Por Miriam Apolinar
Hay despedidas que no significan abandonar un camino, sino reconocer que la semilla sembrada ya puede crecer por sí misma. Eso es lo que representa la “salida” de los jesuitas de Plátano y Cacao, Tabasco, después de 53 años de presencia en la Parroquia San José y Nuestra Señora de los Remedios.
Durante más de cinco décadas, la misión de la Compañía de Jesús estuvo vinculada no sólo con la celebración de los sacramentos y la formación de la fe, sino también con la organización comunitaria, la defensa del agua, el acompañamiento social, la formación de laicos y la búsqueda de respuestas frente a las necesidades concretas de las poblaciones rurales.
El pasado 9 de agosto, jesuitas, familias, jóvenes y agentes pastorales se reunieron para celebrar una misa de acción de gracias por esta historia. No se trató simplemente de despedir a una comunidad religiosa, sino de reconocer un camino construido entre muchas manos: sacerdotes, religiosas, laicas y laicos que durante décadas hicieron de la parroquia una verdadera “comunidad de comunidades”.
De una misión rural a una comunidad organizada
La presencia jesuita en esta región comenzó a principios de la década de 1970. Sacerdotes como Jaime Arias, S.J., Javier Saravia, S.J., y Guillermo Silva, S.J., llegaron a un territorio marcado por las grandes distancias, los caminos difíciles y la escasez de sacerdotes. La necesidad pastoral fue precisamente el punto de partida.
En entrevista con el P. Juan Pablo Gil, S.J., quien acompañó la última etapa de esta presencia y fue párroco de la comunidad durante poco más de cuatro años, explica que los jesuitas llegaron a Tabasco porque existía una necesidad concreta de la diócesis: un territorio extenso y pocos sacerdotes para atenderlo.
“En aquellos primeros años, la parroquia llegó a acompañar alrededor de un centenar de comunidades. En 1974 se formalizó el Equipo Rural Interreligioso de Tabasco (ERIT), integrado por jesuitas, religiosas y voluntarios laicos. Con el paso del tiempo, aquella experiencia pastoral fue adquiriendo una característica que marcaría profundamente a la región: la gente no era solamente destinataria de la acción de la Iglesia; se convirtió en protagonista de su propia vida comunitaria y pastoral”, comentó para El Observador de la Actualidad.
Ese modelo permitió que surgieran animadores parroquiales, ministerios y equipos de servicio. El sacerdote acompañaba, formaba y colaboraba, pero buena parte de la vida de las comunidades descansaba en sus propios integrantes.
“Era un modelo parroquial de bases, de ministerios, donde la gente era la que llevaba”, explica el P. Juan Pablo Gil. Desde una perspectiva actual, añade, aquel modo de caminar con las comunidades puede entenderse en clave de sinodalidad: caminar juntos, escuchar, discernir y construir la misión desde la participación de todos.
La fe también se convirtió en organización social
Uno de los aspectos más significativos de esta historia es que la presencia jesuita no se limitó al ámbito estrictamente religioso.
A lo largo de las décadas surgieron cooperativas de consumo, tiendas comunitarias, proyectos productivos y una cooperativa platanera que llegó a comercializar hasta 150 toneladas diarias. También se impulsaron cooperativas de pollos y otras iniciativas destinadas a fortalecer la economía local. La pastoral se encontró así con la realidad cotidiana de las familias.
Durante los años ochenta, las comunidades participaron en procesos de organización relacionados con las consecuencias de la actividad petrolera. Las demandas incluyeron temas como contaminación, agua potable, condiciones laborales y defensa de la dignidad de las poblaciones.
De estos procesos surgieron organizaciones que trascendieron la propia parroquia. Entre ellas, el Comité Central de la Isla y el Comité de Derechos Humanos de Tabasco (CODEHUTAB), este último nacido desde la experiencia comunitaria de la parroquia y que actualmente
continúa siendo llevado por laicos.
La defensa del agua también se convirtió en una expresión concreta de esta organización. De acuerdo con los testimonios recogidos en torno a estos 53 años de presencia, las comunidades lograron incluso avances jurídicos relacionados con el acceso y precio del agua potable.
En 2009, otro proyecto nacido de este proceso recibió reconocimiento nacional: la experiencia de producción social de vivienda desarrollada con participación comunitaria y acompañamiento de integrantes del Departamento de Arquitectura de la Universidad Iberoamericana Ciudad de México obtuvo el Premio Nacional de Vivienda en la categoría de Producción Social de Vivienda.
Cuando la Iglesia también aprende de las comunidades
Para el P. Juan Pablo Gil, uno de los mayores frutos de estos 53 años no puede medirse únicamente en proyectos, edificios o estructuras pastorales. Está en las personas. El sacerdote reconoce que la experiencia transformó también a los propios jesuitas que pasaron por Tabasco. La comunidad los formó como pastores, les enseñó a acompañar procesos y les permitió aprender una manera concreta de vivir la misión.
Pero existe otro legado menos visible y, quizá, más profundo: el sentido comunitario. Los recuerdos que permanecen entre las familias hablan de sacerdotes que llegaban a las casas, se sentaban a conversar, compartían un café, acompañaban un retiro o simplemente convivían con las familias.
Esa cercanía hizo que la relación entre jesuitas y comunidades trascendiera la estructura parroquial. Se convirtió en una relación de amistad, confianza y pertenencia. Por eso, para muchas personas, la salida de los jesuitas representa también el cierre de un capítulo familiar.
“Hay servidores de la parroquia que hoy tienen alrededor de 60 años y que recuerdan haber tenido diez años cuando llegaron los primeros jesuitas. Algunos fueron catequistas, coordinadores de jóvenes o ministros y permanecieron durante décadas al servicio de la Iglesia. Son varias generaciones que crecieron bajo una misma experiencia pastoral”, expresa el Padre Gil.
¿Por qué se van los jesuitas de Tabasco?
La pregunta resulta inevitable. La salida no responde, según explica el P. Juan Pablo Gil, a que la parroquia estuviera en crisis o hubiera perdido vitalidad. Todo lo contrario.
“No entregamos algo que se cayó”, señala. “Se trata de una parroquia viva, con jóvenes, adolescentes, participación de mujeres y hombres y una estructura comunitaria consolidada. La decisión forma parte de un discernimiento que la Compañía de Jesús había realizado durante varios años”, dijo el Padre Gil.
Cuando los jesuitas llegaron a Plátano y Cacao, la diócesis tenía pocos sacerdotes y necesitaba apoyo para atender un territorio rural enorme. Con el paso de las décadas, la realidad cambió. El clero diocesano creció y las condiciones de comunicación y transporte también se transformaron.
Las comunidades que antes eran consideradas territorio de frontera cuentan hoy con caminos pavimentados, transporte y mayores posibilidades de comunicación. Además, la propia parroquia fue reduciendo su territorio. De las aproximadamente 100 comunidades que llegó a acompañar, en su última etapa quedaron 27.
Ahora esas 27 comunidades fueron divididas en tres nuevas parroquias diocesanas. Con esta última entrega, la antigua estructura que llegó a abarcar cerca de un centenar de comunidades queda integrada en un territorio atendido por nueve parroquias diocesanas.
Para el P. Juan Pablo Gil, se trata de reconocer que una misión puede llegar a su cumplimiento. “Misión cumplida”, resume. La frase, sin embargo, no significa que el trabajo de los jesuitas haya terminado en sentido absoluto. Significa que aquello que motivó su llegada —la necesidad de acompañar a comunidades que carecían de sacerdotes— ha cambiado.
“Estamos tristes, pero agradecidos”, fue, en esencia, la actitud que encontró entre muchas personas.
Los desafíos que permanecen
La salida de los jesuitas ocurre en un Tabasco diferente al de hace cinco décadas. Los problemas también han cambiado.
Entre los principales desafíos que identifica el P. Juan Pablo Gil está la violencia y, particularmente, la amenaza del crimen organizado sobre los jóvenes. El riesgo de que adolescentes y jóvenes sean cooptados, el consumo de drogas, el miedo y la pérdida de espacios de convivencia representan una preocupación para las comunidades.
Frente a esta realidad, la Iglesia puede seguir siendo un lugar de encuentro.
“Que el joven diga: yo tengo aquí mi lugar”, explica el sacerdote.
Otro desafío es el cuidado de la casa común. La presencia de Pemex y los problemas de contaminación del agua y del aire mantienen vigente la preocupación ambiental.
Durante la última etapa jesuita se impulsaron acciones concretas: reducir el uso de desechables durante las fiestas patronales, evitar la quema de basura, mantener limpias las comunidades y promover iniciativas de formación ecológica y social. También se trabajó en la elaboración
de composta y biofertilizantes.
Son pequeñas acciones que revelan una convicción más amplia: la evangelización no puede permanecer separada de la realidad en la que viven las personas.
El reto de las vocaciones
La salida de los jesuitas también abre una conversación inevitable sobre las vocaciones religiosas.
El P. Juan Pablo Gil reconoce que existe una crisis vocacional en la vida religiosa en México, una realidad que, desde su perspectiva, ya estaba presente antes de la pandemia de COVID-19 y que ésta terminó por profundizar.
Pero evita reducir el problema a una supuesta falta de fe de las nuevas generaciones o a una responsabilidad exclusiva de las familias. Su lectura es distinta. Los jóvenes de hoy tienen más alternativas para canalizar su deseo de servicio. Pueden ser voluntarios, profesionales, misioneros laicos o dedicar un periodo de su vida a distintas causas.
El desafío para las comunidades religiosas, plantea, es aprender a mostrar con mayor claridad qué significa la vida religiosa y qué implica entregar la propia existencia a Dios y a los demás.
La imagen que utiliza resulta elocuente: los jóvenes tienen hoy muchas “ventanas abiertas”. La vida religiosa necesita mostrar por qué vale la pena elegir una de ellas para dedicar la vida entera.
Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 20 de septiembre de 2026 No. 1628

