Por P. Joaquín Antonio Peñalosa

Fueron cosas de ayer, de un ayer remoto. Que la belleza definía a la mujer y la fealdad al varón. “El hombre y el oso, entre más feo, más hermoso”. Ningún varón de hoy estaría de acuerdo con el anticuado proverbio.

Desde que el mundo es mundo, la mujer viene añadiendo a su belleza natural, cuantos encantos artificiales ha podido encontrar, desde los baños con leche de burra hasta el agua de rosas. Pero el varón no se queda atrás. Los indígenas de estas tierras usaban collares, pulseras, aretes y aun coloreaban la cara con polvos rojizos, como en el caso de los belicosos guachichiles que ocuparon lo que es el valle de San Luis Potosí.

Los súbditos del Rey Sol de Francia, en el colmo de la adulación, se pintaban pecas salpicando todo el rostro para asemejarse a su preciosísimo soberano. Y la antihigiénica moda de las pelucas de los señorones europeos que caían en rizos hasta los hombros; pelucas tan tibias y boscosas, que podían haber anidado en tan suave artificio un par de golondrinas.

El varón es tan presumido como la mujer, con la diferencia que el varón lo disimula y la mujer lo pregona. Por eso fue un acierto el negocio ese de las Estéticas Unisex; porque tanto ellas como ellos acuden a embellecerse en cuanto es posible, por lo menos a disimular lo feo, que ya es ganancia. Porque cuando Dios no da, la Cosmetología es inútil.

Entre otras naciones, Estados Unidos de América, Italia y Francia, el uso diario de productos de belleza es la nueva moda difundida entre los varones de la alta sociedad. Todo el jet-set internacional se maquilla y los salones de belleza -los Beauty Center-, se llenan de clientes en demanda de un maquillaje vistoso, mascarillas, recorte de cejas, teñidos, depilaciones del pecho, bronceados, arreglo del cabello al gusto, romántico o surrealista, o el inefable atado que forma una colita —o una coleta muy torera—, detrás de la nuca.

No son pocos los varones que recurren a cirugías plásticas que borren ojeras y arrugas, o rectifiquen la nariz piramidal —“érase un hombre a una nariz pegado, érase el narcisismo infinito” — en busca del incansable perfil griego. Nunca, como en estos años, el varón se había mirado tanto en el espejo antes de marchar a la oficina, a la junta, a la fiesta.

Esta revolución masculina que se desvive por la importancia del look, ¿de dónde proviene? ¿De la asimilación de los sexos, de la vanidad cada vez más refinada, del deseo del varón por gustar más a su pareja, de sentirse mirado y admirado, del interés por apantallar a los amigos y desconcertar a los conservadores?

El hecho es que el varón maquillado es un hecho irreversible, con poco pasado y mucho futuro. Al maquillaje acuden jóvenes, adultos y semiancianos. Estos pobres varones cargados de años tienen todo el derecho del mundo de pintar las canas y usar afeites, tinturas, prótesis y lociones para engañar el tiempo y no perder la moral. Vale más gastar en champú que perder el trabajo.

Artículo publicado en El Sol de México, 18 de febrero de 1993; El Sol de San Luis, 20 de febrero de 1993.

 

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 11 de octubre de 2026 No. 1631