De las marionetas de Rosete Aranda a los algoritmos: la doctrina social de la Iglesia desenmascara el viejo oficio de manejar a las personas como cosas

Por Agencia Católica

Alguna vez el mundo cabía entero en un teatrito de títeres. Hoy cabe en una pantalla, y el titiritero trabaja sin ser visto. La pregunta que abre estas líneas la hizo el padre Joaquín Antonio Peñalosa en 1993 y acaba de contestarla desde Roma la Iglesia con un documento social: ¿de quién es la mano que mueve los hilos?

Del teatrito al mundo grande

La columna Titiriteros, que El Observador reeditó el pasado 4 de octubre en su número impreso 1630, se publicó el 1 de mayo de 1993 en El Sol de San Luis. El padre Peñalosa parte del mundo pequeño para golpear en el grande: los títeres de la compañía Rosete Aranda, guardados y exhibidos por entonces en el Museo Rafael Coronel de Zacatecas, «la ciudad de rosa y plata». De la escena pasa al retrato social: «Y el mundo se divide en titiriteros y títeres, manipuladores y manipulados, personas y objetos».

Aquella pieza lo advertía sin rodeos: «los hombres y los pueblos son manejados abusivamente como cosas por cuantos tienen alguna autoridad, tanto en el plano político, como en el económico». Escrita hace más de tres décadas, suena a gacetilla de la semana. En su inventario de manipuladores la publicidad ocupaba un puesto de honor; era el «titiritero habilísimo para crearnos necesidades innecesarias», el que «doblega la voluntad, ayer de acero y hoy de gelatina». El cartel impreso, repasado hoy, parece un instrumento artesanal. Las cuerdas de ahora pesan más y no se ven.

Del aviso impreso al algoritmo

San Juan Pablo II había colocado el fenómeno en el plano doctrinal. En el n.º 41 de la encíclica Centesimus Annus, del 1 de mayo de 1991, describía así las cuerdas ocultas de una sociedad de consumo:

Un obstáculo a esto puede venir de la manipulación llevada a cabo por los medios de comunicación social, cuando imponen con la fuerza persuasiva de insistentes campañas, modas y corrientes de opinión, sin que sea posible someter a un examen crítico las premisas sobre las que se fundan.

León XIV recoge el hilo y lo lleva a la era digital. Su encíclica Magnifica Humanitas, sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial, la firmó el 15 de mayo de 2026, día en que se cumplían 135 años de la Rerum novarum de León XIII, y la Santa Sede la publicó el 25 de mayo, como recogieron ACI Prensa e InfoVaticana.

Cada gesto va dejando rastro: desplazamientos, compras, relaciones, preferencias. Ese rastro acumulado configura «un poder nuevo: el de perfilar, prever y orientar los comportamientos, a menudo sin que las personas tengan plena conciencia de ello» (n.º 171). El control ya no necesita órdenes: funciona por visibilidad. Lo que se amplifica o se vuelve invisible, lo que se recompensa o se penaliza, «termina moldeando opiniones y elecciones, generando conformismo y autocensura» (n.º 171).

Debajo está la raíz: «una mentalidad tecnocrática y posthumanista, que tiende a considerar a la persona como un objeto manipulable o un recurso para optimizar» (n.º 172). León XIV precisa que la tecnología «no es neutral, porque toma el rostro de quien la concibe, la financia, la regula, la utiliza» (n.º 9), y añade el dato que más inquieta: los principales motores del desarrollo técnico ya no son los Estados, sino actores privados, a menudo transnacionales, con capacidad de acción superior a la de muchos gobiernos (n.º 5). Peñalosa los habría llamado titiriteros. El Papa los describe con el instrumental de la doctrina social: poder sin ley conocida, sin transparencia y sin rostro.

Un tramo de muralla

La encíclica no se cierra con el diagnóstico. Frente a la torre de Babel, la «idolatría del lucro que sacrifica a los débiles» y «la pretensión de un lenguaje único… capaz de traducirlo todo, incluso el misterio de la persona, en datos y rendimientos» (n.º 10), propone el camino de Nehemías: reconstruir la ciudad muralla a muralla, familia por familia. «Ninguna mano, por sí sola, basta para sostener el peso de los desafíos que atraviesa el mundo; y ninguna es tan débil como para no poder ofrecer su contribución», escribe el Papa (n.º 13). Es la subsidiariedad de siempre, aplicada a la vida digital.

El frente doméstico tiene nombre. El Papa reclama una alianza entre familias, escuelas y gobernantes, con límites de edad marcados por ley, y pide que se eduque a los menores «para que aprendan a reconocer las manipulaciones, a defender su propia dignidad y a respetar la de los demás, también en los entornos digitales» (n.º 142). A eso se junta una custodia más antigua que ninguna norma: la mesa donde nadie consulta el teléfono y el silencio de la oración en casa. Ahí se cortan los hilos, antes de que alcancen a nadie.

León XIV lo dice llano: en la era de la inteligencia artificial la dignidad humana corre el riesgo de ser «eclipsada por nuevas formas de deshumanización», y por eso «tenemos el deber urgente de permanecer profundamente humanos, custodiando con amor esa magnífica humanidad que se nos ha dado y revelado en plenitud en Cristo, y que ninguna máquina podrá jamás sustituir en su esplendor» (n.º 15).

La función sigue en cartel, como dejó dicho el padre Peñalosa, en todas partes. La respuesta de la Iglesia vuelve a medirse en tramos: ser «constructores de comunión, no arquitectos de Babel» (n.º 16), «poniendo a Dios en el horizonte de nuestro actuar y al ser humano en el centro de nuestras decisiones» (n.º 16). Cortar hilos, en la práctica, es eso. El hilo completo puede seguirse en la encíclica, íntegra en la página del Vaticano, y en la Enciclopedia Católica Wikitólica, donde la voz Centesimus Annus reúne el documento que dio nombre a la advertencia.

 

Imagen: Orquesta de títeres en el Museo Nacional del Títere Rosete Aranda, Huamantla (Tlaxcala): fotografía de JZaid09 (2013) · Wikimedia Commons · licencia CC BY-SA 3.0 · Más información.