Por Jaime Septién

San Francisco de Asís no pasa de moda. Se agiganta cada año. Este domingo 4 de octubre, hace ocho siglos, moría su cuerpo, pero su alegría en el desprendimiento ha traspasado fronteras, disputas, inercias y ejercicios de apropiación. Sigue tan misteriosamente presente como cuando en la plaza de su pueblo se quitó la ropa y la entregó a su padre para salir a saludar a la creación en la desnudez sin mancha del primer Adán.

Muchos escritores, pensadores, poetas, han intentado penetrar en su misteriosa existencia. Me quedó con la biografía que sobre él escribió el genial Chesterton. El autor inglés, desde el principio nos alerta: Francisco no era un filántropo. “Del filántropo puede decirse que ama a los antropoides. Pero como San Francisco no amó a la humanidad sino a los hombres, así tampoco amó la cristiandad sino a Cristo.”

Este apunte chestertoniano es esencial. El amor al hombre concreto, al prójimo próximo, es el amor de Cristo. Lo demás es romanticismo edulcorado, extravagancia. No se comprenderá nada “mientras no se comprenda que para aquel gran místico su religión no era algo así como una teoría sino algo así como unos amores”. Muchos lo admiramos, pero a duras penas aceptamos su radicalidad. Es costumbre más o menos moderna admirar al santo “prescindiendo casi de la santidad.”

La descripción del paso a la vida eterna de Francisco Bernardone hecha por Chesterton es de una luminosa y sobrecogedora belleza: “El que salta del mundo era un hombre, un poeta, un vigía en la vida como una luz que va pasando, inquieta, sobre la tierra y el mar, algo que no se reemplazará ni repetirá mientras dure la tierra. Se ha dicho que no existió más que un cristiano, y murió en la cruz; es más exacto decir en este sentido que solo hubo un franciscano verdadero y se llamó Francisco”.

 

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 4 de octubre de 2026 No. 1631

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