A partir de citas bíblicas, referencias a santos y voces contemporáneas de la tradición cristiana, la autora plantea que la vocación a la santidad no es una idea abstracta, sino una respuesta personal, libre y esperanzada al amor divino.
Por Rebeca Reynaud
El amor de Dios es un amor tan infinito que no nos cabe en la cabeza. Dios nos quiere con locura, de un modo desfasado. No lo podemos imaginar ni de lejos. Y en el Cielo, estamos llamados a la visión beatífica; vamos a ver a Dios sin intermediarios. El mismo Dios va a impregnar nuestro ser. Estar en el Cielo es estar en Dios, en una unión total. No sabemos apreciar toda la bondad de Dios que esto supone.
Todos los días podemos ser más santos, más de Dios, y esto tendría que entusiasmarnos hasta humanamente porque Dios nos ama también con un corazón humano. Se trata de ser fieles al proyecto que Dios ha diseñado para cada uno. En esto nadie nos puede suplir. Dios nos ha diseñado para ser santos, responderle. “El amor satisface por sí solo… es lo único con lo que la criatura puede responderle a su Creador”, dice S. Bernardo (Sermo 83).
Dios tiene un camino para cada uno. Si se pasa por crisis o túneles oscuros, se puede salir más purificado de ellos; pero no siempre es necesario pasar por ellos. Sólo Dios lo sabe. Dios nos dice: Yo te redimí y te llamé por tu nombre: tú eres mío. Cuando pasares por medio de las aguas, estaré Yo contigo, y no te anegarán sus corrientes; cuando anduvieres en medio del fuego, no te quemarás, ni la llama tendrá ardor para ti, porque yo soy el Señor Dios tuyo (Cf. Isaías 43, 1-3).
El profeta Oseas nos educa: “¿Qué voy a hacer contigo Efraín? ¿Qué voy a hacer contigo Judá? Tu amor es nube mañanera, es rocío matinal que se evapora. Por eso los he azotado por medio de los profetas… Porque yo quiero sacrificios, conocimiento de Dios, más que holocaustos” (Oseas 6, 4-6).
Las bodas hebreas tienen dos fases: 1ª esponsales, que incluyen el pago de la dote. 2ª El esposo vuelve para recoger a la esposa, la esposa debe estar atenta y vigilante. Nuestra redención tiene dos fases:
1ª fase: Jesús pagó el precio por nosotros en la Cruz, la dote.
2ª fase: El Esposo vuelve por su esposa. Dice el Señor: En la casa de mi Padre hay muchas moradas (Juan 14, 2-3): Cuando me haya marchado y os haya preparado un lugar de nuevo vendré y os llevaré junto a mí. Debemos esperar al esposo con atención amorosa. No podemos saber el día y la hora de esa esperada reunión. Ese momento será antes del Aviso, porque es antes de que se haga daño a la tierra con el vuelco, Apoc 7,3.
Escribe Benedicto XVI: “La historia está marcada por una polémica entre el amor y la incapacidad de amar, esa desolación de las almas, propia de los hombres que sólo reconocen valores y realidades cuantificables… Esta destrucción de la capacidad de amar produce un aburrimiento mortal. Es un veneno para el hombre. Cuando se impone, destruye al hombre y al mundo con él” (La sal de la tierra, p. 307). Goethe también hizo suya la idea de San Agustín que presenta la historia como un conflicto entre dos ciudades, y decía que la totalidad de la historia era una lucha entre la fe y la falta de fe.
Si cultivamos el amor de Dios, Él nos mantiene encendidos. A base de cosas pequeñas, vamos hacia Dios. San Luis María Grignon de Montfort escribe: Entre las múltiples causas que debieran movernos a amar a Jesucristo está “la consideración de los dolores que quiso padecer para mostrarnos su amor… porque este amantísimo salvador ha trabajado y sufrido muchísimo para redimirnos. ¡Oh cuántas penas y amarguras hubo de soportar! (Cap. XIII n. 154).
San Agustín acierta al decir: Sólo el amor hace útil la fe. Puede sin amor existir la fe, pero no aprovecha (cfr. De Trinitate, XV, 18, 32). Dios nos dice: “No intentes comprender por qué te quiero. No podrías”.
Edith Stein reafirma: “No aceptes nada como verdadero si le falta amor, y no aceptes como amor nada que carezca de la verdad”.
Existe una ley en todo el universo según la cual nadie puede ser coronado a menos que haya luchado. La única manera en que uno puede demostrar que ama es realizando un acto de elección. Por eso el hombre vale más o menos, no por lo que tiene o lo que es, sino por lo que decide.
El Señor le dijo a Gabriela Bossis: “Cada alma tiene su manera de amar. No me prives de la tuya. Yo no confundo las cosas. Yo disfruto de vuestras maneras especiales. Desde el comienzo del mundo, ninguna se parece a otra; es lo que hace la sinfonía de mis delicias. ¿No tengo derecho a ello? Y sin embargo, yo no exijo nada. Espero”. Me gustaría tanto, hija, que contaras conmigo… Pregúntate lo que Yo represento en tu vida, y no seas toda para ti, sino toda para Mí. Y Yo me ocuparé de ti. Todo sufrimiento que me ofreces por amor me consuela en mis sufrimientos. Si me amas, regocíjate de sufrir, pues en eso estamos unidos (Él y yo, n. 334y 162).
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