En este artículo, el Padre Fernando Pascual examina tres riesgos éticos que pueden desvirtuar la práctica médica y recuerda que el poder del personal sanitario conlleva una responsabilidad decisiva: anteponer siempre el bien del paciente.
Por P. Fernando Pascual
Trabajar en el ámbito sanitario implica servir y ayudar a personas concretas en un tema que a todos nos afecta: la salud. Médicos y enfermeros dedican su mente, corazón y manos al servicio de quienes sufren y desean ser curados o aliviados en su dolor.
En la vocación de los médicos y del personal sanitario existen, como en otros ámbitos parecidos, tres insidias que pueden llevar a acciones que van contra el bien del paciente y que desvirtúan lo propio de la medicina.
Esas insidias fueron presentadas, brevemente, en un famoso libro titulado The virtues in medical practice (traducido en español como Las virtudes en la práctica médica), publicado en 1993 por dos autores estadounidenses, Edmund D. Pellegrino y David C. Thomasma.
En un capítulo dedicado a la virtud del desprendimiento (o autodesapego), los autores notaron el peligro de comportamientos que van contra el propio rol sanitario, e indicaron tres características comunes a esos comportamientos.
La primera consiste en “la utilización del privilegio y el poder que proporciona la medicina para el beneficio personal exclusivo del profesional”. En otras palabras, el poder que tiene un médico (o quien tenga tareas similares) puede ser desvirtuado hacia intereses propios y no para el bien del paciente.
La segunda surge a partir de “un escape o huida de ciertos riesgos, requeridos para el bienestar de aquellos a quienes sirve la profesión”. Esto ocurre ante los inconvenientes, incluso peligros, que aparecen cuando uno pone a disposición de otros su tiempo, sobre todo si esos otros pueden contagiar al personal sanitario o crearle incomodidades de diverso tipo.
La tercera aparece desde las dos anteriores, cuando uno busca justificar su comportamiento erróneo “sobre la base de los intereses propios y legítimos”.
Como explicaban Pellegrino y Thomasma, estas características o insidias se dan en otros ámbitos, y muestran un hecho presente en la historia humana desde sus inicios: un gran poder puede ser usado para el bien o para el mal, y ello implica una gran responsabilidad.
Adoptar un camino recto o un camino equivocado depende, en el fondo, de las actitudes interiores, de lo que uno realmente desea alcanzar. Si la perspectiva fundamental es egoísta, el ser humano puede convertir una profesión tan bella como la del médico en un instrumento para servir a los propios intereses, incluso en detrimento de lo que merece recibir el enfermo.
Si las actitudes que pueden desvirtuar la nobleza de la tarea sanitaria son las que acabamos de recordar (y podrían señalarse otras), las actitudes opuestas ayudan a vivir de modo íntegro y desinteresado el propio papel de benefactor de quienes sufren.
Así, quien deja a un lado su interés personal y se centra en cómo ayudar a otro; quien adopta una actitud valiente y asume los riesgos de un servicio al necesitado; quien razona desde estas dos premisas, orientará su vida a la ayuda de quien, en su cuerpo, y también en su espíritu, experimenta el dolor que surge ante cualquier enfermedad.
El personal sanitario recibe una preparación que le otorga conocimientos y habilidades que se convierten en un “gran poder”. Si hay actitudes sanas, si se vive una auténtica ética del bien, ese poder se pondrá al servicio de una de las tareas más importantes: la de aliviar a otros seres humanos ante los sufrimientos y enfermedades que se presentan a lo largo del camino de la vida.
Imagen de Rafael Juárez en Pixabay

