamado, la diva rubia del micrófono, el deportista de medalla de oro, el ejecutivo de fax y diez teléfonos, el político en su trono, el millonario con sobrados ceros a la derecha; todo aquel que emerge en el poder, el saber y el tener, todo aquel que triunfa clamorosamente en cualquier escenario de la vida, corre el riesgo de Narciso al quedar atrapado por el endiosamiento de sí mismo en estéril autocontemplación, y al servicio del exhibicionismo.
Estamos rodeados de falsos diosecillos que son en realidad seres frágiles como cualquiera, pero que se creen merecedores del Olimpo —la morada mitológica de los dioses—, y habitantes del Panteón, el templo romano donde se veneraba a todos los dioses sin faltar uno.
El narcisista, que se pone un precio demasiado alto para lo que en efecto vale, tiene tres maneras de protegerse contra quienes pudieran hacerle sombra. La primera consiste en quitar valor a las personas que le hacen sentirse vulnerable, en poner todas las piedras imaginables en el camino de quien pudiera aventajarlo y en utilizar el juego de las zancadillas. La segunda radica en encerrarse en su bola de cristal, en su torre de marfil, en su castillo roquero; en esta gloriosa soledad, el narcisista se rodea de una atmósfera privada para no ser discutido ni cuestionado. El pequeño príncipe vive solo en su planeta para ser al mismo tiempo el ídolo y el idólatra, el diosecillo y el adorador.
La tercera forma es la pura y simple ensoñación. El narcisista vive con apasionamiento, sueños y fantasías que poco tienen que ver con la realidad, según lo transporta a mundos más felices en los que verdaderamente puede ser un pequeño Dios.
Para purificarnos de este aberrante complejo de dios —que ya asaltó al primer hombre de la historia—, debemos aceptar que la lucha, la limitación y aun el fracaso deben ser integrados a nuestra vida para el propio provecho espiritual. Que el universo no puede girar en un “yo”, si falta un “Tú”. Y que todos los diosecillos son risibles mientras Narciso no se vuelva humano, cuerdo y humilde, de manera que, al ver su imagen reflejada en la fuente, se percate que está despeinado y medio rasurar.
Artículo publicado en El Sol de San Luis, 3 de mayo de 1992; El Sol de México, 28 de mayo de 1992.
Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 30 de agosto de 2026 No. 1625

