Martha Morales explora, con mirada reflexiva y cercana, la profundidad del amor de Dios y la alegría cristiana como respuesta luminosa ante el dolor y la fragilidad humana.

Por Martha Morales

Porque estamos hechos a su imagen y semejanza, a veces al hombre no le basta eso y quiere ser como Dios. Somos poca cosa –un saquito de pus- y sin embargo Dios nos ama. Eso es lo que menos entiende satanás. Dios nos dice: “No intentes comprender por qué te quiero. No podrías”.

En tiempos de los primeros cristianos (Hch 2,46), había una característica que llamaba poderosamente la atención de todos: la alegría. Estaba muy cercano el paso de Nuestro Señor Jesucristo entre ellos. Cuando se reunían en la Eucaristía, algunos de ellos aún tendrían el recuerdo de Jesús bendiciendo el pan y repartiéndolo. También estaban alegres porque habían visto grandes prodigios y eran testigos fieles de las maravillas que había hecho Dios. Ellos, que habían conocido la esclavitud del pecado, experimentaron la libertad que trajo el Redentor. Pedirle a Dios conocer la libertad de los hijos de Dios.

Hoy, ya no es tan fácil encontrar la alegría. De hecho, se ha vuelto más bien excepcional. Todo el mundo suele ser áspero, impaciente, a veces duro y no nos extraña conocer a gente con amarguras y rostro disgustado. Esa especie de penosa desesperación que se ve en la calle se ha convertido en algo habitual. Tal vez hoy más que nunca apreciamos a la alegría como una característica de las personas santas.

La alegría es misteriosa: Muchas personas veían perplejas a la Madre Teresa de Calcuta con su sonrisa y alegría que salía del alma mientras dedicaba sus cuidados a los menesterosos y enfermos que todo el mundo rechazaba.

Como nos dice el Santo Padre (Aloc. 24-11-1979) “La alegría cristiana es una realidad que no se describe fácilmente, porque es espiritual y también forma parte del misterio. Quien verdaderamente cree que Jesús es el Verbo Encarnado, el Redentor del Hombre, no puede menos de experimentar en lo intimo un sentido de alegría inmensa, que es consuelo, paz, abandono, resignación, gozo… ¡No apaguéis esta alegría que nace de la fe en Cristo crucificado y resucitado!

La tristeza hace mucho daño: ver el ejemplo de Judas.

Todos tenemos quebrantamientos, penas, pero a un corazón quebrantado Dios no deja de escucharle. Además ¡Jesús ha resucitado! Si asumo lo que me toca resucitaré para bien. La alegría es uno de los más poderosos aliados que tenemos para alcanzar la victoria (1 Marcos, 3, 2). Este gran bien sólo lo perdemos por el alejamiento de Dios (el pecado, la tibieza, el egoísmo de pensar en nosotros mismos), o cuando no aceptamos la Cruz, que nos llega de diversas formas: dolor, enfermedad, contradicción, cambio de planes, humillaciones.

 
Imagen de David Yonatan González Aburto en Pixabay