Por Jaime Septién
Hemos llegado a un grado cero del lenguaje político. Es decir, del lenguaje que construye la polis, la ciudad. En el libro de Aforismos, celosamente traducido y seleccionado por Selma Ancira, Lev Tolstói advierte que “la palabra es la expresión del pensamiento y puede servir para unir o para separar a las personas, por lo que hay que ser prudentes en su uso.”
En este sencillo pensamiento está encerrado —a mi juicio— una verdad profunda: la palabra es aquello que expresa lo que somos y lo que queremos. Por eso hay que tener cuidado en cómo la usamos. Si es para herir o para armonizar; si queremos alejar al otro o juntarlo para llevar a cabo un propósito común.
¿Reflexionan esto los líderes políticos de aquí y de allá? Me permito dudarlo. Hay pocos, muy pocos, líderes (y lideresas) que se arriesgan a usar la palabra comprometiendo su ser. La usan para dividir, para sacar raja de la discordia. El odio no produce civilización, pero sí produce votos, adhesiones, partidarios. Y esos votos, adhesiones y partidarios son los que van a garantizar que tal o cual pueda seguir en el poder. Mangoneando a sus anchas.
“El tiempo pasa, pero la palabra dicha permanece”, subraya Tolstói en otro de sus aforismos. Esa debería ser la responsabilidad de cualquiera que se juzgue a sí mismo apto para dirigir políticamente una comunidad (del tamaño que sea): que las palabras dichas abonen al bien común y no pavimenten el callejón sin salida del desprecio y la exclusión.
Así pues, ahora que van a comenzar (ya comenzaron desde hace tiempo, aunque torpemente disfrazadas) las campañas del 2027, debemos estar atentos: más allá de las filias y las fobias personales, intentar saber quién dice qué, y si está dispuesto a que eso que dice pueda construir un mañana en el que quepamos todos. Porque, dicho sea de paso, de embustes estamos hasta la coronilla.
Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 20 de septiembre de 2026 No. 1628
Imagen de Harut Movsisyan en Pixabay

