Una enfermedad o una noticia inesperada pueden alterar la rutina y obligarnos a reorganizar nuestros planes. Este artículo reflexiona sobre cómo esas sorpresas nos llevan a cuestionar nuestras prioridades y a reconocer lo esencial en la vida.
Por P. Fernando Pascual
La vida tiene unos rieles que parecen fijos. De repente, un cambio inesperado y sorprendente hace que todo cambie. Un golpe de vértigo, una fiebre inexplicable, un extraño dolor de cabeza, una llamada que anuncia la muerte de un familiar, irrumpen en nuestras vidas de modo arrollador.
Quizá esperábamos que los días iban a proceder según las rutinas a las que estábamos acostumbrados, pero los eventos son incontrolables. Nos hemos encontrado con una sorpresa no prevista.
Hay que ajustarlo todo: el tiempo, las actividades, los planes. El corazón aprende que lo previsto no siempre corresponde a lo que ocurre realmente. Ahora corresponde adaptarse a lo novedoso.
¿Qué saldrá de esto? ¿A dónde llegaré? ¿Habrá valido la pena o estos días serán tiempo perdido? Las sorpresas, vividas así, se convierten en una invitación para pensar.
El reloj corre lentamente. Hay que planear lo que haremos en las siguientes horas. Dejamos a un lado rutinas consolidadas, y empezamos a pensar qué pueda ser esencial en estos momentos novedosos.
Con el pasar de los días quizá volvamos a la rutina de siempre. Pero al menos habremos aprendido a dejar a un lado tareas y proyectos que no valen la pena, para escoger aquello que tiene valor ahora y para siempre: amar a Dios y a los demás.
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