Con motivo de la Fiesta de Todos los Santos, el Padre Prisciliano Hernández Chávez, CORC., reflexiona sobre la esperanza cristiana y el papel de los santos como intercesores de los fieles.
Por P. Prisciliano Hernández Chávez, CORC.
El Catecismo de la Iglesia Católica nos dice en el nº1024: ‘Esta vida perfecta con la Santísima Trinidad, esta comunión de vida y de amor con ella, con la Virgen María, los ángeles y todos los bienaventurados se llama “cielo”. El cielo es el fin último y la realización de las aspiraciones profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha’.
Ante la inmediatez de la vida, sus retos y problemas, no se puede perder de vista el fin absolutamente último de nuestra vida.
Qué importante es que alcancemos un nivel de vida, una profesión, una familia equilibrada y amorosa, que cumplamos con nuestros deberes cívicos y religiosos; pero más allá de una vida social equilibrada, la fe, como adhesión a Jesucristo nuestro Señor, fundamenta nuestra esperanza, las cuales se hacen operativas en la caridad como amor de entrega total a la gloria de Dios y al bien de nuestros hermanos; dar la cara a Dios y dar la cara a los hermanos, los humanos.
La vocación de toda persona humana es la plena comunión con Dios, en la condición de persona, en la condición de bautizado, en la condición de la comunión con Cristo y con la Iglesia.
Somos llamados a integrarnos en la gran familia de Dios, los 144 000,- 12 por 12 por mil, para evocar a las tribus de Israel y los individuos de todas las naciones y razas, de todos los pueblos y lenguas (cf Ap 7, 2-4. 9-14), es decir ‘kata ollon’-católico, según la totalidad de judíos y gentiles. Esta vocación de diálogo con Dios en la fe y en el amor, reside la razón más alta de la dignidad humana, vocación del hombre a la unión con Dios (cf G et S 19).
Esta Fiesta de Todos los Santos, celebra la benevolencia de Dios Padre que en Cristo nos hace hijos por el bautismo; celebramos la vida cristiana que empieza por la fe y acaba en la visión feliz de la gloria, en el cielo. ‘Veremos a Dios tal cual es’ (1Jn 3, 1-3).
Nuestros hermanos y hermanas de nuestra gran familia del Cielo, nos aman en el amor mismo de Dios. La gracia de Jesucristo, ha sido eficaz en ellos; se configuraron plenamente a Cristo por el misterio pascual en el bautismo, se cristificaron por la Eucaristía, y porque fueron dóciles a la gracia del Espíritu Santo, vivieron la caridad heroica asumiendo las bienaventuranzas (cf Mt 5, 1-12).
En el amor de Dios en la gloria han encontrado su dicha plena, porque el amor no pasará jamás. Por eso ellos son verdaderamente intercesores nuestros, mientras caminamos la peregrinación de la vida.
Esta Fiesta de Todos los Santos, es la fiesta de nuestra esperanza.
No podemos vivir sin esperanza, que traduce nuestra fe.
El Dios de nuestra fe, es el Dios de nuestra esperanza.
Esperamos con seguridad y certeza confiada en Cristo que murió y resucitó para salvarnos y ser uno en él.
Esperamos en una comunidad de fe y de esperanza que es la Iglesia.
En la Eucaristía, vivimos y celebramos la comunidad de los santos con Jesús, con los hermanos de la tierra y con los hermanos del cielo, nuestros ejemplos e intercersores.

