Hace unos días tuve una conversación particularmente estimulante con monseñor Mario De Gasperín, obispo emérito de Querétaro. Hablábamos sobre nuestra ciudad, sobre la manera en que nos desplazamos por ella y, casi inevitablemente, terminamos hablando de algo mucho más profundo: la forma en que convivimos con los demás.

Por José Luis Oliva Posada

¿Herramienta o extensión del ego?

La baja calidad y cobertura del transporte público en Querétaro hace que, para muchísimas personas, utilizar automóvil sea prácticamente indispensable. El problema empieza cuando dejamos de verlo como una herramienta y lo convertimos en una extensión de nuestro ego. Dentro del automóvil ocurre algo curioso: viajamos encerrados en una pequeña burbuja donde pareciera que nuestro destino es el único importante.

¿Quién no ha insultado alguna vez al conductor de adelante? No tan bajo como para privarnos de la descarga emocional, ni tan alto como para provocar un pleito: “¡Muévete!”, “¡fíjate!”, “¡qué te pasa!”. Pero esa irritación es apenas la punta del iceberg. Solo importa que yo llegue. Poco importa que también forme parte del tráfico que me desespera; que mi vehículo ocupe espacio, consuma energía y genere contaminación; que dentro del camión que me estorba viajen cuarenta personas con exactamente el mismo derecho que yo a llegar a su destino.

El automóvil también se ha convertido en símbolo de posición social. No siempre compramos el vehículo que necesitamos, sino el que queremos que los demás vean. Y así podemos terminar adquiriendo un automóvil más caro de lo razonable simplemente porque el vecino estrenó uno.

Los espejos del centro

En nuestra conversación, monseñor De Gasperín hizo una observación que me pareció especialmente interesante sobre nuestro centro histórico, reconocido por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad desde 1996. En numerosos cruces encontramos los conocidos letreros de “Uno a uno”. La intención es correcta: ordenar civilizadamente el tránsito. Monseñor comentaba que quizá la expresión más precisa sería “uno por uno”: alternarnos, ceder el paso, reconocer que el otro también existe.

En aquellas calles estrechas se instalaron además espejos circulares que permitían observar si se aproximaba otro vehículo antes de cruzar. Una solución sencilla, inteligente y útil. Hasta que algunos espejos fueron robados. La anécdota parece menor, pero encierra toda una filosofía. Alguien decidió que su interés particular era más importante que la seguridad de todos. Ahí aparece nuevamente el mismo problema: cuando desaparece el sentido del bien común, ninguna infraestructura alcanza.

Motos y bicicletas kamikazes

Monseñor De Gasperín sabe además que el problema no es solamente teórico. En alguna ocasión fue atropellado por una bicicleta que circulaba en sentido contrario. Y cualquiera que camine frecuentemente por el centro conoce el sobresalto: motocicletas, bicicletas, monopatines eléctricos y otros vehículos aparecen repentinamente, algunas veces en sentido contrario o a velocidades incompatibles con una zona llena de peatones.

El problema, desde luego, no es la bicicleta ni la motocicleta. Es creer que las reglas son para los demás. Moverse de manera sustentable no nos hace automáticamente mejores ciudadanos. Podemos ir en automóvil, bicicleta, motocicleta o caminando y seguir actuando con la misma lógica: primero yo.

¿Por qué hay topes?

Nuestra conversación me recordó una anécdota de hace años. Viajaba conmigo un amigo neoyorquino. Después de pasar sobre un tope, se detuvo sorprendido y preguntó:

—¿Qué es eso?

—Un tope —le expliqué—. Sirve para obligar a los automóviles a disminuir la velocidad.

Me miró desconcertado:

—¿Y por qué no ponen una señal de alto y la gente simplemente se detiene?

Me reí. Pero pensándolo bien, la pregunta no tenía nada de graciosa. ¿Por qué necesitamos obstáculos físicos para obligarnos a hacer aquello que una comunidad responsable debería hacer por convicción? Quizá los topes no sean solamente infraestructura vial. Quizá sean también monumentos involuntarios a nuestra incapacidad para autorregularnos.

El automóvil como espejo

Mientras conversaba con monseñor De Gasperín comprendí que el automóvil puede ser visto también como un extraordinario espejo de nuestra época. Elegimos marca, modelo, tamaño, potencia, equipamiento y color. Para algunas personas llega incluso a convertirse en símbolo de éxito: “Cuando triunfe tendré tal coche”.

No hay nada malo en disfrutar un automóvil. El problema comienza cuando nuestro confort individual se convierte en el criterio supremo de nuestras decisiones. Porque entonces la calle deja de ser de todos. El peatón estorba. La bicicleta estorba. El camión estorba. El automóvil de enfrente estorba. Todos estorban menos yo.

Pregunta incómoda, aunque necesaria

Y aquí la conversación con un obispo conduce inevitablemente a una pregunta todavía más profunda. Cristo habló una y otra vez de mirar al otro, ayudar al prójimo, compartir, acompañar al vulnerable y colocar el bien común por encima de nuestro interés inmediato.

Por eso, al terminar aquella conversación con monseñor Mario De Gasperín, me quedó rondando una pregunta deliberadamente incómoda. Una de esas preguntas que quizá no necesiten una respuesta inmediata, sino acompañarnos durante algún tiempo. Si Cristo viviera hoy entre nosotros, en una ciudad congestionada, contaminada y habitada por miles de personas intentando llegar a su trabajo, a su escuela o a su hogar… ¿Cristo usaría un automóvil particular?

 

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 11 de octubre de 2026 No. 1631