La relación entre el Reino de Dios y la Iglesia plantea una pregunta central: ¿cómo se hace presente la fe cristiana en la historia y en la vida cotidiana? A partir de las explicaciones de Luis Romera y del pensamiento de Leonardo Polo, este artículo de Martha Morales explora el papel de la Iglesia, la caridad y el trabajo en la comprensión cristiana de esa relación.
Por Martha Morales
El doctor Luis Romera explica que, el gran tema de la predicación de Jesucristo es el Reino de Dios, luego va desglosando lo que significa. En la Historia Patrística se dieron tres orientaciones en el modo de entender este Reino. La primera es la interpretación que tiene Hegesipo, que considera que el Reino de Dios es una realidad escatológica que más allá del misterio de la Iglesia. Es una visión en la cual la historia y la vida están desconectados. La segunda postura es la de Orígenes, para él el Reino de Dios está dentro del cristiano, tiene que ver con la intimidad humana, no tiene del todo la dimensión social. La postura de Eusebio une el Reino de Dios a una relación social y política, sobre todo de la época del emperador Constantino. Para San Agustín, el Reino de Dios está en la intimidad, tendrá su acontecer en la escatología, pero ese reino se va incoando en la historia, se va haciendo presente y aquí entra la Iglesia.
Leonardo Polo presenta el tema de la Iglesia desde una perspectiva teológica, es decir, trinitaria. El cristianismo es primeramente una Revelación divina, es más importante la vinculación de Dios con el hombre que la del hombre con Dios. Nos precede el Amor de Dios. El primado de Dios está presente en toda la Historia de la Salvación. La preminencia de Dios presenta a la Iglesia como una auténtica sociedad, con ella no se pueden aplicar solamente categorías sociológicas. La Iglesia es la presencia de Cristo en la historia, el misterio de Cristo no se detiene, su continuación es la Iglesia. La Iglesia es una sociedad de índole cristológica, y por tanto, es un misterio. Es Esposa de Cristo, Cristo místico, Cristo total.
Para Polo la Iglesia es “misterio”, y la realidad del ser humano es asimismo misterio. La intimidad de cada uno es lo que nos lleva al fondo de la vida del cristiano y a la realidad última del ser humano. La categoría misterio nos ayuda a acercarnos a la realidad última del ser humano, a nuestra intimidad.
Leonardo Polo explica: El misterio es un contenido nocional superior a lo que la razón puede conocer, a la vez es un tipo de realidad, pertenece al orden del ser y del conocer, enfocado como realidad, el misterio es toda iniciativa divina, cuyo destinatario es el hombre, el cual resulta asociado a dicha iniciativa. La realización por antonomasia del misterio es Cristo.
En el juicio lo importante va a ser la caridad: tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber, estuve en la cárcel y me visitaste, no conocía a Dios y me instruiste, etc. En nuestro mundo destaca la soberanía del amor de Dios. La misión de la Iglesia es preparar esa soberanía definitiva. El amor de Dios permea y transforma toda realidad.
El cristiano es un hijo de Dios en Cristo, la filiación que alcanza el cristiano le lleva a que su trabajo tenga una dimensión cristocéntrica. El trabajo nos ayuda a desarrollar nuestra vida y a hacer un ambiente mucho más humano. Es un campo abierto a su generosidad. La conexión entre la utilidad del trabajo y la intención amorosa, da al trabajo una dimensión de trascendencia. Es la base a la dimensión sobrenatural.
Dentro del misterio de la Iglesia, el laico reconduce al mundo al Padre. En este contexto Leonardo Polo considera la historia. Uno de los descubrimientos sobre el ser humano es el sentido de historia. Es una historia que tiene que culminar, tiene un sentido. Esta dimensión ha sido asumida y elevada por Cristo. Él es el centro y el destino de la historia.
Por revelación sabemos que la historia posee su culminación propia. Aquí aparece el misterio de la Iglesia. La antropología sabe que el hombre debe culminar. Si la marcha de la historia tiene un sentido intrínseco no puede ser más que el crecimiento moral de la humanidad.
En un sentido global la meta del cristianismo es la Segunda Venida de, pero su fin personal es el encuentro, es decir, contemplarlo cara a cara. Por otro lado, en su caminar terreno el cristiano intenta implantar el Reino de Dios. El acabar de la historia es una recapitulación. La Parusía, la dimensión escatológica de la Iglesia, no es simplemente el término de algo. Si es recapitulación es asumir y llevar a su plenitud. La recapitulación da sentido a la historia y a la actividad humana y trasciende. Es un sentido intrínseco en la medida en que Cristo la asume y la lleva al Padre. Da a la historia toda su dimensión de misterio. Este dinamismo me es dado, y yo lo que hago con mi libertad es acogerlo.
La consideración de la Segunda Venida de Cristo no se yuxtapone a la historia. Los nuevos cielos y tierras no es según el modelo de la yuxtaposición (como algo que viene después de algo que se acaba), sino desde la perspectiva de la recapitulación. La parusía está condicionada a la acción humana, se adelantará o se retrasará. Dios cuenta con la acción humana; ella está orientada hacia la parusía, incoa ese misterio. Eso es posible porque nuestra acción humana, en cuanto cristianos, ha sido asumida por Cristo. La recapitulación es un “abrirse paso”, algo que ya está presente queda dotado de sentido definitivo, ya no es pretérito. Así lo recapitulado ha sido asumido definitivamente. El amor cristiano hacia las realidades terrenas hace que resplandezca el amor de Dios en ellas.
La Iglesia militante es Cristo en su continuidad. El bautizado ha de llevar a Dios a los demás, o puede oponerse al Reino de Dios.
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