A dos semanas de haber celebrado el “tránsito” de San Francisco por los 800 años de su muerte y aún vigente el Año Jubilar decretado por este mismo motivo, conversamos con Fray Jesús Arredondo Marquina (OFM), especialista en franciscanismo y Guardián de la Fraternidad de San Juan Bautista en Coyoacán, quien tiene 48 años como profeso dentro de la orden.
Por Rubicela Muñiz
—Fray Jesús, la comunidad franciscana dedicó cuatro años a prepararse para la conmemoración del Tránsito de San Francisco. Como especialista en su vida y obra, ¿cómo vivió este periodo de preparación junto a sus hermanos de fraternidad?
—Lo vivimos a través de celebraciones festivas que reunieron en cada evento a fieles, hermanos de la Orden Franciscana Seglar (OFS), religiosas franciscanas de vida activa, hermanas contemplativas y Hermanos Menores (OFM). Fue un proceso fraterno y personal de conversión mediante retiros, tiempos de estudio y experiencias de vida. Tuvimos una fuerte intención de volver a nuestras prioridades: la vida con Dios, la fraternidad, la pobreza (minoridad), la evangelización, la formación y el estudio, promoviendo acciones que nos condujeran a recuperar el silencio y la contemplación. Buscamos asumir las prioridades evangelizadoras de la Orden en América Latina: la cultura de paz, la evangelización en salida y el compromiso con los migrantes y grupos marginados, pasando así de una pastoral de conservación a una de compromiso y procesos.
—Usted forma parte de una parroquia con una vasta historia en México. ¿Qué etapa de este caminar le ha tocado acompañar en la comunidad de Coyoacán?
—Aunque no existe una fecha precisa de la erección de San Juan Bautista de Coyoacán, fue una de las primeras parroquias fundadas en esta ciudad, por lo que su historia roza los 500 años. En 1789, los padres dominicos la entregaron al clero diocesano. Posteriormente, en noviembre de 1921, la Arquidiócesis de México concedió el inmueble y la parroquia a la Orden Franciscana. En términos generales, el templo ha sido atendido unos 220 años por dominicos, 135 por el clero diocesano y sumamos ya 105 años de presencia franciscana. En lo personal, me correspondió servir como guardián y párroco en el trienio 2020–2023, período en el que celebramos el primer centenario del regreso de nuestra orden a este lugar. Actualmente me encuentro nuevamente de regreso al frente de la fraternidad y la parroquia.
—Al hacer una relectura de la figura de San Francisco, ¿qué aspectos de su vocación cristiana siguen interpelándonos hoy en día?
—Su llamado a ser hombres de paz, la opción preferencial por los más pequeños de este mundo y su profundo amor por la naturaleza, concebida como obra de Dios y medio por el cual Él se hace presente. También nos interpela su vida dedicada al servicio, la coherencia incuestionable entre lo que se dice y lo que se hace, y la capacidad de ser un verdadero “hermano menor”, cercano a las mujeres y hombres de nuestra época.
—Vivimos en un mundo hiperconectado pero marcado por la falta de diálogo, el aislamiento y un anhelo constante de paz. ¿De qué manera el legado franciscano puede transformar esta dinámica?
—Viviendo plenamente nuestra vocación de hermanos que salen al encuentro del otro, favoreciendo la escucha atenta y siendo verdaderos instrumentos de paz y amor, lo que implica respetar y valorar a los demás. Se trata de acudir allí donde más se nos necesite para sumar de manera concreta a la realidad que se vive.
—San Francisco concibió su vida como una semilla que debía morir para dar fruto. ¿Cómo describe su propio caminar a lo largo de los años dentro de la orden?
—Tengo 48 años como profeso en la Orden Franciscana y ha sido un camino de enorme satisfacción. Dios me ha dado mucho más de lo que jamás pude imaginar; en el acto de compartir lo que soy y lo que tengo, he encontrado mi realización y mi felicidad. Por eso, a quien puedo y cada vez que tengo la oportunidad, le digo: el camino de la vida franciscana es exigente, pero vale la pena recorrerlo, porque genera una honda gratitud el poder dar lo que uno es y lo que tiene en nombre y por amor a Dios.
—En la sociedad contemporánea, ¿qué aspiran a ser los franciscanos: un soplo de paz, un signo de esperanza o ambas cosas?
—Ambas cosas de manera indivisible. Son dos virtudes que no se pueden separar: al encarnar la paz llevamos consigo la esperanza de que es completamente posible vivir de una manera diferente.
—¿Cuál considera que ha sido el aporte principal de la Orden Franciscana en esta parroquia y en el contexto nacional?
—La fe. Un ser humano sin fe es un ser sin ilusiones, sin fuerzas y sin amor. Con la fe se pueden alcanzar transformaciones profundas; si revisamos la historia de nuestro pueblo, los grandes logros y cambios se han gestado, precisamente, a través de la fe.
—También está la espiritualidad ecológica, que es un pilar franciscano de gran relevancia. En su comunidad, ¿cómo promueven el cuidado del medio ambiente?
—Promovemos una cultura de respeto y cuidado del entorno mediante predicaciones, pláticas, talleres y cursos. Además, apoyamos activamente campañas de reforestación y limpieza, y acompañamos a los pueblos originarios en la defensa de su tierra y del agua.
—Finalmente, ¿por qué resulta fundamental rescatar esta espiritualidad ecológica en la actualidad?
—Porque nuestro planeta se deteriora día con día. Las consecuencias del descuido ambiental son cada vez más evidentes y nos demuestran que la Creación está herida. O cuidamos la casa común o terminaremos destruyéndonos a nosotros mismos al destruir la naturaleza.
Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 18 de octubre de 2026 No. 1632

