La medicina no se limita a curar: también acompaña, alivia y protege. Reflexionar sobre sus fines permite comprender los límites de la práctica sanitaria y la responsabilidad que médicos y pacientes comparten ante el sufrimiento.
Por P. Fernando Pascual
La medicina, desde tiempo inmemorial, busca ayudar al enfermo y promover la salud. Parece algo obvio, pero tiene implicaciones y aspectos que vale la pena tener presentes.
De un modo más preciso, dos estudiosos sobre el tema, Edmund Pellegrino y David Thomasma, describieron los fines de la medicina con estas palabras: «la restauración o la mejora de la salud y, de forma más inmediata, sanar; es decir, curar transtornos y enfermedades o, cuando esto no es posible, cuidar y ayudar al paciente a vivir con el dolor residual, la incomodidad o la discapacidad» (Las virtudes en la práctica médica, Universidad Francisco de Vitoria, Madrid 2019, p. 141).
Estos autores añadían cómo, en las relaciones entre médicos y pacientes, se conjugaban la competencia y los conocimientos de los primeros, con la fragilidad (vulnerabilidad) y el deseo de ayuda de los segundos. Ello explica un tema analizado por diversos autores: existe una fuerte falta de simetría entre médicos y pacientes, pues los primeros gozan de un gran poder (al menos, eso se espera) a partir de sus conocimientos, mientras que los segundos se sitúan en un estado de necesidad que les lleva, a veces ansiosamente, a buscar y confiar en los médicos.
Hay que recordar que no todos los médicos saben todo, ni todos tienen la misma habilidad técnica, ni elaboran siempre adecuados diagnósticos, ni pueden curar un gran número de patologías. Ello genera en los pacientes cierta frustración y, en no pocos casos, algo de rabia cuando no se consigue la deseada sanación.
Esos límites muestran, de modo sorprendente, que la medicina tiene unos fines de valor incalculable, sobre todo desde la perspectiva de quienes nos acercamos a ellos con una esperanza: alcanzar la curación o, al menos, un alivio en medio del sufrimiento que acompaña tantas situaciones de enfermedad.
Tener presentes los fines de la medicina sirve para comprender que algunas acciones no son competencia de esa disciplina, o incluso que van contra ella. Por ejemplo, todas aquellas decisiones y acciones que impliquen daños buscados deliberadamente contra personas concretas, provocando una mutilación, o daños en la mente a través de fármacos, incluso deseando producir la muerte, como ocurre en el aborto y la eutanasia.
Al mismo tiempo, tener presentes esos fines impulsa a los médicos, al personal sanitario, y a todas las personas que de un modo u otro intervienen a favor de los enfermos, a mejorar la propia competencia, a sopesar las decisiones, y a emplear la mente y la voluntad para emprender acciones que curen, que alivien y que tutelen una salud que deseamos para conseguir vidas plenas y significativas.
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