Emilio Martínez Albesa, profesor del Ateneo Pontificio Regina Apostolorum, invita a reconocer la herencia indígena, española y cristiana de México sin silenciar los abusos de la conquista ni idealizar el pasado.
Por Ana Paula Morales – Press Crux
Emilio Martínez Albesa es historiador, doctor en Historia de América y doctor en Historia Eclesiástica, y docente del Ateneo Pontificio Regina Apostolorum, en Roma. Con motivo del 12 de octubre, responde a las preguntas de Press Crux sobre la leyenda negra española, el periodo novohispano, el papel de la Iglesia y la relación entre el conocimiento histórico y la reconciliación.
1. ¿Qué debemos entender por «leyenda negra» española? ¿Cómo surgió y qué criterios permiten distinguir la propaganda de una crítica histórica legítima?
La «leyenda negra» es una reducción y generalización, como si los crímenes y aspectos negativos de la conquista y colonización española hubieran prevalecido hasta el punto de invalidar lo que de constructivo hubo también en ellas. Se trata de un discurso ideológico contra España que fue construido desde la segunda mitad del siglo XVI por ingleses y holandeses en su pretensión de desacreditarla y justificar su propio colonialismo sobre territorios americanos a los que no tenían derecho alguno. Se basaron inicialmente en algunos relatos exagerados de Bartolomé de Las Casas y otros españoles que reclamaban a los reyes de España medidas eficaces en favor de los indígenas; las cuales desde luego se obtuvieron, y a estos sumaron tergiversaciones de algunas crónicas y sus propios bulos. Difundieron su leyenda mediante panfletos y grabados, como los de Theodor de Bry, que, sin saber representar a los indígenas, ilustraban incluso fantasías. En el contexto europeo de rivalidad política de finales del XVI y de la primera mitad del XVII, en la que la confesión religiosa se utilizó como elemento de confrontación, estos enemigos de España, siendo calvinistas anticatólicos, extendieron sus acusaciones caricaturescas también a lo católico.
Basta contemplar la América actual de lengua española, indígena, mestiza y criolla, para comprender lo legendario, o sea falso, de esa leyenda. La llegada de los españoles al continente americano y su colonización supuso el nacimiento de unas comunidades humanas nuevas y de unas instituciones innovadoras, donde el elemento indígena tendría un papel social y cultural decisivo. Conscientes de los abusos y problemas sociales concomitantes a la conquista y colonización, la Corona española y la sociedad hispanoamericana buscaron soluciones de justicia y encontraron caminos para formar sociedades mestizas viables y prósperas. De hecho, esta búsqueda de la justicia, animada por la fe católica, caracterizó la experiencia hispanoamericana desde cuando, en sus inicios, la reina Isabel frenó la pretensión esclavista de Cristóbal Colón, y fructificaría, conforme a la petición del codicilo de su testamento y a las posteriores enseñanzas de la Escuela de Salamanca, en la serie de juicios de reparación y restitución hacia las comunidades indígenas que, entre 1542 y 1573, se extendieron por toda la geografía hispanoamericana y de los que apenas se habla. Resulta ridículo, si no es que grotesco, que en pleno siglo XXI se pida al rey de España que pida perdón por las injusticias de la conquista, ignorando que ya en el temprano 1526 fue el rey Carlos I quien las denunció en el preámbulo de sus Ordenanzas de Granada (real provisión del 17 de noviembre) y que la Corona, no solo reconoció los abusos desde el primer momento –mucho antes incluso de esta provisión–, sino que exigió que se resarcieran e incluso pagó subsidiariamente las restituciones cuando fue necesario; además de que legisló para poner remedio y generar una sociedad más justa. Es decir, hizo mucho más que un simple pedir perdón. Si hoy la justicia sigue siendo un tema de primer orden en la historia de los pueblos iberoamericanos, lo es precisamente porque todo ella desde su origen viene siendo una búsqueda de justicia, y tan fecunda que los derechos humanos universalmente reconocidos desde mediados del siglo XX son fruto, en gran medida, del aporte de los pueblos hispanoamericanos al mundo.
Ahora bien, frente a la «leyenda negra», surgió también, sobre todo en el siglo XX, una «leyenda rosa», buscando silenciar todo lo negativo de la conquista y colonización y enfatizar todo lo constructivo, que si bien fue mucho, no fue por supuesto lo único ni puede justificar o disminuir la gravedad de los abusos. Por eso, como dices, es importante distinguir entre propaganda ideológica, de uno u otro signo, y crítica histórica, del todo necesaria para comprendernos a nosotros mismos y abrir cauce a un futuro compartido que sea generador de mayor entendimiento, progreso, paz y bienestar. La investigación histórica sobre las fuentes documentales sigue siendo el camino más fecundo para avanzar en el conocimiento objetivo de nuestro pasado.
2. Si tuviera que revisar una idea muy extendida en México sobre la conquista y el periodo virreinal, ¿cuál elegiría y por qué? ¿Qué fuentes históricas nos ayudarían a comprenderla mejor?
Creo que la idea más extendida sobre este periodo es quizá la falta de idea alguna. Me explico. El periodo hispánico de la historia de México sigue siendo ampliamente desconocido por los mexicanos, pues la narración histórica que predomina en las escuelas reduce la colonización a unas breves generalidades al modo de largo paréntesis entre las culturas indígenas prehispánicas y la guerra de independencia. Parece que no pasó casi nada entre la conquista y la independencia. Está claro que no se puede comprender a México sin abrazar sus culturas prehispánicas, la experiencia de la conquista y colonización españolas, los tres siglos de desenvolvimiento social y nacional en el reino de la Nueva España, la guerra de independencia y los más de dos siglos de República Mexicana.
Pero si debo señalar una idea muy extendida sobre el periodo hispánico, indicaría el mito de la “colonia”. Es así como se define frecuentemente el periodo, aceptando acríticamente la lectura imperialista británica de nuestro pasado. Nueva España no fue una colonia, sino un reino; y precisamente eso es lo que reivindicaron con fuerza el mismísimo cura Hidalgo e insignes pensadores insurgentes como Servando Teresa de Mier. El esquema imperialista de metrópoli y colonias funciona para el Imperio británico. Sin embargo, la Monarquía hispana no se concibió de forma imperial, sino como conjunto de reinos bajo un mismo rey, sin metrópoli alguna. De hecho, Castilla fue probablemente el reino que mayor presión económica sufrió de la entera Monarquía. Definir como “virreinato” a la Nueva España, aun siendo correcto, es poco acertado porque este término solo indica el ámbito de jurisdicción administrativa de un virrey, el cual es el funcionario que representaba al rey en uno o varios reinos en el que el rey no estaba personalmente presente. Así el virreinato de la Nueva España, incluía al reino de Filipinas, que no era reino de Nueva España. La definición jurídica apropiada para la Nueva España es la de “reino”. Era uno de los reinos de las Indias, con la misma categoría jurídica de los reinos de la Península Ibérica, si bien las legislaciones de los diversos reinos o conjuntos de reinos tenían diferencias adecuadas a sus situaciones particulares. En las fuentes históricas hispanas, no se denomina “Imperio” al conjunto de reinos hispanos, sino “Monarquía”; cuando se habla de “imperio” se hace en referencia a la fuerza militar y no a una realidad jurídico-política. Las voces que, en el contexto de las reformas borbónicas del siglo XVIII, usaron excepcionalmente la palabra “imperio” con un sentido político lo hicieron sin aportar cambio jurídico alguno y sin consecuencias al respecto. Por esto, la desigualdad de representación numérica en las Cortes generales de la Monarquía de 1810, en base a las elecciones de 1809, entre diputados americanos y diputados peninsulares, mientras la Península Ibérica estaba invadida por los franceses, fue juzgada como injusta por muchos americanos, siendo así una de las bases jurídicas de la insurgencia.
Es necesario acudir a las fuentes jurídicas y políticas hispanas y novohispanas para leerlas directamente, sin el filtro interpretativo imperial que proviene de una experiencia histórica extranjera, concretamente británica.
3. ¿Cómo valorar el papel de la Iglesia en la conquista y la evangelización de América? ¿Cómo explicar tanto su participación en estructuras de poder como la labor de quienes denunciaron abusos y defendieron a los pueblos indígenas?
Otro de los mitos frecuentes es oponer a los seglares, como colonos, soldados, funcionarios civiles, con los eclesiásticos o religiosos; imaginando que entre los primeros encontramos a los explotadores y entre los segundos a los defensores de los indígenas. Es una simplificación que falsea la historia. El primero en denunciar ante la Corona el régimen de la encomienda como abusivo fue el marinero Cristóbal Rodríguez en 1505. Hernán Cortés predicó la religión a los indígenas junto a fray Bartolomé de Olmedo o el clérigo Juan Díaz. El conquistador Juan de Torres se quedó como ermitaño en medio de los totonacas para cuidar de un altar puesto en Cempoala en la expedición de la conquista; y, tras esta, fueron varios los miembros de la hueste de Cortés que se hicieron religiosos. Por otro lado, Bartolomé de Las Casas fue un clérigo encomendero antes de hacerse dominico y defensor de los indios, y hubo eclesiásticos explotadores de estos, por más que podamos considerarlos excepciones. Hubo defensores y abusadores en las dos partes.
Ciertamente, tanto los funcionarios civiles como los religiosos que pasaban a América tenían el encargo de proteger a los indígenas. En su labor de defensa de los indígenas, que muchos religiosos hicieron con dedicación, encontraron el apoyo decidido de los reyes y de la mayor parte de los altos funcionarios estatales. Hasta el punto de que el historiador Mario Hernández Sánchez-Barba insistía en la fuerte tensión que se dio entre el Estado, defensor de los indígenas, y la sociedad colonizadora inicial, que privilegiaba sus propios intereses no pocas veces en perjuicio de ellos. La Corona para promover la justicia en general y el bien de los indios en particular llegó incluso a servirse de eclesiásticos o personas consagradas capaces para puestos de relevancia política; así, por ejemplo, Sebastián Rodríguez de Fuenleal, obispo de Santo Domingo, fue nombrado en 1530 presidente de la Segunda Audiencia de México, sustituyendo al nefasto y explotador Nuño Beltrán de Guzmán.
4. Usted ha estudiado la formación del México contemporáneo y las relaciones entre la Iglesia y el Estado. ¿Qué lugar ocuparon las interpretaciones del pasado español y católico en la construcción de la identidad nacional después de la independencia?
La independencia nacional de México fue llevada a cabo mayoritariamente por católicos practicantes y convencidos. El movimiento inicial de la insurgencia tuvo mucho de respuesta contra la invasión francesa de la Península Ibérica y de rechazo a los ideales de la Revolución francesa, en defensa de la autonomía del propio reino de la Nueva España. Será unos años después, sobre todo desde 1830, cuando, al configurarse los primeros partidos políticos propiamente dichos, se comience a utilizar el anticlericalismo como parte del discurso político reformista. Los miembros de los sucesivos partidos liberales a partir de entonces pretenderán identificar el progreso con su propuesta de transformación ideológica y social del país, contra el catolicismo generalizado de quienes habían dado la independencia al país. Los temas del patronato español, de los bienes eclesiásticos y de la tolerancia religiosa servirán de argumentos para dar carácter político al anticlericalismo en una situación social, política y también eclesiástica difícil y compleja. El conflicto entre los gobiernos y la Iglesia en el México de pleno siglo XIX será muy duro y tendrá grandes consecuencias para la mentalidad cultural mexicana. Entonces ni el Estado ni la Iglesia eran los gigantes que a veces nos presentan algunos supuestos entendidos. En realidad, ambas instituciones se sentían débiles y estaban necesitadas de encontrar o reencontrar su necesario enraizamiento en el pueblo para poder ejercer su propia labor al servicio de este. Teniendo unas necesidades análogas, chocaron como rivales con una dureza que hoy no deja de sorprendernos. Para los gobernantes liberales, recurrir a acusar a la Iglesia de malinchismo, amparándose en las dificultades jurídico-eclesiásticas que el derecho de patronato generó tras la independencia y en las posesiones heredadas del antiguo régimen, fue muy fácil, como también lo fue, para los prelados eclesiásticos, acusar a esos gobernantes de anticatolicismo y de pervertidores del católico pueblo mexicano. El hecho de que desde 1867, con el triunfo consolidado de la Reforma, hasta por lo menos el año 2000, con el cambio presidencial del PRI al PAN, los gobiernos mexicanos difundieran a través de su control de la educación una lectura histórica de México de una misma línea ideológica ha pesado enormemente en la visión sesgada de la historia nacional y del papel de la Iglesia en ella. La Historia debe estar abierta a la libertad de investigación y de publicación, de manera que distintas visiones e interpretaciones puedan enriquecerse recíprocamente y acercarse más a la verdad histórica, fundamental para entender la propia identidad como pueblo.
5. Ante el 12 de octubre, ¿cómo podemos transmitir esta historia a las nuevas generaciones sin idealizarla ni reducirla a una condena? ¿Qué significa reconocer las injusticias y, al mismo tiempo, comprender la herencia indígena, española y cristiana de México?
Creo que el primer paso es tener la voluntad de abrazar la historia completa como propia y no pretender identificarse con un solo periodo histórico. Todos los mexicanos son herederos del conjunto de la historia de México, desde sus variadas raíces indígenas junto a su raíz hispana, pasando por todos sus estadios hasta el presente. No estigmatizar nada, sino integrarlo todo. Esto no significa renunciar a ser críticos, sino más bien abrir la posibilidad de serlo. Solo cuando se llega a reconocer que nuestro presente es fruto de todo el pasado, podemos incluir de corazón a todos en una misma y única comunidad nacional, y comenzar a pensar en un futuro unidos por unos valores y unas dificultades comunes. Y este es precisamente el segundo paso, el de descubrir esos valores que la historia de México nos ha legado y de proyectarlos creativamente hacia delante afrontando las dificultades presentes. La Historia será instrumento de reconciliación si es común búsqueda de la verdad y no justificación del propio prejuicio o visión sesgada. Pienso que solo desde la reconciliación con el pasado nace la auténtica reconciliación en el presente para abrir un futuro de esperanza.
Publicado en presscrux.org

