En esta reflexión, el Padre Prisciliano reflexiona sobre cómo el desprecio a Dios puede traducirse en la desvalorización del ser humano, la vulneración de sus derechos y el deterioro del cuidado de la creación.
Por P. Prisciliano Hernández Chávez, CORC.
Jesús enseña con parábolas; a través de ellas nos ilustra con contenidos que trascienden el espacio y el tiempo. Constituyen el hoy de Dios y el hoy del ser humano, como ésta de los viñadores desalmados, cuya viña no les pertenece; les fue arrendada y pretenden usurpar la propiedad. Apalean y matan a los mensajeros, incluido propio hijo del propietario (Mt 21, 33-43).
En su aplicación, diríamos, no solo se desprecia a los seres humanos, sino a Dios mismo, dueño absoluto de la creación y de la misma persona humana.
La creación entera pertenece a Dios; nosotros somos simplemente los administradores. Creación que debemos cuidar, mimar y acrecentar con sumo respeto a sus leyes ecológicas.
De lo contrario, el hombre se erige en ‘homo homini lupus’, el hombre lobo para el hombre, en sentencia de Hobbes.
Por eso negar a Dios, su existencia y sus mandatos, conlleva necesariamente la explotación del ser humano, violación de sus derechos, impunidad y violencia.
Dios se constituye en un estorbo y por eso la machacona insistencia de negar su presencia en la vida pública, con un laicismo intolerante y en la negación de la clara y necesaria libertad religiosa. Por supuesto. No se trata de posicionar un gobierno teocrático; pero sí de respetar todos los derechos humanos sacrosantos, de los cuales Dios es su garante.
El respeto a Dios, conlleva necesariamente el respeto a toda persona humana y conlleva también el cuidar de sus vulnerabilidades, con todo el poder del Estado.
Si el hombre se convierte en el amo del mundo, no respetará los derechos humanos; hablará de tolerancia envuelta en un ropaje de mentira e hipocresía.
También en nuestro pequeño mundo, nos podemos erigir en autócratas, tiranos o dictadores. El Señor, en el Apocalipsis (2, 5), nos invita a convertirnos, porque nos puede quitar el candelero que nos ilumina.
Qué terrible confusión provocan las tinieblas. Hemos, con la gracia de Dios, reafirmar nuestra fe y nuestra esperanza. Hemos de hacer operativa la justicia y el amor.
El desenlace de la Historia, por supuesto que no es el fracaso, porque Jesús ‘es la Viña y nosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto’ (Jn 15, 5).
Unidos a Jesús, como sarmientos, daremos los frutos del amor, no frutos de autosuficiencia. Se producirá el buen vino, exquisito, de la caridad, para la Fiesta del Reino.

