(CÓMO EL SEÑOR CURA FUE ENCARCELADO EN VERACRUZ)
Por Mario De Gasperín Gasperín
La visita a la cárcel fue una herencia que los cristianos recibimos de los profetas del Antiguo Testamento por anunciar la palabra de Dios. El encarcelamiento del profeta Jeremías casi termina con él, ahogado en el lodo del pozo. En el Nuevo Testamento, el arresto del Bautista concluyó violentamente por testimoniar la verdad y defender la justicia. Jesucristo recibió en su prisión un trato ignominioso y nos dejó su testimonio como compromiso de fidelidad a su evangelio. Los apóstoles Pedro y Pablo encabezan la lista de estancia en los calabozos romanos, lista que permanece abierta hasta nuestros días.
Monseñor Ignacio Lehonor Arroyo nos recuerda algunas experiencias parecidas en su tarea de abrir las puertas no solo de los templos, sino de los corazones a la fe. Así nos lo cuenta en sus Memorias: «Regresé a la patria a fines de 1931… Al llegar a Veracruz me dijo el que revisaba los equipajes, al ver que traía un cáliz; me preguntó que si era sacerdote; a mi afirmación me dijo: “En Veracruz ya no hay religión, en México sí hay algo todavía”» (pág. 9). Entonces, Tabasco era tenido como estado sin Dios, y Veracruz sin religión. Pero este recibimiento no hizo más que avivar su celo apostólico.
Prosiguió, pues, el señor cura, acompañado del grupo de catequistas cordobeses y presidido por la señorita Lety, abriendo las puertas de templos en Amatlán, Paso del Macho, Soledad y llegaron a Veracruz. El hermoso templo del Santo Cristo estaba ocupado por un sacerdote cismático, apellidado Anguiano, que se resistía a abandonarlo. Intervinieron las autoridades, de cuyas simpatías gozaba el cismático, y encarcelaron a varias catequistas, pero los católicos las lograron rescatar.
El encarcelamiento del señor cura en el penal de Veracruz debe ser escuchado en la narración de sus propios “Recuerdos”: «En otra ocasión fui a Tierra Blanca a celebrar misa y bautizar. En la calle me tomaron preso y al día siguiente me consignaron a Veracruz acompañado de dos policías. Fui a dar a la cárcel de Allende, donde había varios departamentos: rateros, borrachos y homicidas. Donde me pusieron, al entrar, todos los presos se amotinaron; uno me tomó del cuello de la camisa y me dijo: “¿Por qué te trajeron? ¿Te echaste al plato a alguno?”. “No”, le dije, “soy sacerdote y por eso me trajeron”. Luego se corrió la voz de que estaba un cura con ellos; en verdad, fueron muy buenos conmigo. No permitieron que yo hiciera talacha, el aseo de todos los días; ellos se encargaban de hacerlo, y me dijeron: “Usted váyase a su bartolina”.
«Todos los días me llevaba el Sr. Cura Prudencio Ortiz la Sagrada Comunión. Un día los invité a que fueran a saludar a Jesús, que estaba realmente en la hostia consagrada. Todos eran asesinos, fueron pasando a mi bartolina para rezar lo que yo les decía; algunos no sabían persignarse. El distinguido abogado Zamora logró que saliera bajo fianza de 35 mil pesos que un señor comerciante, papá del Dr. Fabián de Tuxpan, pagó y así pude salir. Al despedirme de mis compañeros de prisión me decían: “Ojalá lo vuelvan a traer con nosotros”. “Muchas gracias”, les dije. Estuve una semana retenido y pude volver a Córdoba» (págs. 14 y ss.).
Atrás de todas estas peripecias estaba el presidente municipal, el general Modesto Solís, que después llegó a ser jefe de la Policía en el Estado. Cuando el señor cura fue trasladado a Xalapa, se encontró con varios conocidos. Nos cuenta: “El general se enfermó de gravedad, lo fui a ver y quiso recibir los sacramentos, se confesó y murió como cristiano”. Allí tuvo que lidiar con la mata del anticlericalismo, sin faltarle gratas sorpresas. Dios siempre nos sorprende.
Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 20 de septiembre de 2026 No. 1628

