La formación espiritual es un camino de encuentro con Cristo, identidad filial y transformación interior.

Por Rebeca Reynaud

A través de la formación personal y colectiva vamos comprendiendo que lo importante es lo que el Espíritu Santo obra en el alma de cada uno. Se trata de ahondar en nuestra relación con Jesucristo. ¿Desde qué perspectiva? Quizás la de hijos de Dios.

Debemos tratar a Jesucristo todos los días a todas horas, en la vida cotidiana, con sencillez, a fin de ser dignos de escuchar las mociones del Espíritu Santo.

Lo que más puede ayudar es llevar el Evangelio a nuestra oración personal y a los medios de formación colectiva. Fundamentarse en la Sagrada Escritura no tiene pierde.

Nuestra identidad. Jesús quiere vivir una vida de intimidad contigo, con cada uno. Quiere cercanía emocional y confianza. La riqueza de nuestra identidad nos puede llevar lejos. Jesús quiere que evangelice, pero debe estar arraigado en mi identidad. Jesús modela a la persona para que actúe como un hijo amado. A Jesús lo modeló Dios Padre, la identidad era su fundamento. Todo apostolado da frutos si fluye de tu identidad con Cristo. Piensa: Mi Padre es el rey del universo y tengo todo lo que necesito al ser hijo adoptivo de Dios, tengo acceso a lo que Él me ha llamado a ser.

A partir de ese conocimiento hago lo que Dios quiere que haga. ¿Hay algo que nos impide vivir este estilo? La mentalidad basada en el desempeño es la condición con la que una persona trata de ganarse su identidad, intentamos ganarnos lo que somos. La alineación es: hago, tengo, soy. Pero lo importante es lo que Jesús dispone y obra en cada uno.

Una de las primeras personas con mentalidad basada en el desempeño fue Nabucodonosor, citado en Isaías 14, 13-14, describe la expresión máxima de orgullo y rebelión: “Escalaré los cielos, elevaré mi trono por encima de las estrellas de Dios; me sentaré en el monte de la divina asamblea, en el confín del septentrión, escalaré las cimas de las nubes…”. Satanás también dice: escalaré, ascenderé. Lo exhibe y esto lo lleva a su caída.

El diablo le dice a Eva: “Cuando comas del fruto prohibido, tus ojos se abrirán, serás como Dios”. El diablo los engaña para conseguir por el desempeño lo que ya tenían por identidad. El demonio repite la tentación con Jesús: “Si eres el hijo de Dios haz que estas piedras se conviertan en pan”. Otra vez acude al desempeño. Jesús le devuelve con la verdad porque es la verdad la que te hace libre.

El diablo tienta a través del desempeño o activismo, cuando nuestra identidad se define por lo que Él ha hecho por nosotros.

Una de las mayores lecciones de Jesús está en la parábola del Hijo pródigo (Lucas 15, 11-32). El hijo menor entra en razón y decide regresar y trabajar para su padre. El padre sale y ve a su hijo y corre hacia él. El hijo pide perdón, el padre lo detiene, se alegra de que el hijo esté de nuevo en casa y hace una fiesta. El hermano mayor no quiere entrar en la fiesta. Su padre sale y el hijo mayor le explica: “Todos estos años te he servido y nunca me has dado un cabrito para comer con mis amigos”. La mentalidad del hermano mayor está basada en el desempeño. El padre le dice: Todo lo que tengo es tuyo. Alégrate de que tu hermano ha vuelto. Esto es lo que podemos escuchar hoy de Dios: “Todo lo que tengo es tuyo”. Hay una identidad que Dios quiere darte, no tienes que ganarte nada. Se trata de quién es Él, de quién eres tú. Fui adoptado por la Persona más rica.

Jesús murió para que podamos tener la misma relación que Él tiene con el Padre. Jesús murió para que tu puedas tener lo que Él merecía.  Cuando Jesús muere te deja una herencia increíble: su Espíritu, su vida, sus dones, sus méritos. Tu trabajo es pedir, tu trabajo es buscar y tu trabajo es llamar a la puerta. Si no pides, nunca recibirás. ¿Quieres esta herencia? ¿Cómo apropiarse de ella? El proceso se llama transformación (Rom 8, 29). A los que Dios conoció los predestinó. El papel del Espíritu Santo es que nos conformemos con Cristo, para ello hay que ser transformados (metamorfosis). Nuestra transformación sucede en el encuentro con Jesús. El cristianismo es un encuentro que nos cambia.

Otra forma en que somos transformados es en la renovación de nuestra mente. ¿Qué pasaba por la mente de Jesús cuando tiene cinco mil hombres y no hay pan? ¿Qué pensaba Jesús ante el leproso? Se me va a pegar su enfermedad o se le va a pegar mi salud. Jesús pensaba como lo que dice el Padrenuestro, allí hay una cosmovisión completa.

El Hijo de Dios se hizo Hombre para que los hombres seamos hijos de Dios, es un pensamiento de San Atanasio (296-373).

Somos conscientes de lo que nos falta, pero no de lo que ya tenemos. Hemos de traer el cielo a la tierra como Jesús nos enseñó a rezar. Somos puertas entre el cielo y la tierra. No puedo hacer nada por mí mismo, somos como el hijo pródigo. El Padre le da al hijo pródigo que vuelve a casa: anillo, túnica y las sandalias. El anillo es el signo de un rey y autoridad concedida a quien se le da el favor (Gén 41 y 42). La túnica es una señal del reino de un sacerdote real que vive un estilo de vida de adoración (Zacarías 3,4-5); las sandalias son una bendición para el profeta que viaja para declarar la Palabra (Is 52,7).

Jesucristo es aquel a quien el Padre ungió con el Espíritu como sacerdote, profeta y rey. Todo el pueblo de Dios participa en estas tres funciones de Cristo. Podemos apropiarnos, por la fe, que somos sacerdotes en Cristo Jesús, profetas y reyes. Esta puede ser tu nueva normalidad.

 
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