Por Cardenal Felipe Arizmendi Esquivel
HECHOS
En nuestro país se está discutiendo la posible aprobación de una ley que considere legal la eutanasia, tanto para el que la solicita como para quien la aplica. En varios países ya se ha aprobado una ley semejante. Algunos le llaman no por su nombre, sino como “muerte digna”.
La eutanasia es causar la muerte directamente a quien lo solicite, normalmente personas con enfermedades graves o terminales. Se alegan motivos de misericordia para quien está sufriendo mucho y ya no quiere sufrir; prefiere que le quiten la vida y morir. Hay que llamar las cosas por su nombre; es un asesinato o suicidio asistido.
Yo he pasado por enfermedades muy delicadas y operaciones graves. Cuando uno experimenta tanto dolor y tanta incertidumbre, o cansancio ante tantos médicos y medicinas, y que los recursos económicos no alcanzan, comprendo que quisiera uno ya morir y dejar de sufrir tanto, sobre todo cuando ya no se tienen pendientes en esta vida.
Es comprensible; yo lo he vivido. Sin embargo, para quienes tenemos fe cristiana, sabemos que nuestra vida está en las manos de Dios y que sólo Él puede disponer de ella. Sin fe cristiana, esto no se explica ni se vive. Sólo la confianza en Dios misericordioso nos saca adelante, uniendo nuestros dolores a los de Jesús, haciéndonos colaboradores en su obra de redención. Pero eso sólo por la fe se puede sobrellevar.
Alguien dirá que hablar de estos temas es meterse en asuntos políticos, que sólo competen a las diferencias instancias de gobierno. Sin embargo, aportamos nuestra fe a los asuntos humanos, pues Jesús nos ha enseñado a amar al prójimo y estar dispuestos a aportar nuestro granito de arena al bien común. Cada quien es libre para hacer lo que quiera, pero no es moral causarse daño a sí mismo o a los demás, aunque sea legal.
ILUMINACIÓN
El Papa León XIV, en su reciente visita a Lourdes, ante tantos enfermos que allí llegan y ante quienes los atienden, dijo:
Cada uno de nosotros descubre que está llamado de modo personal y profundamente destinado al amor de Dios, que es fuente de vida. La persona humana es, en efecto, digna por el mero hecho de existir y de tener como fin la eternidad. Su dignidad no se mide ni se discute.
Sé que, para algunos de ustedes, que sufren a causa de patologías particulares y de dolores a veces terribles, el horizonte puede parecer oscuro, incierto, sin salida. Pero ninguna ley humana debe hacernos perder la certeza de su dignidad. Por el contrario, precisamente en nombre de esta dignidad inalienable de la persona humana debe rechazarse firmemente la tentación de quitar la vida con el pretexto de una falsa compasión. Es imposible considerar normal el hecho de poner fin a la vida. Lo que es legal no es necesariamente moral (27-X-2026).
En la rueda de prensa durante su vuelo de regreso a Roma, un periodista le preguntó si, con sus palabras, no estaba violando la laicidad de Francia, a lo que respondió:
Según la concepción que la Iglesia tiene de la separación entre Iglesia y política —o entre Iglesia y Estado—, yo no he traspasado ese límite. Cuando la Iglesia habla de la defensa de la vida o de cuestiones de Doctrina Social, no está haciendo política, sino aplicando el Evangelio a la vida de las personas. La defensa de la vida es un principio que, como todos saben, la Iglesia enseña y en el que cree profundamente. La Iglesia, en nombre de Jesús, quiere estar cerca de estas personas y reafirmar los valores que la vida misma, a mi juicio, encierra para todos nosotros. Diría que, si esto es hacer política, lo he hecho; pero no tenía en absoluto la intención de inmiscuirme en la política francesa. Simplemente quería enseñar lo que la Iglesia cree de verdad (28-X-2026).
El Dicasterio para la Doctrina de la Fe, en su declaración Dignitas infinita, dice al respecto:
La dignidad del enfermo, en condiciones críticas o terminales, exige que todos realicen los esfuerzos adecuados y necesarios para aliviar su sufrimiento mediante unos cuidados paliativos apropiados y evitando cualquier encarnizamiento terapéutico o intervención desproporcionada. Estos cuidados responden al constante deber de comprender las necesidades del enfermo: necesidad de asistencia, de alivio del dolor, necesidades emotivas, afectivas y espirituales. Pero tal esfuerzo es totalmente distinto, diferente, incluso contrario a la decisión de eliminar la propia vida o la de los demás bajo el peso del sufrimiento. La vida humana, incluso en su condición dolorosa, es portadora de una dignidad que debe respetarse siempre, que no puede perderse y cuyo respeto permanece incondicional. Ayudar al suicida a quitarse la vida es, por tanto, una ofensa objetiva contra la dignidad de la persona que lo pide, aunque con ello se cumpliese su deseo: debemos acompañar a la muerte, pero no provocar la muerte o ayudar cualquier forma de suicidio. La vida es un derecho, no la muerte, que debe ser acogida, no suministrada (52).
ACCIONES
Cuidemos con delicadeza a nuestros enfermos, sobre todo a quienes están más delicados, procurando su atención física y espiritual hasta donde sea posible. Como dice Jesús: hacer por otros lo que quisiéramos que hicieran por nosotros.
Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 18 de octubre de 2026 No. 1632

