En este artículo, el Padre Fernando Pascual aborda el perdón como un camino exigente y liberador frente a las heridas, el rencor y el deseo de venganza.
Por P. Fernando Pascual
Las injusticias y las ofensas dejan heridas muy hondas. La víctima sufre por el mal recibido, por la soledad que muchas veces experimenta, por la apatía de quienes podrían ayudar y no lo hacen.
Las heridas carcomen el corazón, apagan ilusiones, encienden deseos de venganza. Si la justicia humana no llega, o es insuficiente (siempre será insuficiente), un abatimiento hunde y carcome.
No podemos vivir atrapados por el odio. No podemos dejar que el mal aumente día a día. Necesitamos liberarnos de la rabia, superar el rencor, avanzar hacia una justicia que se une, sorprendentemente, al gesto de perdón.
En su visita a España, el Papa León XIV tuvo dos ocasiones para hablar sobre el perdón. La primera vez, en la vigilia de oración que se tuvo en el Estadio Olímpico de Barcelona, el 9 de junio de 2026. Desirée, una joven de 20 años, contó su dramática historia, y cómo su padre había intentado matar a su madre. Al final, preguntó: “¿cómo puedo perdonar a mi padre, que estuvo a punto de dejarme sin madre?”
El Papa empezó con una hermosa idea: el perdón es como una “poderosa medicina contra el mal que sana nuestras heridas interiores, como algo que forma parte de un proceso, de un camino”.
Luego añadió que ese perdón hay que pedirlo a Dios. “El perdón sobre todo debemos invocarlo del Señor; seguir pidiendo tal vez durante toda la vida que el Señor amplíe en nosotros el espacio del amor precisamente allí donde hemos sido heridos, que nos ayude a reconciliarnos con nosotros mismos y con esa parte de nuestra historia marcada por el sufrimiento, que lentamente transforme el resentimiento en misericordia y compasión”.
No es nada fácil. El camino, recordaba el Papa, es largo y exige paciencia. Se hace de modo personal y con ayudas, sin desanimarse: “en el perdón se avanza con pequeños pasos”.
Lo que podemos hacer es “permanecer en la buena disposición del corazón hacia la persona, rechazar toda forma de odio o de venganza, esforzarse por reparar la relación en la medida de lo posible y, quizá, rezar por él o por ella: todo esto nos ayuda a entrar cada vez más en la dinámica del perdón y a reconciliarnos con Dios y con los demás”.
Quizá lo más importante sea recordar, como dijo León XIV al finalizar su respuesta, que “somos pecadores perdonados, estamos en paz y somos capaces de perdonar. Capaces de ser portadores de paz”.
La segunda respuesta surgió ante la pregunta de un niño de seis años llamado Renzo, en la iglesia de San Agustín de Barcelona, el 10 de junio de 2026. En una formulación sencilla, Renzo formuló varias preguntas al Papa. La última fue: “¿Hay que perdonar siempre?”
El Papa recordó la respuesta de Jesús a san Pedro, cuando le preguntó cuántas veces tenemos que perdonar a quien nos haga daño. Jesús respondió: “hasta setenta veces siete” (cf. Mt 18,21-22). Es decir: hay que perdonar siempre.
Pero el Papa explicó lo que significa perdonar. “Perdonar no significa decir que lo malo estuvo bien, ni dejar que alguien siga haciendo daño. No significa olvidar por la fuerza, como si nada hubiera pasado. Perdonar significa no dejar que el odio se convierta en dueño de nuestro corazón”.
¿Y por qué Jesús pide que perdonemos? Así respondió el Papa: “porque es la única manera de experimentar la paz de Dios y de sanar heridas espirituales. Cuando perdonamos imitamos el ejemplo de Jesús, que perdonó a quienes lo crucificaban. Nuestra disposición para perdonar es condición para el perdón que recibimos de Dios”.
La belleza de perdonar surge ante la liberación que experimentamos al sacar rencores y odios de nuestro corazón, ante la misericordia que recibimos de Dios, y ante la alegría que experimentan no solo quienes perdonan, sino quienes reciben un perdón como regalo que rescata y redime.
Imagen de Constance Kowalik en Pixabay

