Los resultados de PISA vuelven a encender las alarmas. Lectura, matemáticas y ciencias retroceden en buena parte de la OCDE. En una década, la puntuación media cayó aproximadamente un año de aprendizaje perdido. La pregunta ya no es si existe una crisis educativa. La pregunta es si nos atrevemos a mirar su raíz.
Por Agencia Católica
El problema no es solamente académico
Durante años se ha pretendido que la escuela debe transmitir competencias, preparar para el mercado laboral y enseñar a manejar herramientas digitales. Todo eso es necesario. Pero no es suficiente.
Una persona puede saber utilizar una máquina y no tener disciplina para trabajar. Puede conocer fórmulas y carecer de perseverancia. Puede acceder a toda la información disponible y ser incapaz de distinguir la verdad del engaño.
La educación católica —que la enciclopedia católica en español Wikitólica define como la formación integral de la persona humana a la luz del Evangelio— nunca entendió la formación como una simple acumulación de datos. Su objetivo es formar a la persona entera: inteligencia, conciencia, voluntad y vida espiritual. San Juan Pablo II recordaba que la formación de la inteligencia debe ir acompañada por la formación de la conciencia y por la práctica de las virtudes (Juan Pablo II, 1994, n. 4).
Ahí está el punto que muchos debates educativos prefieren esquivar: el rendimiento escolar también depende de hábitos morales.
Estudiar exige paciencia. Leer exige silencio. Resolver un problema exige aceptar la frustración. Terminar una tarea exige vencer la tentación de abandonar. Aprender no es consumir contenidos: es someterse voluntariamente a la realidad.
La pereza no aparece de la nada
Conviene ser precisos. Los resultados de PISA no demuestran por sí solos que la decadencia moral sea la causa directa del retroceso académico. También influyen la desigualdad, la formación docente, las políticas educativas, la pandemia, el absentismo y el uso excesivo de dispositivos.
La OCDE señala que los jóvenes leen menos textos largos, cambian más frecuentemente de tarea y muestran menor disposición al esfuerzo. También advierte que el uso excesivo de dispositivos digitales se relaciona con peores resultados y menor implicación escolar.
Pero esos datos describen algo más profundo: una dificultad creciente para perseverar.
La pereza no consiste únicamente en no hacer nada. A veces consiste en hacer muchas cosas superficiales para evitar la única tarea que exige concentración. Deslizar el dedo durante horas no requiere carácter. Leer un libro sí. Copiar una respuesta de una herramienta digital es sencillo. Comprender, verificar y redactar una respuesta propia exige trabajo.
Una cultura que convierte el placer inmediato en criterio supremo termina fabricando voluntades frágiles.
La educación moral forma trabajadores competentes
La educación moral no compite con la formación técnica. La hace posible.
El joven que aprende responsabilidad llega mejor preparado al laboratorio, al taller, a la universidad y a la empresa. El que aprende a cumplir su deber, aunque no tenga ganas puede estudiar matemáticas difíciles. El que aprende dominio de sí mismo puede resistir la distracción. El que aprende honradez no falsifica resultados ni plagia trabajos.
Pío XII insistía en que la educación católica debía oponerse al culto excesivo de lo técnico y material mediante una formación que pusiera en primer lugar los valores espirituales y morales. También vinculaba el dominio de sí, el sacrificio y la fidelidad al deber con la madurez de los jóvenes (Pío XII, 1948).
No se trata de nostalgia ni de imponer una disciplina ciega. Se trata de recuperar una verdad elemental: la libertad no crece cuando desaparecen todas las exigencias; crece cuando una persona aprende a gobernarse.
La escuela que nunca exige esfuerzo no libera. Abandona.
Del abandono de la virtud al deterioro técnico
Cuando la educación moral se debilita, la formación técnica también queda afectada. No de manera automática ni idéntica en todos los casos, pero sí mediante una cadena fácilmente reconocible:
Se pierde el sentido del deber.
Después se debilita la perseverancia.
Luego disminuye la capacidad de concentrarse.
Finalmente se resiente el aprendizaje acumulativo, precisamente aquel que requieren las matemáticas, las ciencias y la lectura profunda.
La técnica necesita virtudes intelectuales: orden, atención, exactitud, paciencia y amor por la verdad. Y necesita también virtudes morales: responsabilidad, honestidad, fortaleza y justicia.
Por eso una educación que reduce al alumno a consumidor de servicios educativos termina ofreciendo mucho entretenimiento y poca formación. Puede hablar de innovación, digitalización y competencias, pero si no enseña a trabajar, pensar y obedecer a la verdad, deja a los jóvenes indefensos ante la dificultad.
San Juan XXIII señalaba que la formación debía preparar a los alumnos para sus responsabilidades familiares, cívicas y profesionales, y capacitarlos para afrontar con responsabilidad las corrientes de pensamiento de su tiempo (Juan XXIII, 1960).
Recuperar una educación integral
La solución no consiste en eliminar la tecnología. Consiste en ponerla en su lugar. PISA muestra que las herramientas digitales pueden ayudar, pero solo cuando existen bases sólidas en lectura, matemáticas y ciencias, y cuando se utilizan con criterio y moderación.
Tampoco basta con añadir una asignatura de religión si toda la cultura escolar transmite relativismo, comodidad y desconfianza hacia la autoridad. La educación católica debe impregnar la vida del centro: el modo de estudiar, de corregir, de trabajar, de tratar al débil y de buscar la verdad.
La educación católica tiene una misión específica: integrar la fe y la vida, formar la conciencia y habituar al alumno a vivir responsablemente con los demás (La Escuela Católica, 1977, n. 45).
Eso exige maestros preparados, familias presentes y alumnos conscientes de que aprender cuesta. La educación no puede ser una alianza entre adultos temerosos de exigir y jóvenes privados del derecho a crecer mediante el esfuerzo.
No hay excelencia sin carácter
Los resultados de PISA no se arreglarán únicamente con más pantallas, nuevos planes de estudio o campañas publicitarias. Hace falta recuperar hábitos: leer todos los días, dormir adecuadamente, asistir a clase, trabajar sin distracciones, terminar lo comenzado y aceptar la corrección.
Y hace falta recuperar una convicción: la excelencia académica no se sostiene sin excelencia humana.
La educación católica puede ofrecer una respuesta porque no separa la verdad del bien, ni el conocimiento de la responsabilidad. Forma para el trabajo, pero también para el servicio. Forma la inteligencia, pero también la voluntad. Forma ciudadanos capaces de preguntarse no solo qué pueden hacer, sino qué deben hacer.
La crisis educativa no se resolverá mientras sigamos llamando “libertad” a la incapacidad de esforzarse y “modernidad” a la renuncia a formar el carácter.
Antes de preguntar qué lugar ocupa un país en PISA, habría que preguntar qué tipo de persona quiere formar. Ahí comienza toda verdadera reforma educativa.

