La fiesta compartida nos revela una verdad profunda: estamos llamados a vivir como una sola familia, unidos en la tierra y destinados a la comunión plena con Dios en el cielo.
Por P. Prisciliano Hernández Chávez, CORC.
Escribo en los días de la Novena de la Parroquia de san Pedro y de Nuestra Señora del Rosario en Olías del Rey, Toledo, España. El martes 6 de octubre hubo comida abierta para todo el pueblo organizada por la alcaldesa del PSOE,-socialista, Rosario y por el Párroco Alejandro Rozo Operario. La Virgen nos hermana. Tanto la alcaldesa, como el párroco, atendieron las mesas. El pueblo feliz. La víspera de la memoria litúrgica de Nuestra Señora del Rosario, copatrona con san Pedro, titulares de la parroquia. Un pueblo feliz celebrando antes de la fiesta titular, como una sola familia.
Las diferencias políticas y religiosas, superadas en un ambiente festivo de hogar. Los sacerdotes, el director espiritual del seminario, el Padre Pepe Reyes, el Director Regional de España de la Confraternidad Sacerdotal de los Operarios del Reino de Cristo, P. Clement Mayuca, y quien escribe.
Qué pena que algunos políticos, víctimas de afanes ideológicos, dividan y enfrenten a los pueblos y a las naciones como si no fuéramos una sola familia local, regional, nacional y mundial; una sola humanidad de modo que vivamos enfrentados por no atender a nuestra condición esencial de ser personas y lo accidental se convierta en esencial.
Dios Padre a través de Jesús nos invita a la comunión de hermanos en el tiempo y después en la eternidad. Es la imagen de la parábola del rey que invita al banquete de boda de su hijo (Mt 22, 1-14). Muchos lo rechazan con pretextos, otros no quieren ir o no hicieron caso. Lo de quienes se encierran en el monólogo de sí mismos, cerrados a toda llamada que pueda cambiar sus vidas. El rey generoso no cierra la invitación; es para todos. Se da el caso de entrar al banquete, pero no se lleva el vestido nupcial de la fiesta. Se entra al banquete por la fe, pero no se tiene el amor a Dios y a los hermanos, vestido indispensable de la comunión recíproca entre hermanos: comunión con Dios y comunión con los hermanos. Esto es inaceptable.
Hoy se puede estar preocupados y satisfechos del propio bienestar, cerrados al hermano necesitado y simplemente no se necesita de Dios; se vive al margen de una esperanza última, aquella que nos ubica fuera del espacio y del tiempo. Pero a pesar del rechazo, la invitación es permanente, más allá de toda crisis religiosa e indiferencia. Dios mantiene su invitación salvadora para todos. Dios está abierto a su misterio último de la vida. No excluye a nadie. La historia salvífica concluye en una fiesta gozosa, sin fin.
Solo se es feliz en el misterio gozoso de la comunión de personas, divinas y humanas.
A veces no se es tan irreligioso como parece. ‘La religión se ha trasladado de las iglesias, en gran medida, para trabajar con nuestras frustraciones, desesperanzas, humillaciones y neurosis’, como lo afirma el recién beatificado Fulton J. Sheen, en su obra ‘pizarrón del ángel’.
La frustración existencial puede abrir la puerta al encuentro con Dios, para darle sentido pleno a la existencia. La conciencia de los límites últimos, permiten descubrir el camino hacia Dios, como aconteció con Jaspers.
Nos podemos perder en mil formas de evasión; pero la invitación a la plena libertad en el amor total sigue en pie en Jesús, hasta el final de los tiempos.

