No siempre que rezamos obtenemos eso que pedimos, incluso cuando “retamos” a Dios con una prueba, pero cuando quiere nos regala señales
Por P. Fernando Pascual
En los años de la dictadura soviética, un activista cristiano llamado Alexander Ogorodnikov organizaba charlas para denunciar los errores del ateísmo comunista y promover la fe en Cristo. Por ese motivo, fue encerrado en una de las muchas prisiones de la URSS. Tenía 25 años.
Mucho tiempo después, al hablar sobre su arresto con un periodista de los Estados Unidos, comentaba con gusto esta anécdota. Cuando entró en la celda, Ogorodnikov saludó a sus nuevos compañeros: “¡La paz sea con ustedes!” Un preso le preguntó si era cristiano y, tras responder que sí, otro preso le lanzó un reto: “Somos la escoria de la tierra. Ni siquiera tenemos cigarrillos. Si tu Dios nos da cigarrillos, todos creeremos en Él”.
Ogorodnikov les explicó que los cigarrillos nos ensucian, pero luego añadió: “Dios te ama tanto que creo que incluso te daría cigarrillos como señal de su misericordia”.
Invitó a los presentes a rezar. Aunque se rieron de él, permanecieron de pie mientras Ogorodnikov hacía una oración. Cuando terminó, había un gran silencio. De repente, se abre la puerta y los guardias arrojan dentro de la celda cigarrillos en abundancia.
El periodista, Rod Dreher, al escuchar este relato, pregunta con sorpresa: “¡¿Eso pasó de verdad?!”. Ogorodnikov responde: “Sucedió de verdad, sí. Fue increíble. Allí estaba la señal por la que había orado. Los prisioneros gritaron: ¡Dios existe! ¡Él existe!”.
No siempre que rezamos obtenemos eso que pedimos, incluso cuando “retamos” a Dios con una prueba, como hizo, por ejemplo, Gedeón cuando quería saber si era Dios quien le pedía salvar a los judíos (cf. Jc 6,36-40). Pero la anécdota de los cigarrillos sirvió de ayuda para que un grupo de hombres, desesperados ante la persecución de un sistema inhumano, pudieran percibir que Dios, cuando quiere, nos regala señales para que nos abramos a la fe y confiemos en Su Amor.
También sirvió para que el mismo Alexander Ogorodnikov comprendiese cuál iba a ser su tarea en las cárceles comunistas. Al contar la anécdota, años más tarde, añadía: “Y fue entonces cuando supe que Dios también me estaba hablando a mí. Me estaba diciendo que tenía una misión para mí aquí en esta prisión”.
(La anécdota aquí recogida se encuentra en la siguiente obra: Rod Dreher, Vivir sin mentiras. Manual para la disidencia cristiana, Ediciones Encuentro, Madrid 2021).
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