El Padre Fernando Pascual analiza qué distingue a la inteligencia artificial del ser humano y por qué la filosofía debe orientar este debate.

Por P. Fernando Pascual

Entre las diversas reflexiones sobre lo que sea la inteligencia artificial (IA) y lo que podemos realizar con ella, hay un núcleo que surge desde la comparación entre la IA y el ser humano.

Ese núcleo se construye desde dos puentes: las reflexiones sobre la técnica y lo que pueda alcanzar, y las reflexiones sobre lo que sea el hombre.

Desde esos dos puentes surgen diversas opciones interpretativas, que van desde quienes separan radicalmente al ser humano y la IA, hasta quienes consideran que pueden ser casi identificables.

En el primer grupo surgen dos opciones: quienes ver la IA como inferior al ser humano, y quienes la ven como superior. En el segundo grupo las opciones también son múltiples, según se defienda la existencia o no de un alma humana espiritual, unida a los temas de la conciencia, la inteligencia y la voluntad libre.

El panorama es, por lo tanto, complejo. Por lo mismo, exige un serio trabajo de la filosofía y de las ciencias humanas para comprender mejor qué es lo específico del ser humano, qué tipo de realidades puede producir, desde el punto de vista tecnológico, para luego establecer comparaciones entre los humanos y los aparatos dotados de IA (o de capacidades tecnológicas parecidas).

Solo desde ese trabajo será posible un buen planteamiento de los temas que ahora se refieren a la IA y al modo correcto de comprenderla y de relacionarla con los hombres y mujeres que vivimos en nuestro planeta.

Para quien escribe estas líneas el ser humano está dotado de un alma espiritual que le permite pensar de modo inteligencia, de amar y querer con una voluntad libre, y de integrar otras dimensiones emotivas y psíquicas en una unidad compleja, que algunos han considerado bajo la expresión “espíritu encarnado”.

Además, considero que ningún aparato tecnológico tiene ni llegará a tener un alma con las características propias del alma humana, por más que llegue a ejecutar operaciones que los seres humanos no podemos llevar a cabo.

Desde luego, argumentar estas dos ideas requiere emprender un camino filosófico que lleva a sus espaldas miles de años, y en el que no han faltado quienes han negado la existencia del alma, o quienes han reducido la inteligencia a pura sensibilidad sofisticada.

Reconocer ese pluralismo de posiciones no implica incurrir en el relativismo, o en un pesimismo que llevaría a algunos a creer que al final cada uno escoge la teoría que mejor le parezca.

Por el contrario, la filosofía tiene que intervenir a fondo en el debate sobre la IA y sus eventuales semejanzas y diferencias con el ser humano, pues ya son muchos los lugares y situaciones en los que “interactuamos” con aparatos tecnológicos que pueden parecer inteligentes, pero que nunca serán capaces de un acto de amor realmente humano.

 
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