El ruido no solo llega de la calle: también surge de la naturaleza y de las preocupaciones que ocupan la mente. En este artículo, Arturo Zárate Ruiz reflexiona sobre la búsqueda del silencio y el desafío de vivir la fe sin apartarse de las responsabilidades cotidianas.
Por Arturo Zárate Ruiz
Fray Luis de León elogió el silencio que disfrutan quienes acogen la vida monástica:
«¡Qué descansada vida
la del que huye del mundanal ruïdo,
y sigue la escondida
senda, por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido…!»
El Robert Sarah, Cardenal de Guinea, a su vez explica que «el primer lenguaje de Dios es el silencio» y que Dios no se comunica a través de megáfonos, sino en la quietud del corazón. Advierte, además, que el mundo moderno vive sumergido en un ruido constante que genera desconcierto, distracción e idolatría de los discursos humanos.
¿Cómo poner a un lado tanto estrépito? ¿De modo similar a fray Luis de León y otros santos, como Catalina de Siena, quien se retiró del mundo a la edad de 16 años y se encerró en una pequeña habitación de su casa familiar en Siena durante tres años (1463-1466), periodo de aislamiento radical y silencio voluntario que sentó las bases espirituales de su vida posterior como mística?
¡Vaya!, ¡este remedio es para pocos! La mayoría de nosotros debemos permanecer en el mundo. Pregúntele a su familia si festejaría el que usted se aparte de ese mundo, y, en consecuencia, deje de preocuparse del jornal con que la alimenta, viste, manda a la escuela y, si alcanza, invierte el fin de semana en disfrutar con ella unos tacos callejeros, causando entonces “envidia” a no pocos de sus vecinos más pobres.
Nos toca, pues, estar expuestos a mucho ruido. Hay al menos de tres clases:
El ruido de la naturaleza que nos circunda. Pues huir a un rancho o, mejor, a un bosque hermoso, no nos libraría de los aullidos de los coyotes y de los gritos de las chachalacas (las hay donde vivo, sin el beneficio del bosque), para no hablar de los grillos e inclusive moscos que no se callan ni un minuto en la noche. No mencionen el ominoso ulular de los búhos a los supersticiosos como Tizoc, de la película de Pedro Infante: «Cuando el tecolote canta, el indio muere». ¿Que el murmullo del mar y el chispeo de la lluvia arrullan? Tal vez a algunos monjes que lo confunden con silencio. No a mí. Lo que no quiere decir que no duerma por fin, aun con cañonazos, al llegar la mañana. Sin embargo, el cansancio acumulado que sirve para adormecerme se presenta muy tarde, cuando hay que levantarse.
También hay el ruido que producimos los humanos con nuestras numerosas actividades. Aun los enclaustrados deben barrer y limpiar las celdas, y, por supuesto, seguir la Liturgia de las Horas, a viva voz y en grupo. Algunas personas, entre el común de los hombres, se despiertan y ya no pueden dormir con apenas una tosecita del vecino que descansa a tres cuadras de distancia. Esconderse en un hotel con veinte cerraduras cada habitación no evita la llegada de la camarera preguntando a las 8:00 de la mañana «¿Le hago ya su cuarto?» Sólo los muy bendecidos con el sueño permanecen dormidos hasta las 10:00 de la mañana aun con el griterío que llega de la calle, aun con la furia ensordecedora del claxon de los conductores de automóviles que temen llegar retrasados al registro de su llegada al trabajo.
El peor ruido es el propio, el que traemos dentro de nuestra cabeza: que cómo llegaré a la oficina ahora que mi auto se descompuso (que cómo pagaré su descompostura), que cómo me disculparé con mi mujer después de olvidárseme el día de su santo, que mi nieta no se aprende la tabla de multiplicar del dos y ya el día siguiente es el examen, que seguramente soy un aburrido, es más, despreciable porque ya nadie me invita a sus fiestas, que me prohibieron comer cocadas y muéganos porque sufro del azúcar, es más, que de ahora en adelante mi cena no excederá una hoja de lechuga con dos rebanaditas crudas, transparentes, de pepino. Por sólo recordarlo, temo que me pondré verde, no por ese alimento, sino de tristeza, sin siquiera ganar fuerza como el increíble Hulk (o el Popeye con sus espinacas).
Fuere lo que fuere, nuestra inserción en el mundo y su incesante estrépito no debe ser excusa para no abrazar a Cristo. La santidad es parte de la vocación de todos los cristianos. Y nuestra misión, como laicos, es santificar lo terrenal, aun su ruido.
Imagen de Daria Obymaha en Pixabay

