Veinticinco años después de que los atentados terroristas acabaran con la vida de casi 3,000 personas en Nueva York, Pensilvania y Washington D.C., el arzobispo Ronald Hicks de Nueva York recuerda la fe que ayudó a las personas a sobrellevar aquel día, destaca los memoriales que conmemoran el aniversario y subraya que incluso en «nuestras tragedias… nunca estamos solos».
Por Kielce Gussie – Vatican News
«Todos con los que he hablado recuerdan exactamente dónde estaban hace 25 años», afirma el arzobispo Ronald Hicks de Nueva York, refiriéndose al aniversario que marca un cuarto de siglo desde los atentados del 11 de septiembre de 2001.
Tanto si estabas trabajando, en la escuela o aún no habías nacido, los acontecimientos de aquel día cambiaron aspectos del mundo.
Para el arzobispo Hicks, el 11 de septiembre de 2001 comenzó en el aula durante sus estudios de posgrado como sacerdote en la Arquidiócesis de Chicago, Illinois. Recuerda cómo toda la clase permaneció incrédula después de conocer la noticia.
Fue un acontecimiento que afectó no solo a los lugares donde se estrellaron los aviones -Nueva York, Washington D.C. y Pensilvania-, sino también a miles de personas cuyas vidas nunca volverían a ser las mismas.
La fe en medio del terror
En un día lleno de terror, tristeza y conmoción, también se encontró fe entre los escombros.
Las personas no solo encontraron fe el 11-S, sino que el arzobispo Hicks destaca cómo esta se convirtió en algo en lo que apoyarse. «En el fondo, cuando todo se está desmoronando, las personas vuelven directamente a Dios, a la fe, a la esperanza, a esas cosas fundamentales que nos mantienen unidos como pueblo», explica.
Más de 2,900 personas murieron solo aquel día. De los miles de primeros intervinientes que se lanzaron al World Trade Center, al Pentágono y al campo de Pensilvania, cientos murieron desinteresadamente intentando salvar a otros.
El padre Mychal Judge, capellán del Departamento de Bomberos de Nueva York, fue un ejemplo de estos valores fundamentales puestos en práctica. «Creo que lo que vieron en el padre Judge es lo que les ocurrió a tantas personas», subraya el arzobispo Hicks. «Cuando hay una necesidad, te lanzas, y no dudas, y ayudas… perdió la vida, pero eso es amor sacrificial».
El padre Judge se convirtió en la primera víctima mortal certificada de los atentados. Su nombre figura entre las otras 2.976 personas inmortalizadas para siempre en el memorial -realizado con el acero de las torres gemelas- en Nueva York.
Una comunidad se une
En la ciudad donde una vez se alzaron las dos torres del World Trade Center, actos de recuerdo, servicios, misas y memoriales conmemorarán el aniversario -desde caminatas conmemorativas y ceremonias de colocación de coronas hasta dedicaciones y homenajes con luces.
Pero exactamente a las 8:46 a. m. -el momento en que hace 25 años el primer avión impactó contra la Torre Norte- sonarán todas las campanas de las iglesias de la ciudad mientras Nueva York guarda silencio.
Será un momento «para detenerse, escuchar, rezar, no olvidar y hacerlo como comunidad junto con Dios», explica el arzobispo Hicks.
La arquidiócesis también celebró una misa de vigilia la noche del 10 de septiembre en la Catedral de San Patricio, en el corazón de Nueva York. En la iglesia abarrotada se encontraban familiares de las víctimas del 11-S, representantes de los departamentos de Policía y Bomberos de Nueva York, de la Autoridad Portuaria, trabajadores de los servicios de emergencia, líderes cívicos, organizaciones humanitarias, sacerdotes y laicos.
El arzobispo Hicks describe el apoyo que brinda esta unidad, especialmente a quienes todavía están de duelo 25 años después. «Hace falta mucho tiempo con algo de esta magnitud. Así que reunirse en la fe y en la misa ayuda»
La paz es frágil
Recordar los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001 también nos recuerda que la paz es frágil. Solo puede lograrse si las personas se unen para trabajar por ella, superando desacuerdos y desafíos.
Los atentados dieron paso a un período de tensión. Fracturaron el sentido de fraternidad y sembraron dudas sobre la sensación de estabilidad y paz que se había construido con tanto esfuerzo después del final de la Guerra Fría.
Solo ocho semanas después de los atentados, san Juan Pablo II destacó el diálogo como «esencial para superar los conflictos trágicos heredados del pasado» y aseguró que «el nombre del único Dios tiene que ser cada vez más, como ya es de por sí, un nombre de paz y un imperativo de paz».
Siete años después, de pie en el lugar donde se encontraba el World Trade Center, el Papa Benedicto XVI rezó por la paz en nuestro mundo violento. «Confórtanos y consuélanos, fortalécenos en la esperanza, y danos la sabiduría y el coraje para trabajar incansablemente por un mundo en el que la verdadera paz y el amor reinen entre las naciones y en los corazones de todos».
En 2015, el Papa Francisco se maravilló de cómo se manifestó un amor semejante en aquel día trágico, señalando cómo «aquí, en medio del dolor lacerante, podemos palpar la capacidad de bondad heroica de la que es capaz también el ser humano, la fuerza oculta a la que siempre debemos apelar. En el momento de mayor dolor, sufrimiento, ustedes fueron testigos de los mayores actos de entrega y ayuda. Manos tendidas, vidas entregadas. En una metrópoli que puede parecer impersonal, anónima, de grandes soledades, fueron capaces de mostrar la potente solidaridad de la mutua ayuda, del amor y del sacrificio personal. En ese momento no era una cuestión de sangre, de origen, de barrio, de religión o de opción política; era cuestión de solidaridad, de emergencia, de hermandad. Era cuestión de humanidad. Los bomberos de Nueva York entraron en las torres que se estaban cayendo sin prestar tanta atención a la propia vida. Muchos cayeron en servicio y con su sacrificio permitieron la vida de tantos otros».
La misa en San Patricio, 25 años después de los atentados, fue un ejemplo del diálogo y la fraternidad que los pontífices reclamaron para alcanzar la paz en el mundo, pero también en nuestros países, ciudades y familias. Católicos, rabinos, imanes, ministros protestantes, grupos interreligiosos y ecuménicos estuvieron presentes en la Catedral, rezando y esperando juntos.
«[El diálogo] comienza con nosotros. Podemos estar en desacuerdo sobre una serie de cuestiones. Puede tratarse de teología, eclesiología, [o] política. Pero tenemos que dar el primer paso para, al menos, permanecer juntos y seguir realmente el ejemplo de la paz», señala el arzobispo de Nueva York.
Toda su homilía en San Patricio se centró en el hecho de que sanar y vivir el duelo lleva tiempo. No pueden barrerse debajo de la alfombra. No pueden ignorarse. Pero la esperanza, dice el arzobispo, es eterna.
“Dios está con nosotros en lo bueno y en lo malo. Está con nosotros en nuestras tragedias, en nuestras alegrías. Nunca nos abandona. Nunca estamos solos. Dios estuvo con nosotros hace 25 años. Dios ha estado con nosotros durante estos 25 años. Dios está con nosotros hoy. Dios seguirá estando con nosotros mañana.”
En la imagen: La instalación «Tribute in Light» ilumina el horizonte del sur de Manhattan en vísperas del 25º aniversario de los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York.

