En un mundo donde la fe cristiana sigue encontrando oposición abierta o silenciosa, este texto plantea una pregunta urgente: hasta dónde está dispuesto a llegar quien dice creer en Cristo.
Por P. Fernando Pascual
Jesús fue claro: seremos perseguidos por nuestra fe, pero ello no nos quitará la alegría. “Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa” (Mt 5,11; cf. Lc 21,21).
Seremos perseguidos… si creemos realmente. Surge entonces la pregunta: ¿nuestra fe es tan fuerte que estamos dispuestos a arriesgar, a perder, a ser perseguidos?
En otras palabras: ¿qué estamos dispuestos a pagar para mantenernos fieles a Cristo y a su Iglesia? El mundo, lo sabemos, nos odia (cf. Jn 15,18-19). Pero cuando llega la persecución, existe el peligro de escondernos, de dejarnos llevar por el miedo, incluso de pactar con el mundo enemigo de Cristo.
A lo largo de la historia, miles de hombres y de mujeres se mantuvieron fieles a su fe hasta el extremo de dar su vida, de ser martirizados. También en nuestro tiempo hay mártires, que prefieren creer en Cristo aunque sepan que pueden ser perseguidos, incluso asesinados.
Hay otros “mártires” que, sin derramar su sangre, sufren persecuciones sutiles: pierden el trabajo, o se sienten aislados, o son llevados a tribunales acusados de supuestos delitos de odio (de fobia).
Existe, sin embargo, el peligro de preferir aferrarnos a ciertas comodidades, al trabajo, a la estima de otros, a la paz con familiares que no creen, a costa de descafeinar nuestra fe, o incluso de negarla discretamente.
Un autor contemporáneo comentaba al respecto: “En vista de lo apegados que muchos están al confort, la libertad y la estabilidad de la clase media, los cristianos estaremos sumamente tentados a decir o hacer lo que haga falta para aferrarnos a lo que tenemos. Y así es como nos encaminamos hacia la muerte espiritual” (Rod Dreher, La opción benedictina, capítulo VIII).
Como ejemplo de la verdadera respuesta del creyente, ese mismo autor recordaba en la obra antes citada el testimonio de uno de los primeros mártires: “Cuando el procónsul romano le dijo a san Policarpo que le condenaría a la hoguera si seguía negándose a adorar al emperador, el anciano obispo del siglo II replicó que le amenazaba con fuego temporal, que no es nada comparado con el fuego eterno que espera a los impíos”.
Si creemos de verdad, estaremos dispuestos a sufrir todo tipo de injusticias. Ello será posible no por nuestras fuerzas, sino con la ayuda de Cristo, que nos prometió estar siempre a nuestro lado. “Os he dicho estas cosas para que tengáis paz en mí. En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo!: yo he vencido al mundo” (Jn 16,33).
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