El 8 de octubre, en su visita a la Santa Sede, Mons. Ramón Castro Castro, obispo de Cuernavaca y presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano, entregó al Papa León XIV el libro Un nombre, mil voces, que busca visibilizar, dar nombre y rostro a una realidad que suele aparecer en reportes oficiales como una mera estadística: los desaparecidos en México.

Por El Observador Redacción

El Papa León se detuvo ante el compendio de 208 páginas e inclinó la mirada sobre las fotografías de quienes faltan en México.

«Presentamos estos rostros, estos nombres, con un profundo respeto por su dolor, con el compromiso sincero e irrenunciable de no apartar la mirada y con la convicción de organizar la esperanza desde la justicia, la corresponsabilidad y la verdad, hasta ser capaces de imaginar y construir de la mano territorios en donde cada vida sea posible y cada sueño, alcanzable», explica el documento.

En el documento aparecen hombres y mujeres de los distintos Estados del país.

Historias suspendidas en el silencio

Aunque no se describen las historias, se sabe que entre los desaparecidos hay un hombre llamado Marco que dejó sobre su cama una guitarra que no ha vuelto a ser tocada. Que una mujer llamada Alma dejó un diario con una historia a medias en espera de ser completada. También está la historia de José Luis, que hace seis navidades no está para ayudar a su abuela a preparar la cena. Y el caso de Ignacio, que no ha vuelto a auscultar un corazón. En tanto, Rocío se ha perdido los cuatro últimos cumpleaños de sus dos hijos. Y hace cinco años y medio que Miguel no saluda a su mamá en la mañana.

Decenas de miles de relaciones, historias, tareas y objetos que quedaron suspendidos en un silencio tan ensordecedor como abismal, inasible, casi impronunciable.

Un peso de ausencia e impunidad

El libro, resultado de una iniciativa promovida en agosto pasado por El Diálogo Nacional por la Paz y la Conferencia del Episcopado Mexicano, lamenta no haber recogido las historias de las más de 132 mil personas “que nos han sido arrebatadas para colocarse en un limbo al que le faltan lugar y tiempo. Hablar de su comida favorita, de las calles que transitaban, los abrazos que solían dar, las historias que les contaban a sus hijos, los paseos que daban por el campo. Contar de su forma de mirar, de las canciones que escuchaban sin descanso, decir su fecha de cumpleaños que ahora le encoge el corazón a cada ser querido que lo busca, que lo extraña, que no ha podido seguir adelante con su vida por el peso de la ausencia”.

El ideal, resalta el documento, sería que las 208 páginas dieran cuenta de un pueblo anestesiado de tanta violencia. “Pero no. Si fuera un episodio, esta historia habría terminado. Sin embargo, los rostros, los nombres que recoge de personas desaparecidas son parte de un pasado empecinado en permanecer en un presente que parece alargarse sin fin. Un presente que hace imposible imaginar un futuro habitable y compartido”.

Un ideal imposible, señala, sin antes atender el reclamo de justicia y de verdad que exige la crisis de la desaparición forzada en México.

“Imposible de enfrentar si no dejamos que la realidad nos toque, que el dolor nos sacuda, que fije nuestra mirada como un ancla que nos permita zarpar hacia otros mares, unos mares inundados de encuentros, de respuestas, de exigencias. Unos mares en los que seamos incapaces de apartar la mirada ante una realidad que exige tanto actuar como denunciar. Unos mares en los que el gobierno se haga responsable de la crisis forense, la impunidad, la desarticulación de instancias públicas que impide tener un registro confiable”.

Acción y memoria

La confianza está puesta en quien reciba el libro, el Papa León XIV, Naciones Unidas, instituciones y personas dentro y fuera de México, “ya que no solo lograrán conmoverse sino moverse a la acción, desde lo que son y desde donde están, siendo incapaces de permanecer indiferentes ante el dolor”.

A los nombres y rostros reunidos uno por uno por las familias y los colectivos que dan cuerpo a este libro, se suma el enlace a un registro más amplio: los nombres de personas desaparecidas que constan en el Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas, a cargo de la Comisión Nacional de Búsqueda, consolidados a partir de sus versiones públicas y de la reconstrucción documental realizada por organizaciones de la sociedad civil. Donde el testimonio de una madre, un padre o un hermano da rostro y memoria a una ausencia, el registro oficial da constancia de que esa ausencia también quedó inscrita y contada. Reunir ambos listados es un acto de memoria y también de exigencia: que ningún nombre, venga de donde venga, quede fuera de la cuenta.

 

 

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 18 de octubre de 2026 No. 1632