Como asesinaron al padre Darío en Veracruz
Cada 25 de julio, la Iglesia recuerda con profunda fe y admiración al Beato Ángel Dario Acosta Zurita, mártir de la iglesia veracruzana. Siendo vicario de la entonces Parroquia de la Asunción, hoy Catedral de Veracruz, entregó su vida por Cristo mientras ejercía fielmente su ministerio sacerdotal. Su sangre derramada se convirtió en semilla de fe para nuestra Iglesia.
Por Mario De Gasperín Gasperín, obispo emérito de Querétaro
En 1931, tiempos del gobernador Adalberto Tejeda en Veracruz, sólo 13 sacerdotes, para una población de casi millón y medio de habitantes, podían ejercer su ministerio, previa aprobación gubernamental. Era entonces obispo Monseñor Rafael Guízar Valencia, quien, junto con el Delegado apostólico y otros obispos protestaron sin obtener respuesta. Los templos se vieron nuevamente impedidos, suspendido el culto católico y la violencia institucional in crescendo, pues los sacerdotes ejercían en la clandestinidad. Todo era arriesgar la vida.
Así terminó la vida el recién ordenado sacerdote, el padre vicario de Veracruz, Darío Acosta, cuya historia dejo a la pluma de Monseñor Ignacio Lehonor, nuestro fidelísimo cronista: “Fue oriundo de Naolinco, bella población de Veracruz, cercana a Xalapa. Unos seminaristas de Naolinco, dos hermanos, invitaron al joven Darío a entrar al Seminario… Éstos salieron en buenos caballos rumbo a Xalapa. En cambio, Darío, acompañado de su mamá Dominguita, salió a pie hasta Xalapa”.
(NOTA: En realidad, en Xalapa sólo había una sucursal a cargo del Vicario General, pues el Señor Guízar había trasladado su Seminario a México; así, de un escondite a otro y yendo él mismo al mercado, preparó sacerdotes para su diócesis y tuvo los suficientes al terminar la persecución. Por eso decía: A un Obispo le puede faltar todo, menos el Seminario.)
Prosigue Monseñor: “Darío terminó sus estudios precisamente en el año 1931, lo ordenó sacerdote el Sr. Guízar en México y lo mandó de vicario parroquial a Veracruz… La mamá del padre Darío, Dominguita, no lo había visto sacerdote. No pudo asistir a la ordenación sacerdotal. Precisamente el 25 de Julio llegaba acompañada de su hija al Puerto de Veracruz para ver a su hijo sacerdote y recibir su bendición… La mamá oyó la Misa y recibió de su hijo, la primera y la última vez, la Sagrada Comunión”.
“En la tarde de ese día, estaba la Iglesia llena de niños. Había como dos mil. Los sacerdotes y catequistas estaban atentos a sus clases, cuando entraron los policías armados. El jefe de ellos les había dado órdenes que cuando él disparara su pistola, ellos debían disparar sobre los sacerdotes. En un momento dado el P. Rosas estaba en el púlpito dando alguna instrucción, el jefe de la policía disparó su pistola sobre el padre Rosas, quien se dio cuenta y se agachó en el púlpito, sin ser herido más que levemente en una pierna, pero los sacerdotes Alberto Landa y Darío Acosta que estaban en medio de los niños, fueron heridos a boca de jarro. Cayeron ambos sacerdotes en medio de la confusión enorme que se causó: gritos y lloros de niños y de catequistas. El P. Landa quedó con vida, pero el P. Darío murió inmediatamente. Su cadáver fue recogido por la Cruz Roja, no fue entregado a sus familiares o al Curato, sino que, después de haber sido llevado al Hospital, fue sepultado en el cementerio general de Veracruz, aunque se tuvo buen cuidado de ver el lugar y el número de la fosa donde descansaban los restos del inmortal P. Darío, mártir de la fe y del amor a la Iglesia” (Testigo Fiel, pg. 81-82). A un cristiano cuesta desaparecerlo, a un mártir jamás. Su sangre sigue clamando al cielo. Nosotros, en la liturgia, nos unimos a su clamor.
Objetivo primordial de los perseguidores, desde los llamados emancipadores hasta los reformadores, era dividir a la Iglesia católica. Por eso favorecieron a los grupos adversos a ella, de cualquier signo religioso que fueran. Les entregaron templos y protección. La ley Tejeda obligaba a los sacerdotes a inscribirse como funcionarios públicos, pero, “ningún sacerdote del Estado se presentó para recibir alguna parroquia”, lo que fue un “testimonio de absoluta fidelidad a la Iglesia”, concluye Monseñor Ignacio. Fidelidad que siempre debemos agradecer.
Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 27 de septiembre de 2026 No. 1629

